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viernes 01 de enero de 2016
Como si hubiéramos ingresado al túnel del tiempo, la década del noventa parece retornar con las medidas de los ejecutivos del cambiemismo. Y a propósito de los noventa: ¿En qué se parecen el juego de las maderitas que masificó Gerardo Sofovich en televisión y el gobierno que preside Mauricio Macri?
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Alfredo Hoffman

Voy a empezar hablando un poco de mí. Hace pocas semanas concurrí a una reunión en la Facultad de Ciencias de la Educación de Paraná, que había sido convocada para los interesados en cursar la Maestría en Comunicación que se dictará a partir de 2016. Era en el aula E3 de la sede de calle Buenos Aires 389, frente a la plaza Alvear. Para los antiguos y poco habitués de los pasillos académicos, esa dirección es todavía el inexplorado “edificio nuevo”, por lo que encontrar una correspondencia entre la ubicación de un salón y su nombre de jugada de batalla naval resulta una lotería. Como me dolían mucho las piernas me metí en el ascensor y elegí al azar el segundo piso. Acerté. Llegué bastante puntual para haber sido que estaba escapado del trabajo: apenas ocho minutos tarde; pero ya toda la concurrencia se había instalado y el docente se disponía a arrancar con la introducción.

La propuesta inicial fue que nos presentáramos, que dijéramos qué “trayectoria” teníamos como graduados, cuáles eran nuestros intereses particulares y por qué estábamos allí, básicamente. No los conté, pero creo que éramos unos quince. Yo estaba en el extremo izquierdo del salón; la ronda de intervenciones arrancó por la otra punta. A medida que mis “colegas” se presentaban empecé a ponerme nervioso. No porque no supiera qué decir, sino porque ya venía con una mezcla de ansiedad, incertidumbre y miedo por la posibilidad de retornar a la “Academia” y de que quedara en evidencia mi desintelectualización gradual y desenfrenada de la última década. Además, y sobre todo, mientras estaba ahí escuchando a los otros, de golpe, sin buscarlo, se me ocurrió algo gracioso que decir. Me resultaba bastante gracioso, aunque curiosamente no me provocaba risa sino que me tensionaba aún más. Las manos me transpiraban. El típico banco universitario, ese que está unido a una mesita por el lado derecho, tiene un leve declive que dificulta el acomodamiento de quienes tenemos una postura pésima al sentarnos. De modo que me iba deslizando hacia adelante y hacia abajo hasta quedar con la espalda veinte centímetros separada del respaldo a la altura de la cintura, con el culo apoyado en el borde mismo de la silla. Cada cierta cantidad de minutos debía incorporarme y retomar una posición presentable. En eso llegó la decana y se sentó bien enfrente de mí. Los allí llamados “colegas” –afuera de la facultad volveríamos a ser simples “compañeros”– contaban cuándo habían egresado, qué experiencia profesional tenían, qué pretendían de la Maestría. La gran mayoría era más joven que yo. Los escuchaba atentamente, pero no podía dejar de debatirme internamente: lo digo o no lo digo, como Mirtha Legrand, como Walter Nélson. Sentado no me dolían las piernas, pero sí la panza. Llegó mi turno.

—Mi nombre es Alfredo Hoffman. Empecé la facultad en el 94 y terminé en el 2004. Y como ahora volvimos a los 90, yo volví a la Facultad.

Hubo un eterno medio segundo de silencio. Pensé: quedé como un boludo. El docente me miró con asombro y después caminó para atrás y apoyó una mano sobre la mesa. El pobre no sabía qué decir. Escuché algunas risas. Después otras más. Al final del medio segundo casi todos se rieron, algunos a carcajadas, sobre todo la decana, que agitaba la cabeza y me levantaba el pulgar desde el otro lado del semicírculo aúlico. Después sí dije algunas cosas de por qué estaba interesado en conocer cómo era eso de la Maestría y ver si existía alguna remota chance de pagarla, cursarla y terminarla.


Los noventa

El año 1990 fue el del Mundial de Italia. Maradona con el tobillo hinchado, con más maña y corazón que juego. Goycoechea alcanzando la fama por atajar penales más que por hacer publicidades en calzoncillos. El 15 de enero de ese año el Canal 11 de Buenos Aires pasó a llamarse Telefé, completando el proceso de su privatización. En su pantalla fulguraban Carlos Calvo, Grande Pa!, Marcelo Tinelli, Susana Giménez. El Canal 13, en tanto, quedó en manos del Grupo Clarín, un beneficio otorgado por el gobierno de Carlos Saúl Menem que consolidaba el crecimiento del mayor multimedios del país, su poder y el de su gerente, Héctor Magnetto. Menem inauguró la década con cirugía mayor sin anestesia, desreguló y abrió la economía, y se desprendió de las “joyas de la abuela”: Entel, Aerolíneas Argentinas, YPF, Gas del Estado, los trenes, las jubilaciones, los canales de televisión y todo lo que fuera posible privatizar. Había que achicar el gasto público, que a su vez era visto como una de las causas de la crisis económica y de la hiperinflación. Además se afirmaba que el Estado era incapaz para administrar con eficiencia, fomentaba la burocracia y la corrupción y en consecuencia no podía brindar buenos servicios. Las empresas otrora públicas no solo pasaron a manos privadas, sino que muchas de las licenciatarias eran trasnacionales. Las telecomunicaciones quedaron en manos de capitales públicos españoles, franceses e italianos; la distribución de gas de la Capital en manos británicas; la generación y distribución de electricidad, en capitales provenientes a su vez de la privatización de la seguridad social chilena; la red cloacal y de agua, para los franceses (ver http://www.tel.org.ar/lectura/privarg.html). Para peor, las privatizaciones traían consigo fuertes perjuicios para los trabajadores de esas empresas: despidos, condiciones precarias de empleo, nuevos convenios colectivos que destruyeron viejas conquistas laborales.

Se aplicaban, en suma, las políticas económicas neoliberales impuestas por los acreedores internacionales de la deuda externa pública y privada estatizada. Después de los primeros años de la burbuja de la convertibilidad, que permitió a sectores medios acceder a ciertos bienes y servicios, irse de viaje y comprar videocaseteras, las recetas llevaron a la recesión, la desocupación, la pobreza e indigencia a gran escala. Los paisajes urbanos cambiaron drásticamente: comercios con persianas bajas, moles inmensas donde antes se fabricaban productos convertidas en cáscaras vacías, excluidos y marginales deambulando por las calles, barrios humildes transformados en villas de emergencias habitadas por el hambre y la miseria. Calles, rutas y puentes comenzaron a ser escenarios de la protesta social: trabajadores, desocupados, jubilados, todos reclamando por una dignidad en desaparición.
El Estado era el espacio para los negociados de una dirigencia política estructuralmente corrupta. La política de los partidos era parte de ese escenario. Militancia partidaria era un significante vacío, o bien cargado con un sentido distinto al tradicional. La política verdadera era la de la resistencia, la que residía en los piquetes, en las ollas populares, en el movimiento sindical combativo.

Y todo eso mientras idolatrábamos a Maradona y Goycoechea y también a Claudio Paul Caniggia y Mariana Nannis, y desfilaban por televisión Guillermo Coppola, Samantha Farjat y Natalia De Negri, los Süller, los Winograd y todos los que inauguraron la categoría de mediáticos y prestaron sus servicios para la consagración de la televisión basura. Es que las comunicaciones tenían una única lógica: la del mercado, la de la máxima ganancia posible. El rating era la regla y los favorecidos eran los medios más poderosos. La Ley de Radiodifusión era una carta blanca para la concentración y, por lo tanto, de singularidad de voces.

Mis noventa fueron en general así. Inmensas capas de la sociedad, con los nuestros adentro, se derrumbaban mientras la tele mostraba pelotas, peleas en cámara, culos y güiras. Mis noventa terminaron estallando como el país, con mucho arroz con salchichas y muy pocas changas.

Cambiar por más de lo mismo

Entre la elección presidencial de primera vuelta y el balotaje del 22 de noviembre, desde las agrupaciones identificadas con el kirchnerismo comenzó a surgir una consigna que para mí era incuestionable: “A los 90 no volvemos”. En el lenguaje de las redes sociales esto se transformó en: “Con Macri vuelven los 90”, una frase cargada de sentido contundente que las infaltables “cargadas” y las famosas “memes” trastocaron para convertirlo en apenas un chiste. El mismo chiste que no pude contener en aquella reunión que pretendía ser amable pero académica.


Pero en pocos días el gobierno de Mauricio Macri demostró que los noventa estaban a la vuelta de la esquina. Desde los nombres y los antecedentes de los ministros hasta las medidas tomadas para favorecer a los dueños de la economía, desde la concepción liberal donde el Estado es un espectador del mercado a la idea de que la comunicación es una cuestión de competencia y no un derecho humano, desde los jueces de la Corte Suprema designados como si fueran “empleados” del presidente a la represión de gendarmes armados en el primer conflicto, sin olvidar la política exterior que se perfila como una reedición de las relaciones carnales con el imperialismo, todo confirma que los 90 volvieron. Los llamamos y volvieron.

En los sectores que se reconocen progresistas, los nacionales y populares, los luchadores sociales, hay un debate acerca de qué tan distintos de los 90 fueron los 12 años que transcurrieron entre 2003 y 2015. Hay razones para sostener que varios aspectos de la década menemista siguieron vigentes. Por ejemplo: la corrupción siguió metida en la política y poderosos empresarios hicieron negocios fabulosos. El discurso de la redistribución de la riqueza se tradujo en hechos pero a medias, ya que tampoco se fue a fondo con la reforma tributaria y no se logró superar la matriz agroexportadora y extractiva de los recursos naturales. Sin embargo, se produjo un cambio cultural fundamental al recuperar el Estado un rol importante en las regulaciones de la economía, en el reconocimiento de derechos a los ciudadanos y en la ejecución de políticas de contención para grupos sociales desprotegidos. Asimismo, abundaron políticas que afectaron los intereses de los grupos económicos y provocaron duras reacciones de esos sectores, como las retenciones agropecuarias y la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Es decir: lo que llaman “autonomía relativa de la política” respecto del poder económico fue un rasgo distintivo trascendental. Y esa distinción es lo primero que borró Cambiemos cuando montó su CEOgobierno.

El nombre elegido para la coalición gobernante es un sincericidio. Cambiar, solo cambiar, es lo que están haciendo desde el 10 de diciembre. Pero ese cambio es para volver a los 90 y eso no provoca ninguna risa. Casualmente, la denominación de este movimiento político –como se dice radicalismo, justicialismo, socialismo– corresponde que sea “cambiemismo”, que suena a cambiar por más de lo mismo. Lo mismo es lo normal, lo que se presenta como orden natural, lo que se restauró plenamente el 10 de diciembre.

A mitad de los noventa Gerardo Sofovich incluyó y masificó un entretenimiento en La Noche del Domingo, el programa que por entonces se transmitía por ATC. El juego se llamaba Jenga y consistía en que Sofovich y un invitado quitaban una a una las piezas de madera de una torre hasta dejarla esquelética y tambaleante. Metáfora de las medidas del “cambiemismo”, finalmente sucedía lo que más tarde o más temprano, irremediablemente, tenía que suceder: la torre se derrumbaba.
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