Telaraña | eriodismo narrativo
martes 26 de septiembre de 2017 | 08:00

Informes Miradas Perfiles Imaginarios
Memoria Género Política Justicia Cultura Trabajadores Vida Cotidiana
Juntate con treinta mil
Volver...
domingo 27 de marzo de 2016
Los reclamos de siempre y los de ahora estuvieron presentes en la marcha por los 40 años del golpe de Estado que se realizó en Paraná. Hubo mísitica, hubo escrache, hubo emoción. Hubo demandas por los derechos vulnerados y por los que están en riesgo. Y en lo alto, la evocación a los desaparecidos, de sus nombres y sus luchas.
Imprimir

Alfredo Hoffman

La marcha del 24 no empezó a las 19.30, la hora de la convocatoria en Paraná, en la plaza Sáenz Peña. No podría decir exactamente cuándo empezó, pero seguro fue mucho antes; incluso antes del jueves 24 de marzo. Empezó tal vez con los preparativos de la Multisectorial de Derechos Humanos, en febrero, con las primeras reuniones organizativas. Siguió durante todo el Mes de la Memoria, con charlas en las escuelas, las universidades, los sindicatos; obras teatrales; presentaciones de libros; muestras artísticas e históricas sobre los años del terrorismo de Estado; proyección de películas y cortos documentales; paneles, charlas, homenajes y actividades de todo tipo que se extendieron por la provincia. Siguió las noches previas con las pegatinas de afiches de convocatoria y la colocación de pasacalles con las consignas históricas del movimiento de derechos humanos, hasta el amanecer del jueves, que tuvo sol y tuvo mística.

De la terraza de una casa militante, increíblemente céntrica, salían sonidos de redoblantes y voces jóvenes que cantaban. Los taxistas y los caminantes miraban para arriba buscando descubrir de dónde provenía ese festejo. En la terraza había un círculo de diez metros de diámetro formado por estudiantes universitarios ansiosos por salir a marchar, que debatían, arengaban, se escuchaban y cantaban recordando a los treinta mil.

A dos cuadras de ahí, en la sede de una agrupación política, se preparaba un balde repleto de engrudo para retomar la costumbre del escrache. En otro punto de la ciudad se cargaban las pancartas con los rostros y los nombres de los desaparecidos entrerrianos y en Entre Ríos. En otra casa se imprimía un documento que tenía la adhesión de más de 40 organizaciones y todavía faltaban incorporarse algunas más. En otro lugar, intérpretes de lengua de señas practicaban la traducción de ese documento al idioma de los sordos. Músicos ensayaban para el festival popular que cerraría el acto. Ciudadanos independientes llenaban el mate y aprontaban la mochila. Artistas apilaban pañuelos blancos para repartir, mientras militantes hacían lo mismo con los pañuelos verdes de la Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Algunos sobrevivientes del terrorismo de Estado, víctimas y familiares se juntaban para ir a la plaza en grupo. Otros preferían ir solos. Y las madres a las que ya les cuesta caminar decidían permanecer en la intimidad de sus casas, soportando puertas adentro el dolor que la fecha les imprime en las entrañas.

Así de a poco se fue haciendo la hora y la plaza donde se levanta el monumento de Amanda Mayor empezó a recibir a la diversidad de caminantes. Es que la marcha, si siempre es convocante, esta vez lo era más por el número redondo de los 40 años y la natural necesidad de hacer balance, volver a recordar el camino transitado, renovar fuerzas para emprender la ruta hacia el futuro. Igual que una persona que cumple 40 años y, sin que se lo proponga, aunque se esfuerce por no hacerlo, más tarde o más temprano se pondrá a repasar lo vivido y proyectar, si puede, lo por vivir.

Por eso la marcha tuvo las pancartas y las banderas de siempre, las frases de siempre contra los genocidas, contra el silencio de la iglesia, las promesas de ir a buscarlos adonde vayan como a los nazis, el reclamo de justicia en alto. Pero también tuvo algo de esa reflexión propia de las cuatro décadas presente en carteles escritos a mano, en el escrache en la vereda del Juzgado federal para denunciar la complicidad del juez Leandro Ríos, en las consignas que proclamaban la necesidad de defender los derechos conquistados y las que exhibían los derechos que siguen vulnerados.

Sobre las cabezas de los que marchaban sobrevolaban los juicios de lesa humanidad que llevaron reparación a víctimas y familiares y los juicios que todavía están pendientes; los represores que pagan sus culpas en las cárceles y los que siguen libres, prófugos o en la comodidad de sus casas con ornamentos militares; los responsables que no vestían uniformes castrenses, pero sí trajes caros de empresarios o jueces, o chalecos de médicos o sotanas oscuras, y que todavía no rindieron cuentas; los 119 nietos restituidos y los 400 hombres y mujeres que viven pensando que son quienes no son; los desaparecidos que volvieron de las fosas comunes y los miles que todavía esperan que los encontremos; las víctimas de la represión de las fuerzas de seguridad que no se enteraron que la dictadura acabó hace rato y siguen deteniendo sin causa, torturando en comisarías, tirando balas en manifestaciones; los Gómez y Basualdo, los Gorosito, los Romina, Eloísa y José Daniel; los que son perseguidos por sus ideas, por su género, por su condición social y económica, por su gorrita y sus pantalanos anchos, por lo que fuman, por lo que deciden para su cuerpo, por su cara, por su piel. Sobre las cabezas aleteaban los buitres que quieren comerse la carne de los pueblos y para eso necesitan que estén moribundos. Planeaban los cóndores ansiosos por volver coordinar los golpes duros o blandos en América latina. Como drones se movían los que con otro ropaje están de regreso: el imperialismo del Acuerdo Trans Pacifico, las auditorías del Fondo Monetario Internacional, los Obama, los Macri, los Massot, los Blaquier, los que endiosan al ajuste y la exclusión.


La movilización, como en los últimos años, como se sabe, se bifurcó en su último tramo. Un grupo fue a Casa de Gobierno y la marcha histórica del movimiento de derechos humanos tuvo si cierre con el tradicional acto en la plaza Alvear, junto a la placa que recuerda a los desaparecidos. A esa plaza llegaron las pancartas con cientos de fotos de los que no están fisicamente pero viven en la memoria y en su nombre se reivindicaron las luchas de ayer y de hoy, las luchas que atraviesan la historia. Después de la lectura del documento, después de los miles de corazones gritando ¡presentes, ahora y siempre!, la noche se prolongó con música para ahuyentar los malos presagios.

Las primeras en subir al escenario del festival popular fueron las mujeres de Tocá yo te sigo. Percusionaron un rato, mientras abajo muchos hacían palmas y unos cuantos bailaban. El segundo tema que tocaron fue un candombe, Botija de mi país, compuesto por Rubén Rada y Eduardo Mateo y grabado en Montevideo en el disco Opa en Vivo de 1988. Le cambiaron una partecita de la letra, apenas un número, y así hicieron en una sola frase la mejor crónica que se podía hacer de la marcha del 24:


Botija de mi país,

si libre quieres vivir,

no dejes de hablar con tus hermanos.

Si te quieren reprimir

júntate con treinta mil

y juntos repiqueteen las manos.


Foto principal: Nicolás Rigaudi

Compartir en Facebook



Nombre  
Email
Comentario



Comentarios:
cristina
28/03/2016 11:08
Bello, sentido y exacto!
Subir...
Juntate con treinta mil
Los reclamos de siempre y los de ahora estuvieron presentes en la marcha por los 40 años del golpe de Estado que se realizó en Paraná. Hubo mísitica, hubo escrache, hubo emoción. Hubo demandas por los derechos vulnerados y por los que están en riesgo. Y en lo alto, la evocación a los desaparecidos, de sus nombres y sus luchas.

Remitente  
Destinatario   email
Comentarios (opcional)  
Volver...