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La construcción de la justicia
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jueves 24 de diciembre de 2015
Siete responsables por delitos de lesa humanidad cometidos en la capital entrerriana durante la dictadura tuvieron por fin sus condenas. Pero el veredicto del juez Ríos estuvo lejos de conformar a las víctimas y a las organizaciones de derechos humanos. Crónica del día de la sentencia.
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Alfredo Hoffman

La justicia es como la utopía. Como la utopía que se parece al horizonte. Hacia la justicia se camina, se transita, se avanza. Pero el destino, como el horizonte, no es nunca una meta. El destino es el camino. La justicia está, entonces, en nuestros pies que caminan y en nuestras manos que hacen mientras caminamos. Porque la justicia no es lo que falla un juez. La justicia es lo que construimos para que los jueces fallen. Justicia es cambiar la historia para que ganen las causas justas. Justicia es hacer el aguante a la memoria para ponerle una barrera al olvido y para que nunca mueran quienes hicieron de las causas justas su propia causa. Justicia es el abrazo que rodea al sobreviviente, el susurro al oído del deudo, el eco de un ¡presente! gritado al viento.

El viento se levantaba con fuerza cada quince minutos la noche anterior al 23 de diciembre de 2015. Amenazaba convertirse en lluvia y empañar la celebración de la justicia. Había que preparar esa fiesta que se produce cuando el pueblo le marca el camino a las instituciones. Decenas de pares de manos y muchas más voluntades se agruparon, desafiando al clima y al tiempo, para que el amanecer sea con el camino marcado. En un puñado de pedazos del asfalto y la vereda de calle 25 de Mayo quedó inscripto: “Hoy se juzgan genocidas” y el dibujo de un dedo apuntando en dirección a la entrada principal del Juzgado Federal de Paraná. Miles y miles de voluntades se habían organizado durante décadas para señalar con ese dedo a aquel destino que no es meta, que no es llegada. Desde la mano que sacó fotocopias, al ojo que estudió leyes y códigos. Desde la cabeza que pensó estrategias jurídicas a las piernas que corrieron a escrachar cuando solo había impunidad. Desde la garganta del que alzó la voz al oído del que fue canal de transmisión y amplificación. Desde la piel que ardió en la tortura a los pies que caminaron en círculos en una plaza. Desde el corazón partido del exilio a las canas cubiertas con pañuelos.

Los pañuelos de multiplicaron a la mañana. Souvenirs de la celebración que por fin llegó después de tantos años; 39 desde el inicio del horror que en realidad ya estaba en marcha; 32 desde el final del horror y desde las denuncias de las víctimas y sus familiares; 12 desde la caída de las leyes que garantizaban la impunidad del horror; dos desde la promesa del juez de que en breve terminaría con la impunidad del horror. En fin, un montón de años de espera hasta esta mañana en que las nubes se juntan y se separan, se juntan y se separan y el viento agita las pancartas y los pañuelos pintados con la gorra encerrada en un círculo y la consigna del “juicio y castigo” y el título del convite: “Sentencia Área Paraná”.

La sentencia de la megacausa Área Paraná –ya se sabe por estos lados– se demoró mucho más de lo imaginable. Se sabe que los acusados de delitos de lesa humanidad, con la ayuda de sus defensores y la generosidad de los jueces, desplegaron una estrategia sucia y lograron dilatar el trámite. Siempre tuvieron algo a qué oponerse, siempre encontraron un hueco por donde echar barro en los pies, siempre supieron cómo hacer uso de las normas que ellos mismos violentaron cuando tuvieron su cuota de poder. Se sabe, pero no es en vano reiterar, que la causa es la más voluminosa que se conozca en Entre Ríos, que los cuerpos del expediente apilados alcanzan la altura de una persona de estatura media; que engloba los casos de 52 víctimas; que cinco de ellos son militantes desaparecidos; que siete represores llegaron hasta esta etapa en condiciones de ser juzgados por privaciones ilegales de la libertad, torturas, apremios y homicidios. Se sabe que se aplicó un código de procedimientos del siglo XIX, arcaico y derogado, secreto y oscurantista, y que el juez de sentencia es Leandro Ríos.

Leandro Ríos entró en la sala de audiencias pasadas las 10 de la mañana. Nos enteramos porque en las pantallas instaladas en la vereda vimos al público ponerse de pie, en recreación de un ritual cuanto menos anacrónico. Vimos las espaldas de los familiares de los desaparecidos: a la esposa y las hijas de Carlos José María Fernández, al hermano de Juan Alberto Osuna, a los hermanos de Victorio José Ramón “Coco” Erbetta, a los hijos y al hermano de Pedro Sobko y a los compañeros y amigos de Claudio Fink. La mamá de Claudio, Clarita, prefirió vivenciar ese momento a su manera, desde su casa. En esa vereda ya estaba preparado el escenario para los músicos y en torno a él se había arremolinado el público. Estaban los miembros de organizaciones sociales, políticas, sindicales y estudiantiles. Estaban los ciudadanos sueltos, los interesados; los que están siempre y los que se enteraron por Facebook y fueron. Ríos pronunció dos palabras y a la tercera se le trabó la lengua. Está nervioso, pensé. Explicó que la sentencia era ese bodoque de papeles que tenía sobre el escritorio, que superaba las 700 fojas. Anunció que iba a leer la parte resolutiva de su veredicto, la misma que en ese momento estaba “siendo notificada a las partes por los carriles formales correspondientes”, dijo, por la aplicación de aquel Código de Procedimientos que establece que vale nada más que lo que está por escrito. Así que la audiencia se hacía por su decisión, para dar “publicidad” al acto. Empezó a leer: números de artículos y leyes; términos legales intrincados para mencionar que rechazaba los planteos de nulidad de los represores que, como es habitual, pretendían seguir al margen de la justicia. El viento y la amenaza de lluvia movían las banderas de H.I.J.O.S. Paraná e H.I.J.O.S. Santa Fe; de Descamisados, de La Cámpora, del MST – Nueva Izquierda, del Partido Comunista; las pecheras de CTA y de Agmer; las fotos colgantes de los detenidos-desaparecidos. Ríos leyó la primera condena: Alberto Rivas, exmilitar, sobre el que pesan cargos por 99 hechos ilícitos entre privaciones ilegales de la libertad, torturas y apremios, para quien la querella y la fiscalía habían pedido 25 años de prisión, le corresponden apenas seis años de cárcel. Pero no solo eso: como llevaba seis años y 21 días detenido –en rigor estaba con prisión domiciliaria– debía quedar inmediatamente en libertad. Fue el primer golpe bajo. Luego se sumaron otras penas más bajas que las pedidas por las partes acusatorias. Le dio 18 años al abogado y represor Jorge Humberto Appiani, una especie de cerebrito de los interrogatorios bajo tortura y de la concentración de presos políticos en los centros clandestinos de detención de Paraná. Le dio 14 años al jefe de la Unidad Penal N° 1 durante la dictadura, José Anselmo Appelhans, responsable del horror que soportaban los presos políticos. Le dio pena de seis años y excarcelación inmediata a la directora de la cárecel de mujeres, Rosa Susana Bidinost, de similares acusaciones que Appelhans. Le dio ocho años al médico que controlaba las torturas, Hugo Mario Moyano, quien cumple prisión domiciliaria en un departamento de calle Córdoba frente a plaza Carbó y que en junio de 2017 quedará en libertad y ya podrá salir a la calle sin necesidad de ocultarse. Le dio tres años de ejecución condicional a Oscar Ramón Obaid, custodio de los torturados en la Casita de la Base. En esa vereda todos cantaban como a los nazis les va a pasar, resonaban los silbidos y los recuerdos para la señora madre del juez.

El juez salvó un poco, un poco, el honor con la condena a prisión perpetua de Cosme Ignacio Marino Demonte, a quien responsabilizó por las privaciones ilegítimas de la libertad y los homicidios de Coco Erbetta y Pedro Sobko. De todos modos, aunque fue señalado por testigos como quien secuestró a Coco y quien asesinó a Pedro, para el magistrado no fue autor sino partícipe necesario. Demonte, quien actuaba en la Policía Federal y en democracia se recicló en la seguridad privada, pasará sus días en la cárcel de Paraná. Hubo entonces sí aplausos y festejos. Luego, uno a uno, empezaron a asomarse por la puerta del juzgado los que habían escuchado en vivo la lectura del veredicto. El primero en salir fue Joe Erbetta, emocionado, abriendo los brazos cual Perón. Enseguida apareció su hermana Silvia, con la foto de Coco en alto, con una expresión en su cara que transmitía una mezcla rara de congoja y alivio. Salieron los sobrevivientes de los campos de concentración. María Luz Piérola agitando los dedos en V de ambas manos. Rosario Badano distribuyendo abrazos; uno de ellos, muy prolongado, para Blanca Osuna. Salió Clarisa Sobko sosteniendo a su Frida en el vientre. Salieron los Osuna, los Fernández. Salieron los abogados, los trabajadores de prensa. Salieron todos.

Todos y todas escucharon a quienes hablaron desde el escenario. Manuel Ramat, víctima del terrorismo de Estado, fue el primero en ponerle palabras al sabor amargo de las penas débiles. Silvia Erbetta y Rodolfo Sobko coincidieron en que sus respectivos hermanos desaparecidos estarán ahora descansando en paz. “Evidentemente acá hubo muchos Ríos de sangre”, disparó Rodolfo. “Treinta años de juicio y el juez Ríos debería haber estado a la altura de las circunstancias”. Antes de que los murgueros de La Malparida hicieran tronar el escarmiento de los tambores enfundados en sus trajes blancos, la consigna común fue “no bajar los brazos”, menos ahora que el nuevo gobierno no viene con los derechos humanos anotados en la agenda. No bajar los brazos significa apelar la sentencia. Significa seguir convocando a la ciudadanía. Significa seguir construyendo socialmente la justicia.

La justicia sigue en construcción ahora que el acto de la sentencia ya terminó y ya cayó un chaparrón sobre Paraná. Poco y nada se sabe de quiénes fueron los responsables del asesinato de Osuna y Fernández en la Masacre de la Tapera. A menos de 20 cuadras del escenario, Clara Atelman de Fink sigue esperando a Claudio. Ni Appiani, ni Demonte, ni Rivas, ni ninguno dijeron nunca dónde ocultaron los restos de los desaparecidos. Los cómplices, los que colaboraron desde las sombras, tampoco. Hubo sentencia pero difícilmente haya habido justicia. Nos acercamos bastante a ella y ella se alejó un poco más. Pero caminamos.

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