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La mirada de Patricia
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miércoles 25 de mayo de 2016
Tenía 30 años cuando desapareció en Santa Elena, un verano de principios del siglo veintiuno. Cuando la encontraron apenas quedaban sus huesos y su ropa. Esta es la historia de Patricia Mariana Gómez, cuyo asesinato nunca se aclaró y cuya familia fue condenada a convivir con la ausencia y la injusticia.
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Alfredo Hoffman
Patricia Mariana Gómez no tenía foto de perfil. No existía Facebook, ni Twitter ni Instagram. De ella conservan una imagen en blanco y negro y arrugada, de mediados de la década del noventa. No posa frente a un espejo ni estira un brazo en busca de una selfie. Se la ve en primer plano. Mira al costado de la cámara, en posición típica de retrato para el documento nacional de identidad. El flequillo le cae sobre los ojos bien abiertos. Dos grandes aros circulares le cuelgan de los lóbulos y rozan sus hombros. Hay algo de tensión en sus labios. Está concentrada, evidentemente piensa en algo. Tal vez en posicionar bien la cabeza; en dirigir la vista hacia algo y hacia nada a la vez. O a lo mejor en cualquier cosa menos en el acto de gatillar del dedo del fotógrafo y en la fracción de segundo previa al fogonazo del flash.

Patricia tenía 25 años cuando su rostro quedó congelado en esa foto. Cinco años después desapareció. Estuvo ausente durante un año. Cuando la encontraron era solamente un montón de huesos en un descampado. La Policía no la buscó. La Justicia no investigó. Ya pasó mucho tiempo y su crimen sigue sin aclararse: nadie ha sido responsabilizado por su muerte.

El caso tiene muchas similitudes con el reciente femicidio de Gisela López: ambos ocurrieron en Santa Elena; ambas mujeres desaparecieron cerca de su casa; ambas fueron halladas muertas cerca del camino de entrada a esa ciudad de Entre Ríos; a las dos le arrebataron sus sueños, sus proyectos y sus vidas. Las separan 14 años y las unen la impunidad y la violencia arraigada que tiene como víctimas a las mujeres.

Una mañana

Era temprano, el 19 de enero de 2002. Patri quería quedarse un rato más en la cama, pero tenía que acompañar a su mamá al cementerio. La madre entonces decidió ir a la casa de otra de sus hijas, a tres cuadras, tomar unos mates y esperarla ahí.

—Dale, yo en un ratito me levanto, me visto y te paso a buscar para ir juntas.

Pero pasó toda la mañana y nunca llegó. La madre decidió entonces ir al cementerio sola.

Cuando regresó a la vivienda del barrio Martín García, Patricia no estaba. Preguntó por ella y nadie sabía. Se había ido sin nada, con lo puesto y sin el documento que tenía aquella foto de tres cuarto perfil en blanco y negro.

—Y nunca más la vimos. Nunca más la vimos —recuerda ahora Carina Gómez, hermana de Patricia—. Supimos de gente que decía haberla visto en Paraná, en Zárate, en Buenos Aires, pero nadie hizo una denuncia sobre eso, nadie se animó a declarar y nunca más supimos más nada de ella.

Al principio pensaron que se había ido por voluntad propia. Que estaba en alguno de los lugares donde decían haberla visto. Comentaban, por ejemplo, que andaba caminando por la ruta. Que su alejamiento podía tener algo que ver con un encuentro de motoqueros que hubo ese fin de semana en Santa Elena. En esa época estaba Mauro Viale en televisión y el programa “Gente que busca gente”. Mandaron cartas, fotos. Pero no la encontraban.

Patricia tenía 30 años en aquel verano de 2002. Era soltera; no tenía hijos. Había estado en pareja unos años antes, cuando vivía en Buenos Aires, pero sufrió un grave problema de salud que la dejó internada un largo tiempo y tuvo que regresar a su ciudad. Era una litiasis de vesícula, a partir de la cual una piedra le tocó el páncreas. Esto le provocó secuelas: caminaba renga de una pierna y por momentos perdía la noción del tiempo y del espacio. De todos modos, sabía cómo se llamaba, se manejaba sola correctamente y, además, todos la conocían en el pueblo.

Pasó el tiempo, el comisario Rubén Somer empezó a ir a la casa a preguntarle a los padres si sabían algo de la muchacha desaparecida. Los que debían buscarla no tenían pistas, ni parecían tener idea de cómo hacerlo. Los políticos no intervenían ni por demagogia. No había redes sociales: la foto de tres cuarto perfil derecho no podía ser “viral” para difundir la búsqueda. Aunque en los diarios de la capital provincial se publicaron un par de llamados a la solidaridad, con la descripción de sus señas particulares, no era suficiente para dar con su paradero.

Uno de los comentarios que circuló en la época fue el de un hombre que decía haberla visto y culpaba a miembros de la fuerza de seguridad.

—Decía que un día él estaba cazando cerca del frigorífico —rememora Carina— y escuchó gritos de una mujer. Se asomó entre los pastos a mirar y vio que eran policías de Santa Elena. Ese fue un comentario muy fuerte que hubo, que había policías de Santa Elena y que se escuchaban gritos de una mujer. Y que esa mujer que gritaba era mi hermana. Todos decían que a mi hermana la mataron unos policías. Pero quedó ahí, todo quedó ahí.

Pasó un año desde aquella mañana que se perdió el rastro de Patricia. La fecha exacta Carina no la recuerda, tal vez por olvido inconciente, por estar cargada de un sentido demasiado trágico. Un hombre que andaba buscando leña en inmediaciones del acceso a la ciudad, cerca de donde iban a encontrar muerta a Gisela López el 10 de mayo de 2016, vio unos huesos desparramados en el campo. Las autoridades judiciales llevaron los restos óseos a La Paz, lo analizaron y determinaron por el ADN que eran los huesos de Patricia Mariana Gómez.

—Nos dieron los restos en un cajoncito y lo llevamos al cementerio de Santa Elena. Y ahí se cerró todo. En el lugar también había una sandalia y restos de ropa de mi hermana que encontró mi papá a la semana, porque él fue a ver el lugar donde aparecieron los restos.

Demasiado dolor

La hermana de Patricia tiene una teoría: no pudieron encontrarla hasta un año después porque la Policía no la buscó, porque en esa época no había redes sociales y porque faltaron testigos que se animaran a declarar lo que vieron.

—Lo que tiene la gente de Santa Elena —afima Carina— es que por ahí ve cosas y no denuncia. También me da bronca que ahora se asombran y no es la primera vez que pasa. También a Malvina Torales, en el año 2003, al año de lo que pasó con mi hermana, la asesinaron de 15 puñaladas en la calle, y eso también quedó impune. O sea, no es la primera vez que pasa esto en Santa Elena. Es un lugar muy especial, donde pasa de todo: desde chicas que desaparecen hasta venta de bebés. Es como un mundo aparte, donde todo el mundo ve y todo el mundo se calla. Espero que ahora con el caso de Gisela la gente tome conciencia, salga a la calle y pida justicia, porque ya no es un pueblo chico, ya no es un pueblo tranquilo como el de antes.

La familia Gómez –los padres y los ocho hermanos que quedaron– es gente sin poder, que vive de su trabajo. No pudo enfrentar la injusticia. El padre murió hace cuatro años, como consecuencia de un ACV. La madre está mal de salud, también sufrió un ACV, aunque lo que la en realidad la enfermó es la ausencia irreparable. Carina dice que ahora puede contar lo vivido, pero hasta hace unos años ni siquiera podía pronunciar el nombre de su hermana, porque es demasiado el dolor que se pasa.

Patricia sigue mirando al costado de la cámara, tal vez buscando el sitio donde existe la justicia.

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La mirada de Patricia
Tenía 30 años cuando desapareció en Santa Elena, un verano de principios del siglo veintiuno. Cuando la encontraron apenas quedaban sus huesos y su ropa. Esta es la historia de Patricia Mariana Gómez, cuyo asesinato nunca se aclaró y cuya familia fue condenada a convivir con la ausencia y la injusticia.

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