Telaraña | eriodismo narrativo
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Borges… me anda buscando ese nombre…
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viernes 01 de julio de 2016
“¿Es posible decir finalmente quién era ese hombrecillo tímido, apasionado por los mapas antiguos, el ajedrez, la etimología y los laberintos, que pregonaba los placeres del intelecto en un siglo de guerras y conflictos?”, se pregunta Ariel Vittor en esta aproximación a Jorge Luis Borges, a 30 años de su fallecimiento.
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Ariel Vittor

Este escriba podría parafrasear la milonga “A Jacinto Chiclana”, para afirmar que no sabe por qué razón lo anda buscando el nombre de Borges, autor precisamente de esa milonga. Y que lo anda buscando con insistencia suficiente como para empujarlo a escribir esta nota. Y sabe también que tiene algo de osadía y redundancia meterse una vez más con Borges, ahora desde las páginas de “Telaraña”. Pero sucede que, si me disculpan la nueva paráfrasis, me gustaría saber cómo habrá sido aquel hombre.

Permítasenos entonces proponer un recorrido más para aproximarnos al autor de “Historia universal de la infamia” y “Otras inquisiciones”, so pretexto de cumplirse los 30 años de su fallecimiento. Porque, con todo lo que de él se ha escrito, ¿es posible decir finalmente quién era ese hombrecillo tímido, apasionado por los mapas antiguos, el ajedrez, la etimología y los laberintos, que pregonaba los placeres del intelecto en un siglo de guerras y conflictos?

 

Se ha afirmado con liviandad que Borges odiaba el tango o que no lo entendía. Pero si consideramos al Borges compositor de tango, encontraremos un letrista exquisito y perfectamente ajustado a lo más tradicional del canon. La letra de “A Jacinto Chiclana” no ofrece dudas sobre ese ajuste. Y si tratamos de dimensionar cuánto entendía Borges de tango, conviene recordar que supo buscar a Edmundo Rivero para que le pusiera voz a esa milonga. Y Rivero no lo defraudó. Así como “El bazar de los juguetes” quedó para siempre asociado a la interpretación de Alberto Podestá, “Cascabelito” a la de Roberto Rufino y “Tres esquinas” a la de Ángel Vargas, la milonga de Borges quedó inmortalizada por “El Feo”. Fue un indudable acierto del escritor, que no habría podido alcanzar de haber odiado o ignorado al tango como se ha afirmado.

Me permitiré incluso alguna aseveración aún más atrevida. Borges era un letrista más tanguero que el mismo Horacio Ferrer. Compárese sino la Balvanera y el duelo a cuchillo que se mencionan en “A Jacinto Chiclana”, con aquello de la luna rodando por Callao y el personaje con medio melón en la cabeza que Ferrer ubicó en la “Balada para un loco”. Cualquier milonguero podría expedirse sin mucha duda.

Si repasamos la letra de “Alguien le dice al tango”, nos sorprenderá encontrar un Borges que logra profetizar sobre el futuro del dos por cuatro. Afirma allí nuestro autor que él habrá muerto pero el tango continuaría orillando nuestras vidas. La actual proliferación de milongas y orquestas de tango vendría a confirmar la profecía borgeana.

La confusión mencionada seguramente proviene de la antipatía que le despertaba Carlos Gardel. Para Borges, el Zorzal Criollo era el principal responsable de una corrupción del tango, consumada con la difusión masiva y mediatizada de cierto arrabal que por entonces ya pasaba a la historia. Es que Borges, anticipándose de alguna manera a las preocupaciones de la Escuela de Frankfurt, era un abierto contradictor de las mediatizaciones tecnológicas que presenció en su época y que alteraron la difusión cultural. Su referencia seguía siendo el tango de la denominada Guardia Vieja, una edad en que descollaron Eduardo Arolas y Roberto Firpo, entre otros, y que precedió a las transformaciones introducidas por Julio De Caro. La perspectiva que permite el paso del tiempo nos haría posible hoy revisar ciertas periodizaciones canónicas de la historia del tango para cuestionar los posicionamientos de Borges al respecto. Baste con decir que en plenos años treinta del siglo XX, cuando supuestamente ya se había impuesto la Guardia Nueva, Firpo continuaba con su cuarteto. Pero sucede que Borges vivió un momento de transformaciones del tango y quizá la polvareda de los cambios le impidió ver los ricos matices que iba tomando el ritmo del dos por cuatro.

Ciertamente, Borges pensaba a la cultura como una producción universal ajena a los particu-larismos nacionales, como un patrimonio heredado por toda la humanidad y que cualquiera podía reivindicar como propio, con independencia del lugar de nacimiento. Pero no es menos cierto que Borges, quizá sin quererlo demasiado, era muy argentino. Aunque más no sea porque hacía gala de cierta actitud provocadora y algo arrogante, que los extranjeros suelen señalarnos. Al parecer, a los argentinos sólo pueden representarnos personalidades capaces de generar discusiones y debates tan feroces como interminables. Es imposible ser argentino/a y no haber estado alguna vez en alguna reunión que acabara en trifulca ante la sola mención de nombres como Sarmiento, Perón, Alfonsín, Maradona, Pugliese, Charly García, Menotti, Monzón, y siguen las firmas. ¿Por qué Borges no podría tener un lugar en ese listado? Más aún, sería justo reconocerle a Borges la extraordinaria hazaña de ser bien argentino siendo anti-peronista, anti-Gardel, anti-Che Guevara, y detractor del fútbol y el asado.

Aunque antes de ubicarlo en el lugar que fuese, convendría no perder de vista que Borges huía de cualquier encasillamiento fácil. En su libro “Los nuestros”, el ensayista chileno Luis Harss afirma que la disputa entre el grupo de Florida y el de Boedo tenía sin mucho cuidado a Borges. Es sabido por otro lado que nuestro escritor gustaba de pivotear entre géneros literarios, esquivando los cánones de cada uno. Quizá el mejor ejemplo sean esos cuentos con impronta de ensayos o crónicas, cuyo condimento principal era la abierta intención de mezclar los géneros y despistar al lector.

Pero Borges gustaba de definirse más por sus lecturas que por sus escritos. Leía con atención y rigor tanto a las vanguardias de su tiempo como a toda la herencia literaria clásica. Seguía a Platón, del que sin duda le atraía su postulación de un mundo ideal que inspiraba el terrenal. “La casa de Asterión” testimonia la relectura borgeana de los mitos griegos, el del Minotauro en ese caso puntual. Por otro lado leía con el mismo cuidado y entusiasmo a Franz Kafka.

De Borges se tiene la imagen de un señor adusto, serio y aburrido. Quizá porque en las foto-grafías se lo ve siempre de estricto saco y corbata. Pero lo cierto es que era un bromista terrible. Le divertía alterar nombres y, por ejemplo, llamaba Ernesto Sótano a Sábato y Ástor Pianola a Piazzolla. En las entrevistas que ofrecía, no era raro que dejara caer frases ingeniosas o provocativas esperando alguna reacción de su interlocutor. No lo hacía por pedantería. Borges era tímido, y en la broma encontraba un modo de refutar a un mundo que, sin que él entendiera muy bien cómo, se había vuelto hostil para las personas de su clase.

Para conjurar esa hostilidad, se refugió en la amistad de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Ambos fueron sus compinches de lecturas. Con Bioy, Borges incursionó en el relato policial, creando el personaje de Isidro Parodi. Quizá el género le resultaba apropiado como un modo más de expresar los tantos misterios que él podía observar en el mundo.

También convendría cuestionar el clisé de mostrar a Borges como un señorito pituco, anti-popular y gorila. En ese sentido no podemos olvidar que Borges presidió el Comité de Intelectuales Yrigoyenistas (en el que se alistaba por ejemplo Homero Manzi) que apoyaba al ala más plebeya del radicalismo argentino.

Con todo, es innegable que a Borges le importaba más la literatura que la política. Cuando se le preguntaba por cuestiones políticas, ostensiblemente buscaba eludir la respuesta, recurriendo a desviaciones o bromas. Le tocó vivir una época de grandes efervescencias y turbulencias, en donde todo empujaba a identificaciones de las que él quería rehuir. Rechazó el nazismo, el comunismo y la izquierda del Tercer Mundo porque desconfiaba de las experiencias colectivas y en alguna oportunidad no dudó en definirse como individualista. Finalmente llegó a decir que “la política es una de las formas del tedio”.

Y ya se nos va agotando el espacio y seguimos sin tener muy en claro quién era Jorge Luis Borges. Quizá porque (y le juro que ésta será la última paráfrasis) “sólo Dios puede saber la laya fiel de aquel hombre”.

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