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Hombre de las cavernas
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sábado 07 de mayo de 2016
Appiani, condenado por delitos de lesa humanidad, logró un dictamen del Inadi por supuesta discriminación en la Universidad Autónoma de Entre Ríos. Detrás de esa inédita resolución se esconde el rostro de la perversión y la repentina determinación de los fascistas de intentar cruzar la raya y salir de sus cuevas.
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Alfredo Hoffman
Jorge Humberto Appiani es un hombre perverso, cínico, despiadado y malvadamente inteligente. Así lo recuerdan sus víctimas de los centros de concentración, tortura y exterminio de los años de la dictadura. Así se dejó ver durante las audiencias públicas a las que asistió durante el plenario de la causa Área Paraná, que finalizó en diciembre de 2015 con una condena en su contra de 18 años de prisión que cumple en la cárcel de la capital entrerriana.

Appiani es como el Alfredo Astiz local, o el Luciano Menéndez o el Miguel Osvaldo Etchecolatz, por mencionar a genocidas que se han dedicado cuanto pudieron a justificar sus actos criminales, aunque nunca a reconocerlos y menos aún a colaborar con la Justicia y, en definitiva, con el Estado de Derecho. Ellos, que encarnan el mal y ofenden a la condición humana, llaman guerra al terrorismo de Estado y dicen considerarse presos políticos, cuando en verdad son reos procesados y condenados por tribunales ordinarios por haberse comprobado que fueron (son) torturadores seriales, masacradores de la población civil y desaparecedores. Ellos pertenecen a las fuerzas armadas y de seguridad que ejecutaron el genocidio: dispararon con las armas del Estado; secuestraron con los autos del Estado; encerraron sin agua, comida ni baño en edificios del Estado; usaron picanas, parrillas, grilletes, palos, capuchas, palanganas provistas por el Estado; robaron niños nacidos en hospitales del Estado; arrojaron gente viva al mar desde los aviones pertenecientes al Estado. Y ahora pretenden que el Estado vuelva a estar a su favor.

Appiani tiene tiempo de sobra. En la cárcel lee y escribe a mano. Estudia las causas en su contra y prepara recursos para presentar en la Justicia en su carácter de abogado o en otros organismos oficiales. Además teje relaciones: no solamente es muy cercano al represor condenado a perpetua Cosme Demonte, sino que hay paranaenses que lo visitan, lo acompañan y hasta charlan con él largo y tendido por teléfono. Appiani anda por la unidad penal bien vestido y sin perder la altanería. No es difícil imaginárselo con su cara de roca.

Así es que este militar-abogado, mientras espera la segunda sentencia en su contra –por la causa Área Paraná II–, se dedica a trazar estrategias para enlodar el terreno. Busca dilatar los procesos judiciales, recusa jueces, se queja ante cuanto tribunal se le ocurra; pero también tiene tiempo para planificar dónde hacer mayor daño. Durante las audiencias de la causa Área Paraná preparó cuestionarios para revictimizar a las víctimas. Ahora, animado por el cambio de signo político en el gobierno nacional, consiguió un dictamen a su favor del Inadi para que lo dejen estudiar en la Universidad Autónoma de Entre Ríos, algo que ya había sido resuelto en su contra por la Justicia. Pero hay algo todavía peor: los genocidas buscan prensa. Se animan a dar la cara. Envían a sus amigos a los medios de comunicación para que ofrezcan entrevistas exclusivas desde la cárcel a los periodistas.

Esto es lo que hizo Appiani. Una vez que la resolución del Inadi se hizo pública, una persona allegada a él se presentó en una redacción y ofreció “la nota”. Contó cómo era su relación con el represor, a quien ella prefería llamar “preso político” y ensayó consignas reivindicativas del terrorismo de Estado bajo el paraguas de la teoría de los dos demonios. La propuesta a algunos puede resultar tentadora, tanto como el recurrente ejemplo de dilema periodístico que se propone bajo la pregunta: ¿entrevistaría usted a Adolf Hitler? Pero no puede ser analizada si no es en su contexto. Y el contexto es el siguiente razonamiento: “Ahora que se fueron del gobierno los que impulsaron los juicios, nuestro discurso tiene mayor legitimidad”. Esa supuesta legitimidad les da pie para aspirar a que su relato encuentre espacio en los medios masivos de comunicación. Y así, a que esa construcción de la historia reciente, tan emparentada con la impunidad, encuentre eco un poco más allá de los reductos fascistoides a los que ha quedado reducida con justicia. Entonces la oferta debe ser rechazada: sigan buscando dentro de sus cavernas quién les dé voz.

El Inadi en su dictamen recomendó permitirle al genocida retomar sus estudios de Historia en la Facultad de Humanidades de la Uader. Con la firma de Analía Miskowiec, coordinadora de Recepción y Evaluación de Denuncias, el organismo consideró que la universidad tuvo una “conducta discriminatoria” al negarle el “derecho humano a la educación”. De ese modo no sólo dictaminó en contrario a lo ya dicho por el organismo hace cuatro años, sino también en contra de lo resuelto por la Justicia Federal de Paraná en 2013, que en primer y segunda instancia desestimó un planteo del entonces procesado por el mismo tema.

El 28 de septiembre de 2012, el entonces rector Marino Schneeberger aceptó la propuesta de Humanidades y estableció la “no admisión ni permanencia de condenados y/o procesados por Delitos de Lesa Humanidad como estudiantes de la Universidad Autónoma de Entre Ríos”. Appiani fue entonces expulsado. Uno de los principales argumentos tenidos en cuenta fue que estos reos no son presos comunes, sino que son “excepcionales” por la magnitud del daño causado a toda la sociedad y por la apropiación del aparato del Estado para llevar adelante su plan criminal genocida, lo que a su vez hace que los delitos por ellos cometidos sean imprescriptibles. Por eso no pueden ser incluidos en el espacio Educación en Contextos de Encierro y la universidad puede usar su derecho a no admitir entre sus estudiantes a estos personajes perversos.

Si Appiani regresara a las aulas, ingresaría a una casa de estudios un representante de los que persiguieron a miles de estudiantes y docentes; los que diezmaron a una generación. A él no se le debe escapar el dato de que la facultad donde quiere estudiar es conducida por una de sus víctimas, una de sus denunciantes. Es que, además de perverso, cínico, despiadado y malvadamente inteligente, es un gran provocador.

Que busquen dentro de sus cavernas quiénes les den clases.

La sociedad ya demarcó los límites a los cavernícolas. Ahora se entusiasman con algunos cambios; salen a las calles a hacer pintadas contra los judíos, balean a los militantes, tienen a maltraer a los homosexuales, amenazan a las feministas, abrazan a los genocidas. Pero la construcción de la memoria colectiva, como la demarcación de la raya que los hombres-dinosaurios no pueden pasar, son tareas permanentes que nunca terminan; se defienden y se militan día a día.

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Appiani, condenado por delitos de lesa humanidad, logró un dictamen del Inadi por supuesta discriminación en la Universidad Autónoma de Entre Ríos. Detrás de esa inédita resolución se esconde el rostro de la perversión y la repentina determinación de los fascistas de intentar cruzar la raya y salir de sus cuevas.

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