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El miedo es el mensaje
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miércoles 28 de octubre de 2015
¿Qué nos hace tan susceptibles a los peligros de la llamada delincuencia, al punto de vivir pendientes del grupo de WhatsApp de “vecinos alertas”? ¿Qué hay detrás de la instigación al miedo? ¿Qué papel juegan los medios y la política? En esta nota, algunos apuntes para comprender por qué y con qué fines la inseguridad es una construcción social.
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Alfredo Hoffman

El golpecito de su celular suena hasta hacerla rabiar. Otra vez son ellos, me dice, me tienen harta. Me lee: una camioneta blanca sospechosa, anda despacio por la calle de mi casa, llamamos a la policía?? Me terminan asustando estos pelotudos. Le digo que no les haga caso, que son unos paranoicos, que miran mucha televisión, que silenciá ese grupo de WhatsApp. Ella resopla su indignación, se queja con otra puteada, se le endurecen las cejas, las pestañas y los labios estirados hacia afuera. Pero no lo silencia. Deja el teléfono sobre la mesa de luz y se recuesta sobre su montaña de almohadas y almohadones. Está empezando el noticiero de la medianoche. Yo hago un esfuerzo por volver a mi libro, abstraerme, pero me capturan la música de suspenso, las imágenes desenfocadas de actores recreando escenas de violencia, el relato en idioma policial del locutor, la sangre que parece gotear de la pantalla. Intento conversar de algo, del trabajo, de la escuela de la nena, de lo grande que está esa gurisa, de la vida, de nosotros. Conseguimos armar un diálogo sereno y con cierta concentración a pesar de la hora. Pero el golpecito regresa otra vez. Dos, tres veces. Ella lee impaciente. Me acerco para ver los últimos mensajes. La camioneta ahora está parada con las luces apagadas. No salgan, pueden ser narcos.

La noche transcurre en calma. ¿Por qué sería de otra manera? Vivir con miedo parece ser más una exigencia que una consecuencia de lo que sucede en la cotidianidad. Vivir con miedo es, en realidad, el resultado de dejarse conmover por la excepción más que por la rutina. En eso pienso mientras abro la puerta, salgo a la vereda y veo al barrio asomarse en silencio. Algún albañil que sabe pedalear sin esfuerzo, no se asusta ante el par de perros que se le van encima. Pasa un caminante matutino con la cabeza aprisionada por auriculares. Desde adentro de casa se oye la radio: hablan de otras cosas, de otro arranque del día, de otro ruido que no es el de esos pájaros que pasan en forma de ve. Vuelvo a entrar. Giro la perilla del dial, se escuchan cumbias y aves marías. Una voz clara corta el flujo sonoro con las novedades policiales: los hechos, que le dicen. Imagino que lo demás no es hecho, no sucede, no existe. Son cinco minutos de tiros, líos y muertes. De sangre y morbo. Los parlantes de la radio escupen balas. Y yo sin chaleco.

Otra vez la noche. Las sombras ya cubren las calles de Paraná. El estampido de las balas se escucha con nitidez en 25 de Junio y Patagonia y en varias manzanas a la redonda. Dos personas muy jóvenes se bajan de un remís. El conductor sigue una cuadra por Patagonia y se detiene, malherido. Las sirenas se apoderan del aire. La Policía lo encuentra ensangrentado y agonizando. En el cuerpo y la cabeza, las huellas rojas de los disparos. La ambulancia no llega. Lo suben a un patrullero. Más sierenas en la atmósfera. Lo llevan a toda velocidad al hospital San Martín. Minutos después, Julio López, 42 años, dos hijos, muere.

Al día siguiente, con las primeras luces, los remiseros salen a reclamar justicia por su compañero de trabajo asesinado en un asalto. Queman gomas y cortan el tránsito en una de las esquinas de la Casa de Gobierno. Reclaman seguridad para ellos y sus familias. No pueden seguir así, objetan, laburando con miedo, desesperados, expuestos cotidianamente al robo de la recaudación y del celular o a perder la vida frente al volante. Las esposas, las madres no duermen tranquilas hasta que ellos regresan cada noche. Cuentan que a Julio no lo alcanzaba con lo que ganaba arriba del auto de lunes a sábados para sostener a los suyos y que por eso los domingos, en vez de descansar, iba al Parque Urquiza a preparar y vender tortas fritas. La Policía detiene a dos jóvenes: un chico de 19 años y una chica de 15. Cientos de remiseros, haciendo sonar sus bocinas, despiden a López en el Cementerio Municipal de Paraná.

Herencia neoliberal

La socióloga Florencia Beltrame, estudiosa de la problemática de la llamada “inseguridad” o “delincuencia”, asegura que el fenómeno en su dimensión que conocemos en la actualidad apareció en la década del 90. El plan neoliberal aplicado en Argentina y gran parte de América latina, tuvo entre sus consecuencias una mayor “polarización social, el incremento de la desocupación, de la pobreza, de la marginación y de la delincuencia”. Y este aumento en la cantidad de delitos, conllevó a una respuesta estatal, que “a través de la aplicación de ciertas políticas de seguridad, generó una sobrevulneración de los derechos de los sectores más perjudicados y vulnerables”.

Dice la autora de “La construcción social del delito y estrategias de prevención” (http://www.aacademica.com/000-062/290.pdf): “En ese contexto, el incremento de discursos en los últimos años por parte de los medios masivos de comunicación sobre la inseguridad; instalan en la opinión pública la problemática social del alarmante incremento del delito. De esta forma, lo discursivo funciona como práctica que contribuye a instalar y/o sostener la implementación de estas políticas de seguridad para la prevención social del delito”.

Beltrame observa un incremento en los discursos de participación ciudadana. Asegura que así se apela al accionar de los individuos y actores colectivos en actividades y funciones que antes monopolizaba el Estado. En general esta participación apunta a localizar a los potenciales delincuentes que corresponden principalmente a los sectores más desfavorecidos de la sociedad. “Por esto mismo, es importante analizar a qué población apuntan estas políticas y cómo estigmatizan a ciertos sectores de la población como delincuentes encasillándolos como 'peligrosos'”.

Así, muy resumidamente, se puede obtener una explicación de cómo se llega a este temor expresado en un grupo de WhatsApp de vecinos en alerta; temor que resulta absurdo o, al menos, que se contradice con la cantidad de veces que uno ha dormido con la puerta sin llave por olvido o por des-cuido. Pero claro: el dolor y la bronca, la violencia y la pérdida material y humana, como la vida de un trabajador que es asesinado antes de regresar a su casa, son mucho más palpables que la serenidad del día a día, serenidad incluso aburrida en los pueblos del interior. Por lo demás: el modo en que está construido el miedo conduce al prejuicio de que una forma de vestir, un color de piel o la antigüedad de un auto sean pruebas de cargo; motivos suficientes para merecer alguien el mote de sospechoso. A esta construcción de la inseguridad no le importa que quienes más roban –piensese en el lavado de dinero, en la evasión de impuestos, la corrupción y otras formas sofisticadas de apropiarse de lo ajeno– usan ropa cara y delicada, automóviles importados y, sobre todo, no arriesgan su libertad y su futuro por un celular.

Atardecer. El teléfono vuelve a golpear. Ese sonido parece un redoblante tímido. Espío el diálogo con fruición:

—Recién vi un auto estacionado en la avenida sobre la mano del baldío. Y cuando salí de nuevo para ver si seguía no estaba y estaba sonando una alarma de una casa.

—De qué casa???

—La casa de dos plantas.

—Ya llamé a la Policía.

—Yo salí y no vi nada.

—Recién andaba un auto bordó.

...

—No sé, puede ser que esté sensible el sensor. Hoy pasó lo mismo.

—Es mi casa. La alarma se dispara sola a veces. Gracias chicos.

—Gracias por avisar. Nosotros vivimos en la misma cuadra. Nos preocupamos.

—Qué te generó sospecha del auto parado?

—Es raro un auto parado por mucho tiempo en vereda donde no está construido.

—Por las dudas, mejor prevenir.

—También vi el auto bordó pero no estaba cuando sonaba la alarma.

—Andaba una Trafic blanca dando vueltas por el barrio... La patente termina en XXX... para que estén atentos.

—Yo llegué recién y la vi.

—Yo la vi pasar también. Pensé que podía ser alguien que andaba repartiendo algo.

...

—Se escucharon seis tiros y ladrar los perros.

—Dónde???

—Dónde? Hace cuánto?

—Recién, del lado del descampado que está para el lado del pueblo.

—Acá no se sintió nada.

—Quizás estén cazando.

—Acá no escuchamos nada.

—Una camioneta F100 verde sacó unas cosas de una casa.

—Llamaron a la Policía?

—No. La camioneta iba con tres tipos tomando cerveza.

—A lo mejor trabajan en esa casa. Serán albañiles?

—No sé.

—Yo llamaría por las dudas.

—A esta hora no es común que estén albañiles trabajando.

—Son albañiles y ya se fueron.

—Ok gracias.

—Gracias.


Miedo, medios y política


El miedo es el mensaje. Valga el juego de palabras sobre la frase más conocida de Marshall McLuhan. Lo que se materializa en el chat del barrio no es otra cosa que la representación dominante sobre el sentido de la seguridad. “La inseguridad es una construcción realizada por un complejo entramado social de manera no unilileal. Actores políticos, mediáticos, grupos de la sociedad civil como las víctimas organizadas de la seguridad u organizaciones no gubernamentales, pujan por el sentido en torno de la violencia urbana. Producto de esta tensión se instituye un sentido dominante alrededor de cómo entender la violencia urbana y los modos de encararlo”, explica a Telaraña Mercedes Calzado, autora de “Inseguros. El rol de los medios y la respuesta política frente a la violencia. De Blumberg a hoy” (Aguilar, 2015).

Calzado es doctora en Ciencias Sociales, magister en Investigación y licenciada en Comunicación por la Universidad de Buenos Aires (UBA); docente universitaria, investigadora asistente del Conicet y miembro del Instituto de Investigaciones Gino Germani. Sus trabajos sobre medios de comunicación, política y discursos de seguridad indagan sobre esta problemática y su incidencia en la construcción del miedo. “Sin dudas algunos sectores inciden en la constitución de sentido sobre la inseguridad urbana como una manera de intervenir en el escenario político desde la amplificación del miedo social. Ello lleva en términos prácticos a promover prácticas punitivistas para restituir un orden que parece perdido”, asegura.

El miedo de nuestros vecinos, nuestro propio miedo a perder la seguridad, es el resultado de operaciones de construcción de sentido provenientes de múltiples actores sociales. Los medios son, entre esos actores, de los más poderosos. Pero los medios no funcionan aislados, sino en articulación íntima con los sectores políticos. O bien podría decirse: los medios son parte importante de los sectores políticos. Dice Calzado: “Los medios de comunicación no hay que olvidar que se articulan con la política. De allí a que la hipótesis central (del libro) es que los medios de comunicación, la gestión política de la seguridad y las víctimas organizadas formen parte de un entramado complejo. Considero en este sentido que es importante analizar los discursos de inseguridad como una matriz de época no necesariamente determinada de forma unidireccional por los medios. Por eso el accionar político se nutre de la violencia urbana que muestran los medios e interviene en ciertos momentos críticos. Pero los medios también toman los intereses de ciertos sectores políticos en materia de seguridad urbana y construyen sus contenidos a partir de un modo de entender la seguridad y su gestión”.

Mercedes Calzado ha investigado en profundidad casos que tuvieron resonancia mediática y que evidencian el entrelazamiento con la política, como el caso Candela y el caso Blumberg: “Para pensar este proceso vale la pena recordar algunos casos que marcaron los últimos años. Por ejemplo la repercusión mediática por la desaparición y muerte de Candela Rodríguez que hizo que la política tuviese que intervenir en medio de la crisis. La presidenta Cristina Fernández recibió a Carola Labrador, madre de Candela, antes de que circularan versiones del vínculo de la familia con los captores. También el gobernador de la provincia de Buenos Aires se mostró activo frente al caso. Recordemos, por ejemplo, que la gobernación hizo público a través de los medios el momento en que la madre reconoce el cuerpo de su hija en un descampado acompañada por la policía y el propio gobernador. Pero los medios también son permeables a los intereses del campo político. Un ejemplo de ello es el caso Blumberg que el libro analiza detalladamente. En 2004 los medios convocaron a las movilizaciones que solicitaban pedir cambios penales a diputados y senadores nacionales. A fines de marzo y durante abril de 2004 cada vez que prendíamos la tevé escuchábamos hablar del tema y de cómo había que resolver la ola de secuestros y violencia en Argentina. En medio de un primer año del gobierno en el que Néstor Kirchner buscaba la legitimidad que no había conseguido de forma total en la elección de 2003, las convocatorias masivas por más seguridad parecían querer recordar que seguía vivo el espíritu del 'que se vayan todos' de 2001. Durante 2004 se sancionaron alrededor de diez reformas de endurecimiento del Código Penal y al Procesal Penal de la Nación. Para muchos análisis este fue un producto de la presión mediática sobre la política. No obstante ello, en 'Inseguros' doy cuenta de que la mayor parte de los proyectos sobre los que se sancionaron las denominadas leyes Blumberg se presentaron con anterioridad al secuestro y asesinato de Axel. En resumen, este es un caso que muestra la relación entre los intereses de sectores del campo político en materia de seguridad y su relación con un discurso mediático y social punitivista”.


Contexto electoral


Entonces, como no podía ser de otra manera, en el escenario electoral los principales candidatos a presidente echaron mano a los recursos discursivos punitivistas como una de sus principales estrategias para conseguir votos. Supusieron que de ese modo interpretaban la principal demanda de la sociedad, al mismo tiempo que alimentaban esa demanda. Sergio Massa, quien no ingresó al balotaje, llegó al extremo de proponer la baja de la edad de imputabilidad a 14 años y el uso de las Fuerzas Armadas para combatir al narcotráfico y “entrar a los barrios”, sin importarle las leyes que lo prohíben terminantemente y las graves consecuencias que ello traería en perjuicio de los derechos humanos.

Mauricio Macri, por su parte, es uno de los dirigentes que más ha promovido el discurso de la inseguridad y del miedo. En abril de 2014 el jefe de Gobierno porteño dijo sentirse “aliviado” de que su hija Gimena se hubiera radicado en San Francisco, Estado Unidos, pretendiendo que allí estaba a salvo de la delincuencia que se vive en Argentina, o en la ciudad que él mismo gobernaba y gobierna. Representa a los sectores políticos y empresarios que pregonan la mano dura tras el barniz de “profesionalizar la Policía” y que, por ejemplo, no duda en equipar a la Metropolitana con pistolas eléctricas Taser X26, picanas que emiten descargas de hasta 50.000 voltios, cuestionadas por organismos de derechos humanos del mundo. Y representa también a los grupos que promueven las políticas económicas neoliberales que provocaron la mayor pobreza, exclusión y marginalidad.

Scioli, en tanto, deambula entre el sostenimiento de los cuestionados Alejandro Granados y Ricardo Casal entre sus hombres de confianza en el tema, y la continuidad de las políticas de derechos humanos del kirchnerismo.

Si la instauración del miedo es el paso previo y el mecanismo que busca legitimar la ejecución de determinadas políticas de seguridad (represivas, punitivistas, estigmatizantes), el contexto del balotaje obliga a aguzar el análisis y la comparación.



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