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Horror programado
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viernes 20 de noviembre de 2015
Cuatro microrrelatos que revelan la crueldad del terrorismo de Estado durante la última dictadura cívico-militar en Entre Ríos. Cuatro planos detalle de los padecimientos de sobrevivientes de los centros clandestinos de detención, que son parte de las pruebas que ahora tiene en sus manos la Justicia Federal para dictar sentencia en la causa Área Paraná.
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Alfredo Hoffman

Rubén

Rubén sintió el caño en la sien. Oscurecida su vista por la capucha, el oído y el olfato eran su conexión con lo que pasaba a centímetros de su humanidad. Escuchaba el estruendo del motor de una moto a su lado y olía su humo aceitoso. Y el tacto: el frío del caño en la sien.

—Acelerá, acelerá, así no se oye el tiro.

El ruido del motor se le metía dentro del cuerpo. Pensó. Seguro pensó en su gente. O tal vez se tragó la bronca o tembló de miedo. O repasó su calvario de las últimas horas. El secuestro en la casa de su vieja, en San Agustín, los hombres de civil y con uniformes del Ejército y la Policía de Entre Ríos. El calabozo del Escuadrón de Comunicaciones; la capucha, las esposas. La paliza. El traslado por calle de tierra. La punta de la picana en los pies, en la boca, en los testículos. La voz de un tal Ramiro empuñando la máquina. Otra vez el calabozo. El dolor de dos puños pegando en sus oídos con saña y coordinación exacta. Y el aire libre. Y la pistola en la cabeza, el bramido, el olor a nafta, el terror.

—¿Cuál es tu último deseo?

—Un cigarrillo.

El clic de un encendedor. El humo haciéndole cosquillas en la nariz sangrada.

—Abrí la boca.

La brasa del pucho le ardió en los labios y en la punta de la lengua. Escupió, casi sin fuerzas, antes de que volvieran a llover puñetazos y patadas.

Rubén fue un desaparecido desde el 20 de octubre hasta el 11 de noviembre de 1976, cuando lo llevaron a la Unidad Penal 1. Firmó una declaración que no era suya, ante un teatro que llamaban Consejo de Guerra, para que lo condenaran a 14 años y seis meses de reclusión y para que no lo regresaran a la mesa de torturas.

Diez días

Diez días atada al elástico de una cama. Diez días desnuda, muerta de frío, en un casita cercana a la Base Aérea. Diez días sin comer. Golpes, palazos, asfixia, corriente eléctrica. Creía que ya nada podía sorprenderla de tanta bestialidad. Pero sintió los insectos en el cuello y el pecho y un perro caminándole sobre el cuerpo y jadeando sobre su cara. Y el agua helada cayéndole encima una vez, dos, tres veces.

Ahí el horror era programado.

El médico

El médico llegó a la casa de torturas y la ciencia se alió con la locura. Enrique estaba encerrado en una habitación de la casa cercana a la Base. Ya estaba golpeado, desnudo y estaqueado. Le taparon el cuerpo con una lona mojada y encendieron la picana. Sus antecedentes cardíacos hicieron que le costara respirar. Seguro sintió que se moría. Los torturadores se frenaron. Hablaron en clave y al rato apareció el médico. Lo pusieron en una cama y le dieron Coramina, una droga estimulante del sistema nervioso central que se indicaba para la depresión respiratoria aguda inducida por anestésicos, hipnóticos y alcohol; que se usaba para mejorar el rendimiento de algunos deportistas y también le daban a los caballos de carrera. Pero al otro día volvieron a pasarle corriente eléctrica y de nuevo quedó al borde de la muerte. Esta vez lo llevaron al Hospital Militar, pero por algún motivo no permitieron su ingreso. Terminó en la cárcel de Paraná, donde lo vio el médico. Hugo Mario Moyano le administró un vasodilatador.

Appiani

Appiani se paró frente a Ramón, que estaba sentado en una silla y con una soga rodeándole el cuello. Estaban en el Escuadrón de Comunicaciones, afuera del calabozo. Ramón acababa de ser golpeado, amenazado, picaneado, mientras Appiani le hacía preguntas. Appiani le apoyó una pistola en la cabeza.

—Te voy a mandar a la cárcel, porque hasta ahora estás limpio. Pero no te olvides que faltan caer otros y a la hora que sea te voy a ir a buscar.

Entonces Appiani oprimió el gatillo. Si había bala, no salió.

Ramón pasó de Comunicaciones a la Unidad Penal. A los pocos días lo sacaron del pabellón y lo llevaron al frente del edificio. Allí estaba Appiani.

—Como te había dicho, te vine a buscar.

Cuando el militar terminó la frase, una capucha cayó sobre la cabeza de Ramón. Lo llevaron a un sitio desconocido, donde otra vez lo esperaba la tortura. Después lo regresaron a la cárcel.

Un domingo lo llevaron a la Casa del Director. Apareció de nuevo Appiani y le hizo firmar unos papeles. Esta vez sin apuntarle más que con la mirada.


***


El viernes 30 de octubre de 2015 las querellas y la fiscalía federal presentaron sus alegatos solicitando las condenas de los siete represores acusados en la causa Área Paraná: Jorge Humberto Appiani, Hugo Moyano, José Anselmo Appelhans, Rosa Bidinost, Alberto Rivas, Cosme Demonte y Oscar Obaid. El juez Leandro Ríos debe dictar sentencia.

En la causa se investigan delitos de lesa humanidad cometidos contra 52 víctimas, entre ellas cinco desaparecidos: Victorio Erbetta, Pedro Sobko, Claudio Fink, Juan Alberto Osuna y Carlos María Fernández.


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