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Los feriantes
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jueves 25 de octubre de 2012
La Feria de Salta y Nogoyá abre sus puertas, cada día, desde 1940. Sitio de encuentro obligado, los puesteros guardan historias que reflejan cómo fue creciendo el lugar. Cómo sobrevivió a los Federales, y pasó de ofrecer el tradicional chocolate con churros a la mejor torta frita de Paraná.
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Gisela Romero

La Feria de Salta y Nogoyá abrió en 1940 en Paraná. Siempre estuvo enclavada en el mismo lugar. Las calles donde se levanta le dieron el nombre. Recuerdan algunos memoriosos que los fines de semana la muchachada terminaba los bailes en este lugar, comiendo churros con chocolate caliente. En una esquina se amontonaban para comprar la bebida dulce, caliente, capaz de revivirle el espíritu a los entrados en copas o acercar algunas parejitas. En el bar de la otra esquina, casi siempre los hombres se entregaban, sin más, a la bebida. Era algo tradicional.

Cuentan que todo, todo lo que buscaran los vecinos, estaba en la feria. Incluso animales vivos. Así es que las gallinas correteaban por los puestos, tanto como algún que otro pato o guinea que estuvieran a la venta. Se podía comprar desde bien temprano. Los quinteros llegaban a eso de las 4 y desde las 5 la feria iba tomando forma. Eran épocas de carruajes pesados, de calles de barro, de puesteros que ansiaban buen tiempo a toda costa. Si llovía, el lugar era “un chiquero”, y se podía chapalear en el barro, pateando desde repollos hasta bananas. Sucede que la feria era al aire libre, con algún que otro puesto semi techado. Todo muy precario.

El sitio fue cambiando con el correr de los años y por la decisión fuertemente motorizada y sostenida por los mismos feriantes. Así lo afirma Atilio José Beber, el Chino, dueño del puesto 10, quien llegó para quedarse allá por 1957. Pasó toda una vida en la feria y en la actualidad es el puestero más antiguo del lugar. Don Mario Hirch, que ostentó por años ese título, vendió La Comparsita hace un tiempo y se mudó de barrio. Hoy transita sus 86 años y cada tanto regresa a saludar. Lo mismo ocurrió con Naty, una tortafritera vieja, muy recordada por los demás por la calidad de sus productos. Se fue, así como lo hizo Doña Mercedes, cuando el cuerpo y las manos no le aguantaron más para amasar pastas caseras. Vendió su negocio, que hoy sigue firme, ofreciendo canelones, ñoquis, ravioles, agnolotes: todo caserito. Ella, que a veces puede dejar el geriátrico por un rato, también vuelve a conversar.

Sucede que hoy la Feria de Salta y Nogoyá sigue siendo un lugar de encuentro. Reúne a las familias los domingos, que es el día más concurrido, y convoca durante la semana con productos frescos, especialmente al vecindario. Carnicería, pollería, pescadería, verdulería, panadería, quesería y dietética conviven con las ventas de artículos de limpieza, librería, zapatería y regalería. A veces hay roces entre sus locatarios, pero todos prefieren mirar hacia adelante, porque eligen la feria como un modo de vida.

feria 12

…..............


Es martes de mañana. El reloj apenas marca unos minutos después de las 9. Atilio José Beber se arregla el delantal. Toma una banqueta alta, la acerca a unos escasos centímetros del mostrador metálico y se sienta. Pasa un trapo para despejar cualquier resto de mercadería y entonces sí, se dispone a recordar.

—Llegué en el '57 a probar y todavía estoy probando. La feria de entonces no era como ésta. Era toda abierta y había 43 mesas. Y afuera se estacionaban once o doce carros, en los que traían la verdura los quinteros.

Cuando este hombre de 81 años comenzó a trabajar en el lugar, era carnicero. Pero allá por el '96, Atilio se jubiló como autónomo y, apoyado por su esposa, decidió cambiar de rubro. Compró la pollería y la llamó “El Chino”.

—Tendría que haberlo hecho antes, porque es un trabajo lindo. Bajo cinco o seis cajones y vendo todos los pollos. En cambio, con la carnicería, tuve que levantarme 40 años a las 5 de la mañana porque a las 6 se me iban los camiones y no tenía mercadería.

De chiquitos, los dos hijos varones, que ya tienen 49 y 51 años, siempre ayudaron a Atilio. Y hoy también lo hacen sus tres nietos. Aunque don Beber destaca a “Pablito” como su mano derecha.

El puesto es una terapia para este hombre, que fija en 1986 un antes y un después en la Feria de Salta y Nogoyá. Ese año, rememora, el exintendente Humberto Cayetano Varisco inauguró las reformas.

—Los carros dejaron de venir. Eran anticuados y había muchos olores. A partir de ahí fuimos más locatarios. Debe haber más de 40 rubros. Pero polleros hay dos. Y si alguien viene a querer vender pollos, le dicen que no, para no estorbarnos.

En la feria don Beber pasó casi toda su vida. Buenos y malos momentos. Entre los primeros, menciona el desembarco de actividades culturales de la mano de Aldo Bachetti; entre los segundos el Rodrigazo y la época de los Federales.

—No me puedo quejar de la feria. Crié a mis dos hijos y tuve mucha suerte. Aunque en la época de los bonos Federales perdimos mucha plata, peor fue con Alsogaray cuando nos dio el Empréstito 9 de julio y no podía ir a ningún lado. Sólo lo tomaba la cooperativa.

Atilio maldice y vuelve a maldecir aquel 1962, cuando el entonces ministro de Economía Alvaro Alsogaray emitió los títulos públicos del Empréstito de Recuperación Nacional 9 de julio, por 15.000 millones de pesos moneda nacional, con un interés del 7 por ciento y por un plazo de 25 años. No se queda atrás con los reproches al recordar la emisión de Federales, autorizada por la Ley 9351, aprobada por la Legislatura entrerriana en 2001, y las maniobras que tuvo que hacer para salir adelante. Con la situación económica actual no parece tener grandes críticas. Aunque desliza que la jubilación no alcanza y que “la Cretina” anunció apenas un aumento del 11,42 por ciento para jubilados y pensionados nacionales. Más allá de esto, para don Beber “la situación en general es buena”. Tanto como para pensar en no dejar la feria. Un poco porque no podría vivir de la mínima, y otro porque el puesto es su cable a tierra. Salvo en días de fiesta, Atilio no cierra las puertas de la pollería El Chino, porque “al cliente hay que atenderlo”.

—Nací en 1931. Soy un luchador, a la fuerza. Y venir a la feria es una terapia. En mi casa no me encuentro, porque casi toda la vida he estado acá.

Atilio

La charla con Telaraña llega a su fin. Los relatos parecen haberse acabado. Sin embargo don Beber señala la pared y, antes de despedirse, lee en voz alta: “Por su exitosa trayectoria comercial de 53 años en la Feria de Salta y Nogoyá. José Carlos Halle. Diciembre de 2010”. Son palabras que le devuelve un placa descubierta en su local por el exintendente. Un premio a su entrega. No lo dice, pero da la sensación de que es de los reconocimientos que más lo enorgullecen.


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En la panadería de Antonia no hay ninguna placa. Te recibe una campanita, que adoran los chicos, para llamarla a la venta. Por detrás del mostrador se asoman bizcochitos recién horneados, cremonas, prepizzas, medialunas, tortas negras. Desde hace 11 años, lleva adelante el negocio junto a su esposo en la feria. Desde hace unos tres años, sólo descansan los lunes. En realidad, cuenta Antonia, el emprendimiento lo inició uno de sus hijos, que es panadero. Y con el tiempo, él consiguió otro trabajo y ellos quedaron a cargo.

—La panadería es un medio de vida, porque de ella vivimos dos familias. Pero también es una terapia, porque en la casa uno se aburre y acá se está en contacto con la gente. No pienso, para nada, en dejarla. El día que no podamos hacer el trabajo, buscaremos a alguien que se haga cargo. Pero hoy me siento más panadera, que enfermera. Y eso que soy enfermera jubilada.

Antonia dice que no proyecta agrandar el puesto, porque el espacio es limitado. Pero sueña con abrir otro negocio más grande, donde además de panificación pueda dedicarse a la rotisería. Piensa en sus tres nietos, y en dejarles “algo” cuando ya no esté. De todas maneras, por el momento, trabaja, como lo hizo desde siempre para continuar aprendiendo y creciendo.

—En un principio no había gas. Usábamos tubos. Pero después logramos instalarlo y hacer modificaciones. La mejoras no son sólo para uno, sino también para que los clientes se sientan bien, que son quienes nos ayudan a salir adelante.

Antonia

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“La Esperanza” hoy es el puesto que más tortas fritas vende en la Feria de Salta y Nogoyá. Al menos de eso presume su dueño. Cuando la empresa familiar comenzó, fritaban en grandes ollas utilizando una anafe. Con el correr del tiempo, pudieron incorporar anafes industriales y luego freidoras, que llevan 33 litros de grasa y se calientan a 280°.

—Hay que tener perseverancia. Nosotros empezamos un enero, hace seis años. Era en pleno calor. Sin embargo la gente conoció las tortas fritas y las eligió. Hoy cuando se habla de tortas fritas en la feria, se habla del Puesto 1. Toda la propaganda que tenemos es de boca en boca.

Éste es un microemprendimiento familiar, aclara el puestero, que trabaja día a día junto a su esposa, sus hijos y nueras. En un principio hacían sólo frituras, es decir que abundaban los churros, los pasteles y las bolas de fraile; pero poco a poco fueron aprendiendo el oficio de la panadería y también incorporaron panificación y hasta comidas.

—Cuando empezó la competencia en la feria, empezamos a hacer otras cosas. Ojo, no me enojé con los demás compañeros. Me enojé con la Municipalidad porque me exigía muchas cosas en el puesto, y con todos no era igual.

Aún con esas diferencias, La Esperanza siguió creciendo. Registra las colas más largas del lugar los días de lluvia. Y aunque su dueño aclara: “No me las doy de tortero”, hincha el pecho al decir que las suyas, son las tortas fritas más pedidas. Tal vez, las que lograron reemplazar a aquella costumbre inicial de llegarse hasta Salta y Nogoyá, allá por los '40, desde cualquier lugar de Paraná a degustar chocolate con churros.

feria 2

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Comentarios:
gabi
26/10/2012 16:02
muy lindo el articulo. la feria es un lugar muy especial, como su gente. Gracias yani por el envio. Saludos al fede espero q se mejore pronto
jime y gabi
25/10/2012 15:39
miren!!! SU FERIA en los medios!!!
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La Feria de Salta y Nogoyá abre sus puertas, cada día, desde 1940. Sitio de encuentro obligado, los puesteros guardan historias que reflejan cómo fue creciendo el lugar. Cómo sobrevivió a los Federales, y pasó de ofrecer el tradicional chocolate con churros a la mejor torta frita de Paraná.

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