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La semana poco santa de 1987
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lunes 02 de mayo de 2016
Un análisis de un hito de la historia política argentina, que “se inició con la inquietante constatación de que el poder político se hallaba inerme frente al poder de las armas”, y finalizó con “un inesperado actor social que se agregó al drama: el pueblo argentino en las calles”.
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Ariel Vittor

El jueves 16 de abril de 1987 un rambo del subdesarrollo se embadurnó la cara con betún, ennegreciéndola para que quedara al tono de sus propósitos, y se lanzó a reivindicar el pasado más oscurantista de la historia argentina. El entonces teniente coronel Aldo Rico aparecía en la escena política nacional para reclamar un cese en los juicios que se seguían por entonces contra los militares acusados de genocidio durante la dictadura de 1976-1983. La sedición carapintada contó con el apoyo de veinte capitanes de la Escuela Superior de Guerra, quince oficiales retirados, ciento cincuenta hombres de la Compañía de Comandos de Campo de Mayo, varios oficiales de la base de la Armada en Puerto Belgrano, el Batallón de Aviación del Ejército, diez regimientos del Quinto Cuerpo de Ejército, casi todas las unidades de los cuerpos de Ejército Segundo y Cuarto, amén de toda la comparsa civil que habitualmente rodeaba esta clase de pronunciamientos militares en la historia argentina. El principal poderío bélico de los uniformados argentinos estaba resueltamente del lado de los facciosos.

Quizá Rico había emprendido su “cruzada” sólo con el objeto de reclamar un cese de los juicios a los militares acusados por delitos de lesa humanidad, pero posiblemente el encontrarse con tal caluroso apoyo dentro de las Fuerzas Armadas alimentó en él la idea de lanzarse a aventuras mayores.

El entonces presidente Raúl Alfonsín sólo conservaba las formas de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, porque en los hechos los uniformados se negaban a reprimir a los amotinados. Cuando el presidente ordenó al general Ernesto Alais que movilizase sus tropas para enfrentar a los sublevados, el militar contestó “la oficialidad está con Rico, no me dan bola”. Toda la denominada “clase política” se manifestaba incapaz de detener a los insurrectos. Así pues, la Semana poco Santa de 1987 se inició con la inquietante constatación de que el poder político se hallaba inerme frente al poder de las armas.

Pero fue entonces cuando un inesperado actor social se agregó al drama: el pueblo argentino en las calles. Desde el viernes 17 de abril fueron congregándose frente a Campo de Mayo importantes columnas populares, resueltas a enfrentar la prepotencia de los riquistas. Hasta el domingo continuaron sumándose miles y miles de trabajadores, obreros, estudiantes y amas de casa, quienes mediante una inquebrantable vigilia evidenciaron que el rechazo a la sedición era mayoritario entre los argentinos. Ante Campo de Mayo, la muchedumbre voceaba consignas como “basta de milicos”, “si se atreven les quemamos los cuarteles”, entre otras.

La movilización popular de abril de 1987 se convirtió así en una de las puebladas más importantes de los años ’80 del siglo XX. Aunque se sucedieron asambleas y actos para encauzar la respuesta popular a Campo de Mayo, la espontaneidad fue preponderante. El pueblo se movilizó teniendo como objetivos primordiales el repudio al golpismo militar, la defensa de la democracia, y el rechazo a las negociaciones que el gobierno alfonsinista llevaba adelante para lograr una “salida decorosa” a la crisis. En algún fugaz momento, pareció que la movilización podría desembocar en un movimiento más amplio, lo que finalmente no sucedió, aunque alcanzó para ponerle algunos límites a la asonada militar.

La creciente agitación popular fue una desagradable sorpresa para el rambo carapintada. El desafiante comando perdió rápidamente su falsa calma. Un órgano de prensa afirmó que “cuando Rico se anotició de la concentración convocada por la CGT para el lunes 20, se puso furioso”. La repulsa popular era una situación que no esperaba y que temía profundamente, porque entendía que el pueblo en las calles significaba un duro revés para sus proyectos. No por casualidad el alzamiento había sido preparado teniendo en cuenta el feriado largo de semana santa, que dificultaría cualquier concentración popular.

La contundencia de la pueblada antimilitarista provocó varias reacciones de alarma. La embajada estadounidense en Argentina llegó a alertar sobre la posibilidad de que las masas tomaran por asalto los cuarteles insurrectos. La derecha nacional, a través de las páginas del matutino “La Nación”, expresaba sus temores de que se desencadenara una auténtica guerra civil. El ingeniero Alvaro Alsogaray, también emblema de la tradicional derecha argentina, abogaba porque fueran los “resortes institucionales” y no las masas las que resolvieran el problema.

Así, la movilización popular tomó por sorpresa a todos los actores políticos y resultó una novedad en la historia argentina. Si hasta entonces los golpes y pronunciamientos militares habían transcurrido en medio de una indiferencia casi total, la intentona de 1987 fue enfrentada resueltamente por las masas en las calles.

El alzamiento de la semana poco santa terminó como los lectores seguramente saben, y acá no se está haciendo una crónica de lo sucedido. Interesan, en cambio, las consecuencias políticas de lo que pasó. Y la más significativa fue el cambio de táctica que la ultraderecha militarista de Rico y asociados se vio obligada a implementar a partir de entonces. Conviene detenerse un poco en esta cuestión.

La movilización popular vino a demostrar a los líderes carapintadas que los alzamientos militares no gozaban de consenso entre la ciudadanía. Si antaño la “salida militar” había sido vista con aprobación, indiferencia o resignación por el pueblo, al punto de transformarse en una “solución” posible y hasta aceptable en el marco de las reglas de juego de la política argentina, en 1987 cualquier planteo militar golpista había perdido toda legitimidad. Lo que antes era tolerado, aceptado, y en algunos casos aplaudido, para entonces era enfrentado y repudiado con vehemencia.

Aunque los carapintadas consiguieron torcerle el brazo a Alfonsín en las “negociaciones”, la masiva presencia popular en calles y plazas les dejó en claro que el camino del golpismo se había tornado un callejón sin salida. Dicho de otro modo, la dinámica de la movilización popular, como novedad, establecía un límite a la política de la ultraderecha militarista en ese momento. Entonces, como la competencia electoral se había convertido en la única competencia posible, el ingreso y la permanencia en el terreno de la batalla política suponía el arbitraje de las urnas. De modo que la conversión en partido político devenía, para esa ultraderecha, en condición misma de su existencia. Más resumido: era preciso cambiar de táctica.

Y tal cambio se evidenció en la fundación del Movimiento por la Dignidad y la Independencia Nacional, MODIN, en 1988. El motín se convirtió en MODIN.

Con este instrumento político, la ultraderecha militar encontró un excelente canal para llegar a oídos del pueblo. Si con su intentona de la semana poco santa Aldo Rico había aparecido ante la consideración popular como un fascineroso golpista, como líder del MODIN logró presentarse como un valiente ex militar, veterano de la guerra de Malvinas, que se dirigía a los marginados que producía la aplanadora neoliberal del menemismo. Bajo la salvadora y oportuna fachada de un partido que competía legalmente en elecciones, la ultraderecha encontró una extraordinaria caja de resonancia para captar adeptos a su causa. El neoliberalismo menemista, con su secuela de desempleo, pobreza y marginalidad, habría de proporcionar un excelente caldo de cultivo para el crecimiento de la nueva formación política.

Como líder del MODIN, Aldo Rico cosechó más adhesiones populares que como líder de la banda carapintada. Conviene recordar que logró ser diputado nacional, convencional constituyente, intendente y concejal de la ciudad donde residía, y todo ello mediante el voto popular. Justo es reconocerle la perspicacia de haber interpretado el cambio de época que vivía y variar su táctica en función del nuevo escenario. Por cierto, el ex carapintada jamás abandonó sus consignas ultraderechistas, sólo las recubrió de la legitimidad que las condiciones políticas del momento exigían.

De modo entonces que la Semana poco Santa de 1987 habría de deparar importantes novedades para la política argentina. La primera fue la respuesta popular al golpismo militar. La segunda, como derivación de la primera, la reconversión del golpismo militar en partido político. La lectura que acá se ha postulado, aún cuando perfectible, intenta ser superadora del anecdótico “Felices Pascuas” que Alfonsín jamás pronunció.

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Un análisis de un hito de la historia política argentina, que “se inició con la inquietante constatación de que el poder político se hallaba inerme frente al poder de las armas”, y finalizó con “un inesperado actor social que se agregó al drama: el pueblo argentino en las calles”.

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