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Thompson y el fantasma de Hemingway
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viernes 10 de agosto de 2018
En la década del 60, el periodista gonzo fue al lugar en el que murió Hemingway, un pueblo solitario al oeste de Estados Unidos.
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Fer López

Es difícil escapar de un fantasma. Sobre todo si el fantasma es omnipresente como era el de Ernest Hemingway en la década del 60: ¿cómo evitar la figura de uno de los mayores escritores estadounidenses? Probablemente Hunter Thompson hizo más que escribir una crónica cuando fue a Ketchum.

¿Por qué alguien como Thompson, habituado a la velocidad y al periodismo salvaje e inmersivo, había ido a hacer una crónica sobre el lugar y la gente que conoció al viejo? Es el año 1964 y ya hace tres años que Hemingway se pegó un escopetazo en un lugar triste y solitario de Estados Unidos con no más de 700 habitantes, un río, montañas y muchos pueblerinos que compiten por quién conoció mejor al Premio Nobel de Literatura. En “¿Qué llevó a Hemingway a Ketchum?”, Thompson, por entonces un joven de 27 años y desconocido, cuenta que le carcomía la curiosidad de por qué alguien como Hemingway había ido a morirse allí

Es posible que la curiosidad en realidad haya sido una gran admiración. Las épocas en que los dos escribieron crean la ilusión de que eran personajes totalmente diferentes. Sin embargo, habían vivido dos vidas con una concepción similar: poner la carne propia a las experiencias, a las sensaciones, al dolor y al placer, sumergirse en los hechos y en las aventuras para luego contarlos siendo conscientes de que de alguna forma todo sigue siendo ficción. Hasta la verdad.

Hemingway vivía para relatar. Por eso fue corresponsal de guerra, vivió la Guerra Civil Española, se metió en el mundo de los toros y bebió todo lo posible para después decir que sólo la muerte puede ponerle fin al placer de escribir. Thompson también escribía luego de la vivencia. Se hacía parte de las bandas de delincuentes que retrataba, se codeaba con el mundo chicano de Los Ángeles o se perdía en los placeres y los ácidos de Las Vegas. La diferencia entre los dos es que Thompson le había puesto nombre a lo que hacía, lo había llamado Periodismo Gonzo.

En la crónica sobre Ketchum, Thompson se burlaba, o uno entiende como burla, la impotencia de Hemingway al experimentar un tiempo nuevo en el que los acontecimientos no podían asirse, imposibles de experimentar en su completitud y complejidad, efímeros. ¿Cómo poder escribir entonces en un mundo líquido? ¿cómo sumergirse y acapararlo todo para contarlo?

Pero a Thompson años más tarde le pasó lo mismo. Por eso en “¿Qué llevó a Hemingway a Ketchum?” ya atisba a comprender muy bien esa sensación de la cosa que se va de las manos. “Como otros escritores, Hemingway hizo su mejor obra cuando creyó que se apoyaba en algo sólido”, escribió.

Quizás el fantasma de Hemingway había acompañado a Thompson toda la vida, le había hablado al oído con una voz imperativa y finalmente lo había convencido de que el mundo realmente había cambiado. Imposible escapar al susurro y al desencanto. En 2005 Hunter Thompson terminaba su vida por medio de la velocidad que lo acompañó siempre, con la velocidad de una bala en la cabeza, como Hemingway en Ketchum. “No más nadar”, puso en su última nota, probablemente en sentido figurativo.

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En la década del 60, el periodista gonzo fue al lugar en el que murió Hemingway, un pueblo solitario al oeste de Estados Unidos.

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