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Cuando el pago se hace rock
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sábado 16 de enero de 2016
La Paz está enclavada en la confluencia del arroyo Cabayú Cuatiá con el río Paraná, en el noroeste provincial. El folclore manda. La chamarrita y el chamamé fluye por los caseríos como el río. A esa tierra también le sobra humus para hacer germinar una cultura de rock local que emerge a la luz en cada enero y canta para avisar que está viva.
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Bernardo Gaitán Otarán

La siesta de La Paz está tranquila, como toda siesta de provincia y más en el verano entrerriano. Un par de chicharras insisten en cantar anunciando mal tiempo, a pesar de que el calor ya aflojó después de la lluvia tempranera que se desató en la ciudad.

La gurisada está tranquila, con el sentimiento del deber cumplido después de haber concretado otra edición más –la séptima ya-, de uno de los festivales regionales de rock que se convirtió en un atractivo fuerte para la juventud de esta localidad del noroeste provincial y al cual las bandas de la zona empiezan a apuntarle como un espacio-vidriera: La Paz Rock.

—Desde 2010 que venimos haciendo esto y surgió por iniciativa nuestra, dice Álvaro Serrano, bajista de Zanoh una banda paceño-paranaense, estudiante de abogacía en la capital provincial, pero que también se calza el overol y sale a laburar un espacio cultural para las demás bandas. Dice nosotros, y así se se refiere a estudiantes, artistas y músicos paceños que en 2010 decidieron generar un espacio de difusión cultural relacionado al rock que hasta ese entonces no existía en La Paz.

La mayoría de los que terminan el secundario les toca elegir principalmente entre dos caminos: quedarse a trabajar el campo –la industria agro-ganadera es la principal actividad económica-, o migrar a alguna urbe para estudiar en algún terciario o en la Universidad –Santa Fe y Paraná son las candidatas predilectas, por la gran variedad de opciones que hay. El núcleo de pibes que inició La Paz Rock no escapa a esta norma, precisamente por eso fue que el festival paceño se craneó en otra ciudad y con condimentos que suelen ser caldo de cultivo para gestar buenas ideas: una juntada, de noche y con vinos. Y la charla fue girando en torno a la necesidad de un escenario donde mostrar lo que en La Paz todavía no tenía suficiente espacio, porque algunos de los que estaban en la mesa en el departamento de calle San Juan en Paraná, ya tenían tres años de banda, ensayaban cuatro o cinco días a la semana, para tocar, con suerte, cinco días al año.

—Terminábamos tocando en fogones de folclore o una fiesta en la escuela técnica, por ejemplo. Pelábamos las violas y nos quedaban mirando como diciendo ¿quiénes son estos locos?, dice Enrico Florentin, estudiante de arquitectura y otro de los que pone el cuerpo en la organización.

—O donde había onda para tocar no había sonido y terminábamos tocando, sin sonar nunca mejor que en los ensayos, agrega Álvaro.

Uno de los apoyos fundantes y estructurales fue el de Carlos, padre de Enrico y hoy presidente de la Cooperativa Centro Cultural Cabayú Cuatiá. Fuente de consulta permanente por parte de los pibes, por el conocimiento de la ciudad y por haber sido parte de La Fundación, un bar que durante algunos años en la década del noventa, fue un espacio cultural paceño donde desfilaron algunas bandas o ensambles locales.

—Cuando caímos con esa idea a la Secretaría de Cultura del municipio, nos miraron como diciendo: “Pendejos, ¿qué quieren acá?”. Y así fue todo el primer La Paz Rock, porque salíamos a pedir auspicio o un mango, a gestionar el sonido y nos daban vueltas —cuenta Enrico—. Volvíamos y hablábamos con papá, él se calentaba, llamaba y decía: “Ey, estás boludeando a los gurises”. Entonces el primer año el viejo estuvo a la par nuestra porque necesitábamos alguien que nos guíe.

Así un 15 de diciembre de 2009 empezaron a gestionar, sin haber hecho nada previo. Se llegó al primer fin de semana de enero 2010 a la primera edición del festival paceño de rock independiente. Esa primera vez tocaron 14 bandas, algo que visto en el tiempo y con más experiencia, es una locura maratónica. Hoy saben que el número sagrado es 7 y la tarde-noche sale redonda. Más si sigue creciendo con las bandas con cierta trayectoria under que concurren desde las últimas tres ediciones y necesitan un buen espacio para mostrar lo que saben hacer. Aquella vez se arrancó a las cuatro de la tarde, en plena siesta veraniega, con un escenario precario y se terminó cerca de las tres de la mañana del lunes, con Los Nebulizadores de Hasenkamp.

—Y abrimos nosotros porque no había bandas, porque llegaban tarde, como hacen hasta el día de hoy, acota Enrico entre risas.

* * *

La Paz está enclavada ahí, en la confluencia del arroyo Cabayú Cuatiá con el río Paraná, en el noroeste provincial. A una hora y media de la capital provincial, la ciudad que alberga cerca de 35 mil almas, a finales de diciembre se vuelve a llenar de juventud que termina sus rendidas universitarias o que aprovechan los asuetos de fin de año previo a las fiestas.

El turismo, aunque merma en temporadas bajas, se sostiene durante todo el año a fuerza de pesca y del complejo de aguas termales inauguradas hace más de una década en 2003. Pero es en el verano cuando la ciudad se activa, con el Triathlón Internacional de casi tres décadas de realización ininterrumpida. Ese fin de semana, la ciudad es cosmopolita, los barrios reciben a los competidores con pasacalles atravesados de vereda a vereda, se llenan las casas de guirnaldas y banderines y algunos hasta llegan a montar escenarios a ras del suelo, donde la cumbia es reina y se baila en patas en la calle para limarse los callos. Todo el mundo quiere vivir la emoción de asistir a los competidores aunque sea refrescándolos a tiro de mangueras –de esas que el resto del año sólo aspiran a regar algún jardín- y los atletas son rockstars que la noche previa a la carrera de elite, van a la disco a mostrar sus cuerpos esculpidos.

El circuito cultural cotidiano para la gurisada es la playa y el río desde temprano, la vuelta al perro en la plaza, a la noche ir a la barranca y los fines de semana alternar entre ir al boliche o dar vueltas en auto hasta recalar en alguno de los puntos de concentración.

La Paz, a veces no parecería ser La Paz. ¿Cuántas historias puede haber en una misma línea histórica? La misma ciudad que en agosto de 1842 tuvo como huésped a Giusseppe Garibaldi, que en mayo de 1873 fue tomada por las fuerzas de Ricardo López Jordan hijo como escenario de la última aventura federal, que en enero de 1932 cobijó la revolución de los Kennedy —un fallido levantamiento nacional de carácter cívico-militar en contra de la dictadura del vasco Uriburu—, en las noches estivales de 2016 congrega filas de autos tunning, que estacionan de culata, compitiendo sus watts de potencia de sus parlantes rodeados de leds de colores, haciendo sonar la última pista de reggaeton.

El folclore manda. La chamarrita y el chamamé fluye por los caseríos como el río. Hay eventos folclóricos históricos como Cuando el pago se hace canto —festival provincial con 36 ediciones—, pero también galas de música clásica como las que realiza hace un tiempo la Fundación Galas del Río. Los cultos paganos conviven con procesiones religiosas católicas bajo la vocación de Nuestra Señora de La Paz —figura católica y virgen patrona de la ciudad— y otras religiones entre las que destaca la Iglesia Valdense, emigrada desde Italia y arraigada ya en la cultura paceña.

La Paz tiene un territorio de 119 km cuadrados, con un pedacito donde el célebre Linares Cardozo eligió ser sembrado, junto a un timbó con vista al río, con él el suelo recibió su obra artística, que va desde poesía y pintura hasta su rescate musical de la cultura litoraleña. Pero a esa tierra, también le sobra humus para hacer germinar una cultura de rock local que emerge a la luz —como las chicharras—, en cada enero y canta para avisar que está viva. ¿Cuántas ciudades puede albergar una ciudad?

* * *

—Cada uno hace aportes a La Paz Rock, desde la gestión en los organismos de cultura y turismo, al armado del escenario y vallas con 35 grados al rayo del sol hasta el diseño de la artística de cada edición, dice Enrico y se ríe mientras menciona que Álvaro pala en mano remarcaba estar destruyendo el concepto del rock, mientras sudaba el domingo previo a La Paz Rock, nivelando la arena de la playa antes del armado del escenario. Clara referencia a ese rock glamoroso, de mucho exceso, mucha mina en los camarines y demolición de habitaciones en hoteles. Eso, en esas latitudes, no pasa.

Son alrededor de 15 personas trabajando año a año, con la incorporación a la organización del Centro Cultural Cabayú Cuatiá. Todo lo visual está a cargo del artista plástico Tino Vidal, que todos los años renueva la portada de presentación del evento, llevando un dibujo de centímetros hecho en carbonilla, a un telón de silobolsa donado por la cooperativa agrícola, de más de 8 x 4 metros pintado a mano. De ahí, es cuestión de vectores para pasarlo a remeras y calcos.

Desde hace algunos años, cuentan con el apoyo de la Municipalidad de La Paz. En la última edición, fue en principio algo incierto porque al cambio de gestión de gobierno se le sumó la emergencia hídrica con la creciente del río Paraná, pero a pesar de todo, las cosas salieron bastante cerca de lo planificado.

Entre los subgrupos que le ponen el cuerpo a cada edición, están las Mami's rock, como se autodenominan, que no son otras que las madres y las tías de los gurises que aportan a la logística. Este año hubo varias que al mejor estilo grouppie, después de la presentación de Revival –una banda paranaense que hace tributo a Creedence-, casi tiran las vallas para sacarse una foto con los hermanos Clariá, algo así como la versión local de los Forgety. Después sentenciaron, que la plata hecha con la venta de choripanes “¡es para traerlos el año que viene!”.

* * *

La república de Entre Ríos, sigue teniendo ciertos gestos culturales muy propios, producto de haber vivido junto con el resto de la Mesopotamia, cierto aislamiento del resto del territorio nacional, justamente por su característica de estar rodeada de ríos. Esto comenzó a cambiar con la inauguración de diferentes conexiones con Santa Fe, Provincia de Buenos Aires y la República Oriental del Uruguay, entre finales de los sesenta y principios de los ochenta.

Recorriendo hoy la provincia, se ven una serie de festivales de rock que rondan o superan la década y que buscan echar raíces, conviviendo entre festivales folclóricos tradicionales, de domas y jineteadas, así como de los carnavales en época estival. Así en lugares alejados de las grandes urbes fueron creciendo espacios como La Paz Rock, con otras lógicas e historias, pero con el mismo fondo: difundir el rock local. Lucas Rock, en Lucas González con 8 ediciones, a 133 kilómetros de Paraná que se concreta en el predio de la Asociación de Alemanes del Volga –que todos los años cobija la fiesta local de la cerveza. Larrock N Roll, con diez años de trayectoria en la ciudad de Larroque, a 30 kilómetros de Gualeguay. El Urdirock, en Urdinarrain, al sur entrerriano cerca de Gualeguaychú y el Basso Punto Rock Fest, en la ciudad de Basavilbaso –cuna de los gauchos judíos-, ubicada en el centroeste de la provincia, a 200 kilómetros de Paraná. Ambos tienen una característica ineludible: la puesta en escena es en la ex estación de ferrocarril local. Lo que en otros tiempos fuese lugar de tránsito y de confluencia de cultura, luego de la desaparición del tren y la declaración de muerte de esas pequeñas ciudades ferrodependientes, pareciera volver a germinar a fuerza de acordes y riffs.

En La Paz, la estructura del escenario se monta en la arena y apunta al río Paraná, que así como el tren, es el otro gran afluente de cultura. Como el agua, el festival va arrastrando y dejando sedimento que quizás algún día forme un banco de arena estable, donde algo eche raíces y de golpe surja una isla. De ahí es cuestión de tiempo hasta que la flora y fauna local inicien la mudanza en ciclos y germine vida. En una tierra de tradición costera, donde se hace un culto a la contemplación, a veces hay quienes también proponen salir a empujar el río.

 

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La Paz está enclavada en la confluencia del arroyo Cabayú Cuatiá con el río Paraná, en el noroeste provincial. El folclore manda. La chamarrita y el chamamé fluye por los caseríos como el río. A esa tierra también le sobra humus para hacer germinar una cultura de rock local que emerge a la luz en cada enero y canta para avisar que está viva.

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