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Marx vuelve
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viernes 15 de noviembre de 2019
En la última década del siglo veinte lo dieron por muerto, sepulto y olvidado. Los gu-rúes de las finanzas mundiales proclamaron su extinción definitiva. Efímeros líderes políti-cos de ese momento lo denostaron sin haber leído un párrafo de sus escritos. Filósofos y lite-ratos de academia recurrieron a etéreos análisis discursivos para decir que todo había sido un relato y que la historia había llegado a su fin. Ya podíamos levantarnos y marcharnos. La función había concluido.
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Por Ariel Vittor
Pero la algazara les duró poco a los neoliberales. Ahora, el telón se corre nuevamente. Karl Marx vuelve.

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Dos sesgos de tiempos pretéritos siguen empañando un mejor conocimiento de Marx. De un lado, la increíble supervivencia del recurso propagandístico que considera la experien-cia histórica de la Unión Soviética como la consecución práctica de lo que Marx había escri-to. Del otro, la persistencia de la visión de Marx como un profeta de tierras prometidas, en lugar de encontrar en él, por ejemplo, un estudioso del origen y desarrollo histórico de las formas de vida de los seres humanos.

En algún punto, Marx no fue un pensador original. Antes que él, David Ricardo había postulado que el trabajo era el responsable de la creación de valor en la economía, al tiempo que Francois Guizot había reconocido que en la historia podían distinguirse clases sociales en disputa. La originalidad de Marx, en todo caso, consistió en la potente síntesis que logró construir entre la economía política inglesa, la filosofía alemana y el radicalismo político francés.

Paradójicamente, el triunfo de un gobierno que se declaró comunista en Rusia ayudó poco al desarrollo del pensamiento marxista. Conviene recordar que, durante las siete y me-dia décadas que gobernaron ese país, los comunistas rusos jamás terminaron de editar las tantas veces anunciadas Obras completas de Marx. 
En los países del bloque occidental, el marxismo encontró acomodo en las aulas uni-versitarias, se distanció de las masas obreras y no tardó en liarse con variopintos deconstruc-cionismos y giros lingüísticos, algo que seguramente habría sorprendido mucho a Marx. An-tes que teoría imbricada en los movimientos de masas y abocada a la transformación del mundo, el marxismo se convirtió en Occidente en una contraseña académica. Y aunque los estudiantes que protagonizaron las protestas de 1968 en París decían inspirarse en “las tres M” (Marx, Mao, Marcuse), nunca lograron construir con los trabajadores un movimiento que pusiera en jaque a la confundida burguesía francesa.

En 1991, cuando dos solitarios soldados arriaron la bandera roja del Kremlin, en un país donde había un Partido Comunista con 17 millones de afiliados, quedó claro que todos los movimientos y partidos que decían inspirarse en Marx habían sufrido una derrota históri-ca. La caída de la Unión Soviética fue festejada por conservadores de todo pelaje y región. Pero los festejos duraron poco, por cuanto una serie de crisis cada vez más globales y pro-fundas demostraron que una cosa es el desmonte de una estructura política y otra la extinción de una línea de pensamiento. Dicho de otro modo: las crisis económicas demostraron que la caída del socialismo soviético de ninguna manera suponía la invalidación de los estudios de Marx.

¿Por qué ahora Marx vuelve a tener actualidad? Antes que nada,  porque tiene cosas para decirnos cuya elusión no favorecería una mejor comprensión del momento histórico por el que atraviesa la humanidad. Por ejemplo, Marx logró constatar que el capitalismo sufre una tendencia a caer en periódicas e inevitables crisis, cada una de las cuales lo pone al borde de su desintegración. Tampoco deberíamos pasar por alto la observación de Marx de que el capitalismo intentaría siempre expandir sus límites técnicos, productivos y geográficos, pro-curando envolver a todo el mundo en su trama de relaciones. Lo que desde hace varios años se dio en llamar “globalización” no es otra cosa que el proceso de internacionalización del capital, cuestión que ya había considerado el pensador de Tréveris. Finalmente, quizá la re-aparición de Marx también tenga que ver con la escasa capacidad del capitalismo para res-ponder a cuestiones acuciantes como por ejemplo el cuidado del medio ambiente. Ciertamen-te, Marx no parecía demasiado preocupado por la devastación de la naturaleza, o quizá no llegó a percibirla, pero su interés por desentrañar las tendencias del capitalismo enriquecería hoy esa preocupación.

Ahora bien, ¿qué de lo que escribió Marx vuelve a tener relevancia? Consideremos por caso aquella célebre cuestión de la base, la superestructura, y las relaciones que ambas mantienen entre sí. Historiadores, filósofos y economistas han discurrido sobre el asunto a lo largo de décadas. ¿Qué quiso decir Marx cuando afirmaba que “no es la conciencia quien determina la existencia, sino que la existencia determina la conciencia”? Sin embargo, ¿es acaso reductible todo su pensamiento a ese punto? Es preciso recordar la insistencia con que Marx postulaba que las luchas de clases eran el verdadero motor de la historia. Esas cam-biantes luchas se producían en sociedades que debían entenderse como totalidades históricas, en las que una complejidad de relaciones vinculaban la producción material con las ideas, el trabajo con el ocio, la tecnología con la cultura, en fin, la existencia con la conciencia. La atribución a Marx de un supuesto determinismo económico quizá provenga de una mala in-terpretación de su esforzada polémica con los idealistas alemanes.

Se ha dicho también que la taxonomía que Marx construyó sobre los modos de pro-ducción resulta un tanto esquemática y poco ilustrativa. Ahora bien, ¿construyó Marx esa clasificación con el objeto de trazar un camino evolutivo que, indefectiblemente, habría de recorrer toda la humanidad? ¿O por el contrario se refirió a una sucesión en el tiempo de mo-dos de producción con la intención de exponer, a la vez, las condiciones históricas del capita-lismo y un método para hacer más inteligible la historia humana? ¿Teorizaba Marx en abs-tracto sobre diferentes modos de producción, incluyendo el capitalista, o más bien analizaba sociedades concretas, históricas? Ninguno de los modos de producción a los que alude Marx pareciera ser una entidad monolítica. Lo que él llamaba “modo de producción asiático” con-tenía una maraña de relaciones productivas que no se desarrollaron del mismo modo en India que en China. Y así como Henry Pirenne  explicó que las formas de servidumbre feudal va-riaban considerablemente de una región a otra en la Europa medieval, Moses Finley  por su parte demostró que el esclavismo de la antigüedad comprendía un amplio abanico de situa-ciones. Por caso, en el mundo actual es posible distinguir distintos tipos de capitalismo. Sin embargo, nada de ello parece invalidar el materialismo histórico propuesto por Marx. 

Curiosamente, muchos movimientos particularistas que dicen luchar contra ciertas opresiones olvidan que Marx insistió en que la sociedad era una totalidad que no podía estu-diarse, ni mucho menos transformarse, diseccionándola en partes. En tanto los particularis-mos sigan atrincherados en identidades excluyentes sin apostar a una mirada de conjunto, seguirán dando palos de ciego. Los movimientos feministas que persistan en la absurda idea de que la culpa de los males de las mujeres la tienen los hombres se mantendrán ridículamen-te equivocados. Las pseudo-izquierdas que levantan causas particularistas cometen un grose-ro error. ¿Desde cuándo las izquierdas defienden singularidades? Construir una política de izquierdas es mucho más que arremolinar identidades.

Lo cierto es que Marx vuelve a tener actualidad, y no solamente por su invocación en fríos panegíricos de academia o efemérides de compromiso, sino porque nuevos agrupamien-tos sociales y políticos que se plantean transformar el orden de cosas vigente se  interesan por sus ideas. Marx vuelve, por ejemplo, de la mano de los llamados “socialistas milennials”, las nuevas generaciones de jóvenes que apoyan a líderes como Bernie Sanders en Estados Unidos y Jeremy Corbyn en Gran Bretaña. Probablemente estos “milennials” no sean espe-cialistas en Marx, y quizá tampoco esté muy claro hacia donde marchan los movimientos que están construyendo. Pero son claras expresiones de que el fin de la historia, varias veces pro-clamado por los enemigos de Marx, aún no ha llegado.
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En la última década del siglo veinte lo dieron por muerto, sepulto y olvidado. Los gu-rúes de las finanzas mundiales proclamaron su extinción definitiva. Efímeros líderes políti-cos de ese momento lo denostaron sin haber leído un párrafo de sus escritos. Filósofos y lite-ratos de academia recurrieron a etéreos análisis discursivos para decir que todo había sido un relato y que la historia había llegado a su fin. Ya podíamos levantarnos y marcharnos. La función había concluido.

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