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El enigma Cristo
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martes 02 de julio de 2019
“Muchos investigadores sostienen que la idea de un Cristo divino fue una creencia que se estableció en fecha bastante posterior a su eventual existencia real”, afirma Ariel Vittor en este artículo, en el que intenta hacer un recorrido de la historia del carpintero al que se atribuye la fundación de la iglesia católica.
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Por Ariel Vittor *

En el primer lustro del siglo XXI, la novela de Dan Brown El Código Da Vinci se convirtió en un rimbombante éxito de ventas en base a una colección de datos falsos y otros alevosamente manipulados. Sintetizando lo de Brown: un dúo de investigadores pretende desenmascarar un complot de la iglesia católica para ocultar sus verdaderos orígenes. El best seller, que pronto fue llevado al cine, tuvo al menos la virtud de reinstalar la pregunta por la historicidad de Cristo.

En la tradición de la teología católica, Cristo aparece como el hijo de Dios y al mismo tiempo como Dios mismo. Junto con el Espíritu Santo, conforman la enigmática trinidad divina. El mensaje de Cristo tiene aquí un carácter fundamentalmente salvífico, cuyo objetivo es guiar al rebaño humano en su peregrinar hasta Dios. De allí que una de sus proclamas fuera, al parecer, “mi reino no es de este mundo”. Pero basta un poco de curiosidad para que la cuestión no se vea tan cristalina.

En el capítulo 7 del libro de Daniel, un agregado tardío al Antiguo Testamento bíblico, se profetiza la llegada de alguien “similar al hijo del hombre”, con poder para establecer un dominio eterno. Es el Mesías, encargado de liberar a los judíos de toda servidumbre extranjera. Cristo se apropia de la figura para fortalecer su prédica, colocándose en la descendencia del rey David y pretendiendo ser el salvador anunciado por el profeta. De hecho, el nombre Cristo es una versión griega del de Mesías.

Cuando Daniel dice que el Mesías sería alguien parecido al hijo de un hombre, lo más probable es que haya querido decir que sería un ser humano, o que por lo menos se le parecería mucho. Al reconocerse como el Mesías, Cristo se veía obligado a reconocerse también como “hijo del hombre”, esto es, como ser humano. Si uno revisa los evangelios encuentra que Cristo insiste en llamarse a sí mismo “hijo del hombre” y no “hijo de Dios”. Pareciera ser que la divinidad de la figura no provendría de sus propias declaraciones. Pero si así fuera, ¿de dónde podría venir?

El evangelio del apóstol Juan es el que, ya desde su arranque, plantea la condición divina de Cristo, cuando alude al Verbo que siendo Dios se hizo carne y habitó entre los humanos. Sin embargo, a la luz de las investigaciones históricas, el tema sigue en penumbras. El evangelio de Juan ha sido fechado alrededor del año 100 ó 120 después de Cristo. Se trata por lo tanto de un texto posterior al más sucinto evangelio de Marcos, fechado entre 70 y 80 d. C. El texto original de Marcos relataba el bautismo de Cristo, su predicación por la periferia de Judá, su entrada en Jerusalén y su posterior muerte. Marcos nada decía sobre la crucial cuestión de la resurrección de Cristo, por lo que la divinidad de éste quedaba en suspenso. Con posterioridad, al final del evangelio de Marcos se le agregaron algunos párrafos en donde Cristo aparece resucitado.

Por su parte, los evangelios de Mateo y Lucas toman pasajes de Marcos, pero le incorporan más datos sobre la vida y las enseñanzas de Cristo. En el siglo XIX los investigadores llegaron a la conclusión de que ese plus de información en Mateo y Lucas provenía de una hipotética fuente escrita que fue denominada “documento Q”. Cruzando lo que habían escrito los evangelistas, se intentó una reconstrucción aproximada de ese texto. Lo que se halló entonces en Q fueron referencias a un conjunto de enseñanzas atribuibles a Cristo, pero no alusiones a su crucifixión y resurrección. Lo más inquietante de Q es que, en el caso de que haya servido como fuente de información para Mateo y para Lucas, entonces forzosamente debió ser anterior a ellos y por lo tanto más cercano al Cristo histórico. Dicho de otro modo: habría un evangelio anterior a todos los conocidos, en donde no hay alusiones a la divinidad de Cristo.

El casual descubrimiento de los evangelios gnósticos en 1945 en Nag Hammadi, Egipto, vino a levantar más polvareda en torno a la cuestión. Se trata de los textos del proto-cristianismo primitivo que la iglesia excluyó de su canon de lecturas litúrgicas oficiales. En particular resulta interesante considerar el evangelio gnóstico de Tomás porque allí sólo hay alusiones a la predicación de Jesús, a su campaña para divulgar sus ideas, pero no a cuestiones como su divinidad o su resurrección.

Con todo esto, muchos investigadores sostienen que la idea de un Cristo divino fue una creencia que se estableció en fecha bastante posterior a su eventual existencia real.

Un breve vistazo sobre la Palestina histórica puede darnos algunas pistas más.

La Palestina en la que Jesús predicó se conocía como Judea y no era una comunidad homogénea. La ocupación romana (63 a. C.) había agudizado las contradicciones sociales de los judíos. Por un lado estaban los fariseos, que tenían formación rabínica, eran estudiosos de los textos religiosos y actuaban como maestros y juristas. Eran  cultos y dominaban el idioma griego. Por otro lado existían los saduceos, ricos propietarios de tierras y comerciantes, que controlaban el Sanedrín, la asamblea de notables judíos con atribuciones religiosas. Mientras que los fariseos eran una suerte de clase media culta, los saduceos podrían verse como el bloque de clases dominantes.

También estaban los zelotas, un grupo radicalizado desprendido del partido fariseo. Rigurosos en la interpretación de la ley mosaica, el principal objetivo de los zelotas era combatir a los romanos hasta expulsarlos de Judea. Eran jurados enemigos del Sanedrín, al que acusaban de entreguismo a los romanos.

Más tranquilos eran los esenios que vivían en comunidades apartadas de las ciudades, en las que llevaban una existencia ascética y austera practicando ejercicios espirituales. Todos estos grupos pugnaban por hegemonizar el judaísmo de la época.

Este esquemático mapa de fuerzas en pugna todavía deja planteada la cuestión de dónde ubicar a Cristo en él. Su solitario alejamiento por el desierto, antes de iniciar su predicación, parecería acercarlo a las posturas de los esenios. Pero los sucesos posteriores parecen indicar un cambio de orientación. Recluta un grupo de seguidores entre patrones de pesca, recaudadores de impuestos y artesanos. Dicho en términos más modernos, se rodea de integrantes de la pequeña burguesía de su época. Las posturas del grupo parecen radicalizarse progresivamente. Encontramos un ejemplo cuando Cristo proclama aquello de “Dad al César lo que le corresponde”. La iglesia interpretó esto como una indicación de pagar tributo al emperador romano, pero en el contexto de la época bien puede haber querido decir otra cosa. Si consideramos la postura de los judíos opuestos a la ocupación romana, darle al emperador lo que le correspondía venía a ser ni más que menos que darle su merecido, esto es, expulsarlo de Judea.

La entrada de Cristo y sus seguidores en Jerusalén parecería marcar el punto culminante de su historia. La banda que pregonaba un confuso mensaje por los andurriales de Judea se ha convertido en un movimiento de masas que ha irrumpido en la capital. Y con un programa concreto: eliminar la corruptela del Templo. Así parece evidenciarlo la bastante conocida expulsión de los mercaderes de ese lugar. Esto lleva a un enfrentamiento directo con los comerciantes, terratenientes y sacerdotes nucleados en el Sanedrín. Desbordadas por el movimiento popular, las clases dominantes judías entregan al revoltoso a los romanos y piden que sea ejecutado por haber cometido delito de sedición. La vacilación del prefecto romano Poncio Pilatos es bien conocida.

Las evidencias antes consignadas permiten a muchos investigadores fundamentar un revulsivo punto de vista: que Cristo era en realidad un líder zelota, hipótesis que otros califican de temeraria.

En cualquier caso, la verdadera historia del carpintero al que se atribuye la fundación de la iglesia que ahora lidera el argentino Jorge Bergoglio sigue sumergida en un intrigante misterio.




*Ariel Vittor es licenciado en Comunicación social, investigador y docente universitario. Es autor del libro "Sobre la historia de la comunicación", de Editorial Fundación La Hendija.

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“Muchos investigadores sostienen que la idea de un Cristo divino fue una creencia que se estableció en fecha bastante posterior a su eventual existencia real”, afirma Ariel Vittor en este artículo, en el que intenta hacer un recorrido de la historia del carpintero al que se atribuye la fundación de la iglesia católica.

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