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martes 01 de marzo de 2016
Cuando por alguna razón nos vemos obligados a organizar nuestros libros, empezamos a mirarlos de otra manera y constatamos cuánto hablan de nosotros mismos. Esto es lo que le sucedió al autor de esta crónica una vez que se dedicó a la tarea de ordenar lo que él llama sus “amigos de papel”.
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Ariel Vittor
El pintor de brocha gorda produce sobre las bibliotecas el indirecto pero beneficioso efecto de forzar su limpieza, libro por libro. Porque, después de acarrear los volúmenes a otro espacio para permitir la pintada, hay que volver a colocar todo en su lugar, previa limpieza de cada ejemplar. Entre el comienzo y el final de la pintada, todo se vuelve un transitorio lío. Sarmiento encuentra ubicación junto a un florero, Galeano se apretuja contra una valija y Gramsci hace equilibrio encima de los zapatos de tango.
La limpieza y nueva carga de la biblioteca permite a este cronista mirar de otra manera sus libros. Y constatar, trapo en mano, cuánto hablan esos libros de uno mismo.

Destacado lugar ocupan sin duda los libros de historia, sabida pasión de este escriba. Vaya a saber por qué, estos libros se asocian a lo voluminoso. Así parece testimoniarlo “Historia del pueblo argentino”, de Milcíades Peña, que compré en Buenos Aires y cuya lectura todavía viene muy demorada: al momento de esta nota recién por la época de Rosas y sus mazorqueros. La asociación antes mencionada se refuerza al ver “Historia argentina”, de José Luis Busaniche, a cuya lectura este cronista dedicó unas vacaciones, hace ya algunos años. Menos voluminosos en cambio son “Introducción a la historia” de Marc Bloch e “Historia de América Latina” de Pierre Chaunu.

En este grupo también se cuenta la “Historia del siglo XX”, de Eric Hobsbawm, en versión económica, sufriente ya por las relecturas. Y también los libros de Félix Luna, como “Yrigoyen” y “Argentina, de Perón a Lanusse”, que leí de muy joven. Luna fue, quizá, el primer autor que condujo mis lecturas hacia la historia, cuando yo estaba en la escuela secundaria.

Hay menos libros de ficción. En esos estantes conviven “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, los poemas más conocidos de Pablo Neruda, y las homéricas “Ilíada” y “Odisea”. También se destacan en el grupo, ya en perfecto orden, las novelas policiales escritas por Georges Simenon y protagonizadas por el terco inspector Jules Maigret.

Pero toda clasificación resulta azarosa, idea ya intuida por Jorge Luis Borges y continuada por Michel Foucault. Entonces, este cronista encuentra que también podrían hacerse nuevos agrupamientos con los libros que se van acomodando.

Por ejemplo, podría hacerse un grupo con libros cuya lectura sigue pendiente al momento de esta nota. Aquí entrarían por ejemplo “Estudios sobre los orígenes del peronismo”, de Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero, “Cartas de Egipto” de Teilhard de Chardin, y esos breviarios de historia universal que hallé, viajando, en el remoto estante de una librería del interior de Córdoba.

Extraño resultaría el grupo de los libros en formato digital, habida cuenta de que éstos no tienen la materialidad de los que hay que proteger de los pintores. Pero ¿se ha preguntado el lector en qué consistiría el cuidado de nuestras bibliotecas digitales? ¿En hacer copias de respaldo en un pen drive? ¿En pasarles un antivirus?

Quizá podría armarse otro de estos agrupamientos arbitrarios con los libros dedicados por sus autores a este cronista, como por ejemplo “Revolución y lucha por la organización” de Juan Vilar, “La tragedia educativa” de Guillermo Jaim Etcheverry, y “Los mitos de la historia argentina” de Felipe Pigna.


Hay algunos espacios libres en la biblioteca que me hacen preguntarme si en realidad no están ocupados por las presencias hipotéticas y un tanto fantasmales de los libros que planeo comprar, de los que ya tengo cierta lista, que siempre pugna por estirarse.

Si volvemos a los agrupamientos más ortodoxos, encontraremos que las crónicas conforman otro grupo numeroso. Están por ejemplo las de periodismo. Allí aparece “El violento oficio de escribir”, de Rodolfo Walsh claro está, que a este cronista le hace evocar una polémica sobre el autor en la que intervino en unas jornadas en la Universidad de Quilmes.

En el mismo grupo, medio descuajeringado y comenzando a amarillear, se ve “Robo para la corona”, desde donde Horacio Verbitsky sigue recordándonos los entretelones de lo que fue el menemismo para los argentinos.

Allí también podrían incluirse las “Aguafuertes porteñas” de Roberto Arlt, lejano obsequio de una amiga que hace poco ha publicado un libro de su autoría.

También está el vibrante “El fútbol a sol y sombra” del oriental Eduardo Galeano, en donde 
Maradona, Cruyff, Ghiggia y Garrincha siguen haciendo goles gracias a que el uruguayo supo inmortalizarlos en ese libro.

Hay dos volúmenes de artículos de Arturo Pérez Reverte: “Patente de corso” y “Con ánimo de ofender”, éste último también comprado en la capital argentina. Son una selección de notas del autor publicadas en la revista “El semanal” de España.

Convendría armar otro grupo con las revistas, en donde entrarían “Le Monde Diplomatique”, pulcro orientador en la política nacional e internacional, “Tesis 11”, de mis épocas de estudiante y “Todo es historia”, que fundó y dirigió por muchos años el ya citado Félix Luna.

Entre los que pertenecen a esa mal avenida familia denominada Ciencias Sociales, asoma esa desgarradora y documentada pintura de la sociedad contemporánea que es “La miseria del mundo”, compilación de Pierre Bourdieu.

Entre las biografías y memorias, elijo mencionar a “Yo confío” de Raísa Gorbachova, extinta esposa del ex premier soviético Mikhail Gorbachov. Estas memorias son un testimonio poco explorado para conocer las enormes transformaciones sociales que acarreó la construcción del socialismo en la ex URSS.

Desde otro estante, “Para leer al Pato Donald”, de Ariel Dorfman y Armand Mattelart, firme integrante de la bibliografía obligatoria de una de las asignaturas que este escriba desarrolla en una universidad, está listo para continuar la disputa con los etéreos análisis del discurso y las infinitas semiologías de las carreras de comunicación.

“Facundo” nos testimonia cuán estremecedora era la pluma del viejo Sarmiento, aún con todas las muchas razones que tengan sus detractores para condenarlo. Apenas comienza con aquello de “Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte…” y ya la piel se nos eriza con la enorme capacidad polémica del sanjuanino.

Veo por allí al recientemente re-encuadernado “Los nuestros”, de Luis Harss, una pulida colección de ensayos literarios dedicados a autores latinoamericanos, con mayor atención a los del llamado “boom”. Este escriba tiene debilidad por los que Harss le dedica a Borges, a Onetti y a García Márquez.

Y ya hacia el final de la limpieza, me topo con el impresionante “Diccionario por fechas de historia universal”, de Christfried Coler, de hermosa factura editorial, minucioso, erudito, enciclopédico, insoslayable para ubicar cualquier hecho o personaje en la temporalidad humana. Cada vez que tomo en mis manos el libro de Coler, el peso del volumen parece recordarme los sacrificios que en su momento habrán hecho mis padres para comprármelo. Y me enorgullece inmensamente que esos trabajadores no hayan renunciado jamás, ni siquiera en épocas duras, a la ilustración del hogar.

Hace unos años, un ex profesor de este escriba salió a decir por los medios que los docentes pobres sólo podrían reproducir pobreza en sus clases. Quizá con cierta exagerada vehemencia, salí a replicarle públicamente que los que habíamos nacido en hogar de trabajadores, también leíamos y también teníamos libros, a los que cuidábamos y valorábamos, porque conocíamos en carne propia los sacrificios hechos para comprarlos y la riqueza que habían traído a nuestras vidas.

Porque el que esto firma sabe, con absoluta certeza, y con justificado orgullo, que esos libros le han ayudado, y mucho, a sostener su dignidad de vida. Que si puede permitirse algún margen de reflexión sobre la vida, las ideas, el mundo, la historia y otros sujetos, es también por esos amigos de papel que ahora va limpiando y acomodando.

Y sentado en el piso, con un trapo en la mano, este escriba levanta la vista, y la biblioteca, que de a poco se va llenando nuevamente, parece más regia, más imponente, más severa, como si realmente supiera qué contienen sus estantes.
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