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martes 09 de febrero de 2016
En los lejanos '80, la familia Blejer Romero tuvo una costumbre impostergable: reunirse en Gualeguaychú para celebrar el carnaval. En oportunidades no estaban todos los tíos y primos, pero aquellos que se encontraban, no escapaban al ritual del corso de la 25 de Mayo.
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Gisela Romero

Con sus manos, por momentos inestables, ellas preparaban con precisión de cirujanas cada uno de los sandwiches que luego guardarían en una canasta. Apilaban servilletas de tela, repasadores, vasos plásticos y un equipo de mate. Controlaban que las bebidas llegaran heladas a los termos para que, entrada la noche, pudieran sentirse aun refrescantes. Para la tardecita, alguien había comprado bolsas de hielo y retirado de la boletería la entrada para el corso y la numeración de sillas.

Cada año el ritual se repetía en la casa de la tía Adela. Junto a la abuela Manuela se turnaban para rezongar porque siempre faltaba algo para llegar a horario a la 25 de Mayo. Nadie en Gualeguaychú quería quedarse fuera de la fiesta.

Por entonces, en los incipientes ochenta, ellas acusaban más de 60 años y se mostraban molestas por tanto papel picado perdiéndose en las partes íntimas y la espuma irritando los ojos de los más chicos. Sin embargo, en el fondo de su sentir, disfrutaban de esa tradición familiar de vivar a Marí Marí o Kamarr como si se trataran de Boca y River. Al fin y al cabo lo que reunía a tíos y primos era una festividad popular, donde la algarabía se expresaba por demás en la calle.


Había bailes exagerados, largas carrozas y vestidos amplios que, desde mi mirada de niña de cinco años, ocupaban de lado a lado la calle. Los hombres y mujeres de los barrios se disfrazaban de mascaritas y corrían entre escuadra y escuadra saludando a los conocidos. Mi madre esperaba el paso de la llamada “comparsa de los gordos”. En su columna siempre, pero siempre, algún excompañero de la Escuela Normal Superior Olegario Víctor Andrade se mezclaba en el grupo. Cuando los detectaba con su mirada aguda, eran saltos de alegría y gritos desesperados por el reencuentro. Muchos danzaban caracterizados como mujeres.

Las escuadras de las comparsas eran modestas, pero el espectáculo general se volvía pintoresco. Cuando la noche daba lugar al nuevo día, la gente se retiraba bailoteando, cantando la estrofa de la canción que más la había movilizado. La letra, hoy perdida entre los recuerdos, se escucharía durante las próximas horas en la casa de Adela. Quien más quien menos, la fantasía de ser parte del desfile no escapaba a padres e hijos.

1981, 1982, fueron de regocijo carnavalero entre los Blejer Romero. Así vuelven del pasado, a pesar de que el represor Jorge Rafael Videla había derogado el feriado a través del decreto/ley 21.329. A pesar de que la familia conocía y sentía de cerca el terror de la dictadura y lo hablaba en las sobremesas bajito para que los niñitos no escucháramos.
Entonces no había corsódromo y la estación del ferrocarril, que en la actualidad alberga la celebración en más de 500 metros de brillo y color, parecía estar alejada del desfile de pasistas y batucadas que rondaban por la 25 y la Urquiza.


Adela había llegado al barrio del puerto de Gualeguaychú durante la primera presidencia de Perón, cuando su primer hijo, José, no había cumplido los cinco años. Junto a su esposo, Gregorio, trabajaron noche y día en la panadería. Mi abuela también caminó la cuadra. Cuando ambas quedaron solas, por la viudez en un caso y el abandono en el otro, compartieron la casa de calle Alem que nos cobijó en la niñez.

La vida de Adela se apagó primero. Corría 1994 y un día de calor extremo su corazón no lo soportó. Viajaba en las sierras cordobesas. Allí emprendió vuelo para siempre. Poco tiempo después Manuela también se despidió. Tal vez no aguantó que llegaran las siete de la tarde, la hora del te, y su hermana no estuviera para ponerle dos cucharaditas de azúcar y sorber con ímpetu el brebaje caliente. Rigurosas, compartieron el ritual de comer galletitas de agua con mermelada de durazno cuando se apagaba cada jornada, antes de la novela. Así también fue cada verano de los ochenta y cada encuentro carnestolendo. De ceremonias de viejas, de ceremonias familiares. De anécdotas que, a pesar de los años, atesoro para compartirlas cuando es el momento preciso.

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En los lejanos '80, la familia Blejer Romero tuvo una costumbre impostergable: reunirse en Gualeguaychú para celebrar el carnaval. En oportunidades no estaban todos los tíos y primos, pero aquellos que se encontraban, no escapaban al ritual del corso de la 25 de Mayo.

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