Telaraña | eriodismo narrativo
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El aciago inicio de año del Pelado
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martes 05 de enero de 2016
Que el protagonista de estas historias haya abandonado el periodismo para dedicarse a manejar un taxi no lo convierte en un experto de las manualidades propias de los hombres del volante. Para muestra basta este relato de las peripecias que soportó viajando por una ruta entrerriana el primer día de 2016.
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Telaraña
El piolín del matambre pasa áspero por la garganta y queda alojado en el esófago. El Pelado maneja seguro de su habilidad de automovilista por la ruta 39, soportando sin quejas el calor del mediodía del primer día del año. Sobre el asiento del acompañante había acomodado la vianda hecha de restos del 31 a la noche: pollo, pionono de atún con crema y mayonesa y el susodicho matambre, todo recién sacado de la heladera pero expuesto a los 50° del auto sin aire acondicionado. Con la mano se lleva a la boca los pedazos de pechuga arrancados a fuerza de tironeo. Los muerde como perro rabioso. Los deglute con la ayuda de un trago de agua de una botella que todavía se mantiene fría. El hilo parece seguir estando ahí. El camino está desierto. Avanza masticando la amargura de tener que dejar la familia en el pueblo para ir a trabajar un día feriado, pero con la seguridad de que todo está tranquilo y tendrá tiempo de llegar a casa y refrescarse bajo la ducha antes de salir a dar vueltas en el taxi, que por lo menos tiene refrigeración. En el primer puesto policial lo intercepta un hombre de la ley y de camisa amarilla flúo, que lo saluda con la mano derecha sobre la visera y le pide los documentos. El Pelado tiene todo en regla y disfruta de eso.

De nuevo en la carretera, empieza a sentir un ruido molesto y un temblequeo creciente de todo el vehículo. “Pinché”, piensa. Pero no puede ser: en ese caso no podría seguir avanzando, derecho, a 120 kilómetros por hora. Enseguida el ruido y el movimiento se van haciendo más pronunciados. Entonces frena en la banquina, en medio de los yuyos. Se baja y revisa las cuatro gomas. No ve nada raro. Otra vez en marcha, todo se hace más fuerte. El auto comienza a parecerse más a un tractor. Se detiene nuevamente, ahora sobre una superficie más plana, de piedritas. Las gomas se pueden ver con más claridad. Recuerda la última recomendación de su mecánico: “Vas a tener que cambiarle las cubiertas traseras. Están muy gastadas”. Pero no ve nada raro; le parece que están infladas. Levanta el capó: mira ese enjambre de mangueras y cables como quien observa un mapamundi intentando ubicar Laos. Las gotas de transpiración se tiran por la montaña rusa de su pelo entreverado por el viento. Con las manos en la cintura espera una señal sobrenatural que le permita resolver la incógnita. Mas no cae del cielo ninguna ayuda, ni cautelar, ni DNU. Solamente rayos de un sol ardiente sobre un asfalto que hierve.

Se acomoda ante el volante, se coloca el cinturón de seguridad. Abre la bolsa de la comida y extrae un pedazo de pionono que come con desconfianza. Después otro trago de agua ya tibia. Enciende el motor. Avanza despacio. Intenta no superar los 90 kilómetros por hora. Su auto-tractor ya es una licuadora. Llega a Nogoyá. La atraviesa a baja velocidad. Para en el último semáforo. A la derecha hay una estación de servicios, de fácil acceso. Piensa que podría ingresar allí y, tal vez, pedir ayuda. Pero no lo hace, si ya se detuvo dos veces y no encontró nada. Sigue adelante. Tal vez lo haga en Ramírez, que no está tan lejos, a media hora más o menos.

Cinco kilómetros más adelante, el estallido. Es un sacudón breve pero impactante. Por suerte, al costado se abre una camino de entrada a un campo. Maniobra sin mayor dificultad hasta ahí. Al descender comprueba que la goma trasera izquierda está destrozada. Infinitos alambres sobresalen por dos rajaduras abiertas al medio y a un lado del neumático. El Pelado nunca había pinchado en la ruta. Nunca en diez años había tenido que cambiarle una rueda al autito.

“Vi mucha veces cómo se hace”, piensa. Abre con displicencia el baúl y extrae todos los elementos. Mete abajo del auto el gato que le vendió Medina a fines del 2006. Tiene instrucciones: fácil. Le acopla la llave para desajustar los tornillos de la llanta. No funciona. Claro, hay un caño especial para eso. Lo busca. Lo coloca. Tampoco funciona. Lee las instrucciones: “Ajustar la válvula en el sentido de las agujas del reloj”, dice. “Ah, cierto, hay que hacer eso”. Entonces sí el gato comienza a elevarse, llega hasta el piso del auto y lo levanta apenas unos centímetros. “Con esto no hago nada”. Vuelve a ajustar la válvula. Sube un centímetro más. “Tendría que haber traído la gorra”, se lamenta, siente que la cabeza se le va a derretir.

Opta por desatornillar la rueda. Las cuatro tuercas están duras. Son inamovibles. Prueba dándoles patadas a la llave, como hacen los gomeros. En una de esas patadas siente un tirón al costado izquierdo de la cintura. ¡La ciática! El dolor es insoportable. Se sienta en el suelo de la banquina. Los automóviles pasan volando por sus narices.

Llama al seguro. No quería hacerlo pero ya está pasando mucho tiempo. Dice la frase humillante: “Necesito que me cambien una goma”. Ensaya una justificación: “Porque está muy dura y no la puedo aflojar”. El auxilio tiene dos horas y media de demora. Descartado. ¿Y ahora?

“Hola, te hablo rápido porque tengo poca batería. Te llamo porque reventé una goma pasando Nogoyá”. Ya es hora de avisar a la familia que está varado en la ruta. “Y están muy duros los tornillos. Fijate si encontrás en la guía o en Internet algún auxilio en Nogoyá”.

Al rato suena su celular. Le dice su esposa que ya habló con la Majo, de Nogoyá, que “ya van a ayudarte con el Negro”. Levantándose desde el fondo de la humillación, dolorido, el Pelado empieza de nuevo a intentar desajustar la goma a patadas. Luego se para con un pie sobre la llave. Con los dos. Un intento, dos. Gira. Gira por fin un tornillo. Después otro y otro y el último. Saca la goma. “Capaz que puedo cambiarla y les aviso que no vengan”. La rueda de auxilio no entra. El auto está muy bajo. De nuevo a darle a la manijita para levantar el gato. No pasa nada. Intenta colocar el elevador en otro lugar, pero cuando lo retira el auto se viene abajo y por poco no toca el piso. Lo pone más cerca de la rueda y empieza de nuevo a subirlo. Imposible. Sentado sobre la de auxilio, resignado, agotado, empapado, colorado, ve llegar a los generosos salvadores. "¡Feliz año nuevo!", saludan.

Al Pelado no le alcanzan las palabras de agradecimiento para quienes lo rescatan en la ruta y le cambian la goma en cinco minutos. Tampoco le alcanzan los rebusques verbales para explicar que no ha podido con el trámite gomeril y que por eso llega tarde a trabajar el 1 de enero y con un hilo de matambre en el esófago.
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