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El horror contado en clave de género
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miércoles 06 de noviembre de 2019
Sobrevivientes del terrorismo de Estado se reconocen también víctimas de violencia y abusos por su condición de mujeres. Así lo han logrado expresar al dar testimonio en el juicio al genocida Atilio Ricardo Céparo.
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Alfredo Hoffman
Al calor de la oleada feminista que contribuye decididamente a reconfigurar las relaciones de género, una nueva mirada arribó, desde hace algunos años, al terreno de las memorias de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la última dictadura cívico militar en Argentina, e impregnó también las herramientas legales que posibilitan entender como delitos concretos determinadas prácticas ejecutadas desde el Estado, que antes no alcanzaban tal categoría o se consideraban parte de los tormentos.

No podía suceder otra cosa, entonces, que lo que se ha visto y escuchado en el juicio al genocida Atilio Ricardo Céparo que se realiza en Paraná.

A pesar de que no es nuevo en el país, para los juicios de lesa humanidad que se hacen en Entre Ríos constituye una novedad que las víctimas de crímenes atroces, como pueden ser las torturas y las vejaciones, hayan conseguido identificar también la violencia especial que había contra ellas en los centros clandestinos de detención, por el solo hecho de ser mujeres. A ocho años del primer juicio de lesa en la provincia, las sobrevivientes lograron ponerle palabras al horror que atravesaron como consecuencia de la condición machista y patriarcal de la dictadura.

María Cristina Lucca declaró en la primera audiencia del juicio, como víctima directa de Céparo, a quien señaló como uno de los policías que la obligaron a firmar una falsa declaración autoincriminatoria, sin poder leerla y bajo amenazas de volver a ser torturada. Como todas las ex presas políticas, ella lleva ya varias declaraciones testimoniales a lo largo de más de 30 años. Pero hubo algo que ella decidió introducir en este testimonio, que no había dicho antes: el ataque que sufrían las detenidas, como un plus de violencia con relación a la que se infringía sobre los hombres. "Fui vulnerada en mi condición de mujer. Estaba atada a un camastro, con los ojos vendados y desnuda, todo el tiempo rodeada de hombres. Los custodios trataban siempre de pasar el límite de la cuestión de género. Esto hace a la historia de lo que hemos vivido como presas políticas de la República Argentina", reflexionó ante los ojos conmovidos de la jueza Noemí Berros.

No debe ser nada fácil para ellas sentarse en esa silla ubicada en el medio de la sala de audiencias. Están allí compañeres de aquella época y de después, de ahora y de siempre. Hay abogades, fiscales, psicólogas. Pero enfrentar la situación de tener que exponer los recuerdos más dolorosos y traumáticos, por enésima vez desde la recuperación de la democracia, no puede sino moverles la estantería. Cuando eso pasa, a nadie en la sala –siempre llena– el corazón le late a ritmo normal.

Mariana Fumaneri era hace cuarenta y pico de años estudiante de Trabajo Social, militante de la Juventud Universitaria Peronista y trabajadora de la Dirección Nacional de Educación de Adultos (Dinea). En su lugar de trabajo fue detenida el 21 de octubre de 1976. Estuvo secuestrada en la Policía Federal, en el Escuadrón de Comunicaciones y la casita de la Base Aérea. También fue torturada y maltratada.
"Mi condición de mujer fue avasallada", dijo Mariana con énfasis. En la situación de indefensión en que estaba, desnuda, atada y encapuchada, además de torturada fue víctima de violencia de género y abusos. Siempre que estaba en esa situación la rodeaban hombres, a los que no podía ver, pero sí ellos podían verla. "Siempre pienso que me puedo cruzar con ellos en la calle y no saberlo, mientras ellos sí pueden reconocerme", expresó.

"Lo más terrible fue sentirme vulnerable como mujer", dijo Susana Richardet en su relato. Estando desnuda en la "parrilla" donde era torturada con picana eléctrica, además era humillada con burlas sobre su cuerpo y sufría manoseos. Recordó que cuando la interrogaban sobre sus vínculos con otros militantes, le decían: "Decí quiénes son tus machos". Sobre el significado de esas palabras reflexionó: "Si las mujeres estábamos en política era porque éramos la hembra de alguien".

Puede decirse, entonces, que el cautiverio era una sucesión de abusos, que no sólo se materializaban en la violación o el manoseo. También ejercían abusos los genocidas con sus palabras, con sus amenazas, con la prohibición de higienizarse durante semanas. Cuando por fin las dejaban ir al baño, el sonido de la respiración del hombre que las conducía, a quien no podían ver, y el asedio de su presencia invadiendo siempre el límite de la intimidad, eran parte del mismo terror.


Casos y cifras

Testimonios similares a los señalados permitieron que los delitos sexuales puedan ser considerados autónomos, y no como parte de la tortura, en juicios realizados en otras partes del país. Además, no fueron hechos aislados, sino parte de un plan sistemático.

El primer fallo que sentó un precedente fue en Mar del Plata, en 2010, cuando se condenó a Gregorio Rafael Molina a prisión perpetua por los crímenes cometidos en “La Cueva”, que funcionó en la Base Aérea de esa ciudad.

En 2016 se produjeron trece condenas por delitos sexuales en causas de lesa. Una de ellas fue en Córdoba, por los hechos ocurridos en uno de los CCD más grandes del país, La Perla.

Este año la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad dio a conocer cifras del juzgamiento de los delitos sexuales cometidos en la dictadura, los cuales consistieron en situaciones como violaciones, abusos, abortos forzados, desnudez y tocamiento. A marzo de 2019, solamente el 12% de las sentencias incluye este tipo de delitos (26 de 219). En esos fallos, se reunieron los casos de 86 víctimas: 75 mujeres y 11 hombres.

Estos datos no incluyen otras prácticas delictivas que también constituían violencia de género: los partos en cautiverio en condiciones inhumanas –muchas daban a luz esposadas y luego de ser torturadas, en salas de parto improvisadas en los CCD– y el robo de bebés. A la fecha se logró la restitución de la identidad de 130 de esos bebés y la búsqueda continúa.


Las imágenes que acompañan esta nota corresponden a dibujos realizados durante el juicio a Céparo por estudiantes de la Licenciatura en Artes Visuales de la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Entre Ríos.
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Sobrevivientes del terrorismo de Estado se reconocen también víctimas de violencia y abusos por su condición de mujeres. Así lo han logrado expresar al dar testimonio en el juicio al genocida Atilio Ricardo Céparo.

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