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Recta final a la justicia
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sábado 31 de octubre de 2015
Un día histórico vivió la capital entrerriana, testigo de la entrega de los alegatos en la megacausa Área Paraná. La promesa del juez Leandro Ríos de que habrá sentencia para siete represores este año coronó una jornada de hermanados abrazos y emociones incontenibles. A casi 40 años del horror, habrá justicia.
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Gisela Romero

Histórico. Hoy es un día histórico. Gris, ventoso, lluvioso por momentos pero histórico, histórico, histórico. Clarisa Sobko repite tantas veces la palabra como se lo permite la emoción, la satisfacción, la tranquilidad de protagonizar junto a su hija, su esposo y cientos de familiares, sobrevivientes y compañeros de militancia la entrega de los alegatos en la causa Área Paraná. Después de más de 30 años transcurridos desde que inició el expediente y doce desde el desarchivo tras la caída de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, está parada frente a las puertas del Juzgado Federal, micrófono en mano, y pide resignificar el frío momento de entregar papeles con pedidos de pena para siete represores por privaciones ilegales de la libertad, tormentos, vejaciones y homicidios de 52 víctimas y la desaparición de Beto Osuna, Carlos Fernández, Pedro Sobko, Victorio Erbetta y Claudio Fink. Propone vivirlo con alegría, “sabiendo que los abogados trabajaron mucho para decir qué pasó y quiénes son los responsables”.

Clarisa es hija de Pedro Sobko, uno de los cuatro detenidos-desaparecidos que comprende la causa. El loco Sobko, como lo recuerdan por su capacidad oratoria compañeros de estudio de Medicina de la Universidad Nacional del Nordeste, en Corrientes Capital, fue militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). El 2 de mayo de 1977, en inmediaciones de Avenida Ramírez y Uruguay, tras haber sido secuestrado por la patota, fue fusilado por Cosme Ignacio Marino Demonte cuando intentó escapar. Clarisa tenía pocos meses de vida. Junto a su madre, Élida, y su hermano, Oscar, esperaban a Pedro escondidos en una villa concordiense. Nunca llegó. Entonces los tres se refugiaron en Goya. Allí, el 12 de enero de 1978, su mamá también fue secuestrada en las instalaciones del Club Doña Goya y tampoco volvió a saber de ella. Los abuelos maternos Pepita y Oscar criaron a los niños e iniciaron la búsqueda de justicia. Hoy ya no están. Murieron esperando saber qué fue de su hija y de su yerno. Por eso Clarisa desea tanto la sentencia.



“Los nervios me obturaban la escucha —cuenta la hija de Pedro Sobko en la vereda al salir del despacho de Leandro Ríos—. El juez planteó que desde el momento que tomó la causa lo que más quiso fue ser fiel al Código viejo y garantizar un proceso justo a los imputados. Tengo críticas con esto pero ya no importa. Lo más importante que dijo fue que garantiza que este año va a haber sentencia y que éste es un día histórico; en eso coincidimos”.

La rueda de gente que escucha a la presidenta de H.I.J.O.S. regional Paraná, celebra. Escucha de la voz de la expresa política Alicia Perica Dasso que Ríos estaba contento porque todas las partes presentaron sus escritos y eso le garantiza llegar a fin de año con la sentencia. Y atiende a Silvia Erbetta, hermana de Coco, contar que el magistrado quiere tener contacto con los genocidas en las celdas. Por lo bajo los militantes ruegan porque no haya penas domiciliarias.

Los ojos de Silvia están desorbitados. La imagen de su hermano Coco, del que nada saben desde el 16 de agosto de 1976, la invade particularmente esta mañana. Era tan joven cuando se lo llevaron. Veintisiete años tenía. Militaba por la Pasarela, en calle Pronunciamiento, y en el barrio Maccarone como parte de la Juventud Universitaria Peronista (JUP), era el presidente del centro de estudiantes de Ingeniería. Pasó por el centro clandestino de detención que funcionaba en el Escuadrón de Comunicaciones y ni un dato más. Además, en sus pensamientos está su madre, María Cristina Portillo. Nachi no habla mucho de su hijo desaparecido. Pero Joe, Carmen y Silvia saben que detrás de ese silencio de casi 40 años la esperanza de la justicia la acompaña. Desde que atravesó la puerta dejando atrás al juez, Silvia no para de llorar. A Ríos pudo manifestarle frente a frente que con su familia no pueden esperar más de este año, que su madre tiene 89 años, que quieren por fin justicia. “Confíen en mí”, dice, le respondió.



En el primer piso del edificio de 25 de Mayo 256, en medio de aplausos, los fiscales ingresaron a dialogar con el juez federal. Pidieron prisión perpetua para Cosme Ignacio Marino Demonte, 25 años para Jorge Humberto Appiani, José Anselmo Appelhans y Alberto Rivas, 18 para Hugo Mario Moyano, 15 para Rosa Susana Bidinost y ocho para Oscar Ramón Obaid.

Los abogados querellantes Lucía Tejera, Sofía Uranga, Florencia Amore y Marcelo Boeykens solicitaron penas de prisión perpetua e inhabilitación absoluta y perpetua para los represores Appiani y Demonte; 25 años de prisión e inhabilitación absoluta perpetua para Appelhans, Bidinost, Moyano, Rivas y Obaid.

Los querellantes entendieron en su escrito que “las víctimas no están buscando solo un reconocimiento judicial de condena a los represores sino, sobre todo, un reconocimiento jurídico de los hechos sucedidos en el país”. Expusieron que “la memoria de los desaparecidos, de los sobrevivientes, sus familiares, amigos y compañeros, hace más de 30 años espera justicia y que esa justicia solamente puede venir de la mano de una justa condena a todos estos crímenes que han horrorizado a nuestro país y a la sociedad internacional en su conjunto”. Por lo que, aseguraron, “la condena solicitada la piden también los 30.000 desaparecidos, Fernández, Osuna, Sobko, Erbetta y Fink, los más de 10.000 presos políticos, los 500 niños apropiados, entre ellos el melli que aún buscamos, los 200.000 exiliados y los miles de argentinos que por causa del genocidio murieron sumidos en el hambre y la miseria. Por todos ellos seguimos reclamando y exigiendo verdad, memoria y justicia”.



El mediodía se acerca. La emoción continúa. La espera, ahora, no será en vano. Pronto, prefieren creerle a Leandro Ríos, habrá un final para esta megacausa que tramita por escrito en aplicación del Código de Procedimientos en Materia Penal. Un vetusto texto del Siglo XIX. “Hoy no es un día cualquiera —proclama H.I.J.O.S. en un documento—. Hoy es el momento en que decimos, con las pruebas en la mano, que los siete genocidas que quedaron en condiciones de ser juzgados merecen una condena ejemplar e histórica. Hoy es cuando ya no hay más margen para las chicanas dilatorias, los recursos absurdos, las postergaciones incomprensibles, los compromisos judiciales olvidados que hicieron que en el camino 15 imputados murieran o fueran separados del juicio por enfermedad. Once años de trámite en el Juzgado federal de Paraná desde la reapertura de la causa es demasiado tiempo. Cuarenta años de espera de familiares y sobrevivientes y de todo el pueblo comprometido con los valores de la democracia, es demasiado tiempo. No podemos dejar de recordar a las madres que fallecieron sin conocer un veredicto. Por eso hoy no es un día cualquiera: es el día en que decimos, con toda la fuerza de la ley: ¡condena ya a los genocidas!”.



“Como a los nazis, les va a pasar, adonde vayan los iremos a buscar”.


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