Telaraña | eriodismo narrativo
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No vas a poder
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viernes 23 de octubre de 2015
Una frase terminante en 1991. Muchos años de excusas disfrazadas de resignación. Una clínica de fertilidad. Pinchazos en la panza. Intentos fallidos y, al final, un espéculo, un catéter, dos embriones deslizándose hasta el útero. La historia de una batalla ganada a la imposibilidad de ser madre.
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Gisela Romero

—Vamos a hacer una ecografía. Ponete esta bata —propone el especialista estirando la mano hasta alcanzármela. La tela verde apenas tapa mis partes íntimas. La vergüenza atraviesa todo mi ser. Para qué despojarse de la ropa interior si tiene que ver el útero, los ovarios, el cuello uterino. Para qué si puede hacerlo con solo levantar la remera, me pregunto.

Los pensamientos vuelven, en cuestión de segundos, hasta esa mañana de julio del ’91, a mis 16, cuando una médica de Paraná miró los estudios y al levantar la vista pronunció seis palabras: no vas a poder tener hijos. Fue tan determinante su diagnóstico que desde entonces y hasta el mismo momento de entrar por primera vez a Prefer, la clínica de fertilización asistida, busqué argumentos para deshacerme de ese destino. Muchos años repetí que los chicos no me gustaban, que tenía que viajar, que debía desarrollarme en el periodismo.

Ahora, en un pequeño baño del instituto médico de San Martín, la bata en mi mano marca que un camino diferente comienza y que ésta es la primera de un sinfín de ecografías transvaginales.

Corre el séptimo mes de 2007 y voy, vamos, a buscar concebir.

La caja de Gonal es blanca. Adentro un cartucho prellenado en jeringa y agujas. En la habitación de nuestro departamento paranaense, él programa las 300 unidades de la hormona foliculoestimulante humana. A él siempre le salen muy bien los cálculos, pienso. Mi cuerpo tiembla. Dudo si el pulso acompañará el momento exacto de acercar la pluma al bajo vientre, plegar la piel en un rollito y presionar hasta que el líquido penetre la dermis.

Tiempo atrás, en el mismo cuarto, soy testigo del procedimiento en un capítulo de Lost que corre, sin sobresaltos, en el DVD. Juliet, la investigadora de Los Otros, entrega una jeringa similar a una mujer en la isla. Su objetivo es estudiar por qué mueren durante el embarazo, en pleno siglo XXI, en ese lugar paradisíaco, donde desde 1970 se desarrolla la Iniciativa Dharma. La joven cumple el ritual y se aplica la inyección en la parte baja del ombligo.

No podría hacerlo, me digo.

Sin embargo esta mañana de marzo de 2008 estoy ahí, sentada en nuestra cama y el pinchazo no duele. Duele el alma, saber que aunque desee tener un hijo no puedo sin estas dosis, no puedo sin controlar el crecimiento de los folículos, sin hacer el amor en el momento indicado.

Entonces nos abrazamos, él y yo, tan fuerte como se puede y el estremecimiento se convierte en llanto y las lágrimas que mojan todo.

Esta vez la fecundación in vitro es negativa. Como los dos tratamientos anteriores. Cuando el mundo parece devastarnos, nos prometemos no olvidar la vocación de ser padres. Viajamos, celebramos navidades, juntamos dinero, pensamos cómo festejar el próximo Día de la Madre.

Mayo de 2009. Pasaron cinco años desde que él y yo nos dedicamos nuestro primer beso, nuestro primer abrazo, nuestra primera noche. Faltan dos horas para encontrarnos con el equipo médico. Rezo, como hace muchos años no lo hago, al Padre Pío de Pietrelcina. Dicen que es milagroso y en esta oportunidad elijo creer. Me acuesto en una camilla, algo angosta, fría. Una vez más la bata, el lazo que cruza por detrás de la cintura, las piernas abiertas en posición ginecológica, el espéculo, la bióloga que se acerca, el catéter que ingresa por la vagina: pronto los dos embriones están en mi útero. Las lágrimas no piden permiso, los médicos celebran susurrando como si en ese mismo instante se produjera el milagro de la vida. Afuera, mi suegro espera con una sonrisa y acerca mi cuerpo contra su pecho. El aire es cálido, el mediodía invita un sandwich, la espera del resultado parecerá eterna.

El sobre se escabulle entre mis manos más de 15 días después. Leo, sin entender, subbeta cuantitativa 82,1 mUI/ml. Es 11 de junio, la tarde cae en todo el país y la voz de Gustavo busca perderse en el celular. Nos separan casi 500 kilómetros pero el grito de mi ginecólogo no deja lugar a dudas: estás embarazada. Entonces no hay palabras, el cuerpo es el que habla, transpira, se agita, se entrega a la dulzura de la espera. Mis órganos infértiles, portadores de Síndrome de Kallman, le ganan una batalla al diagnóstico irreversible de la Medicina. Voy a ser mamá, a pesar de todo.


Este texto recibió una mención en el concurso de crónica breve convocado por Comunidad Anfibia con motivo del Día de la Madre.


Foto: americanpregnancy.org

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Una frase terminante en 1991. Muchos años de excusas disfrazadas de resignación. Una clínica de fertilidad. Pinchazos en la panza. Intentos fallidos y, al final, un espéculo, un catéter, dos embriones deslizándose hasta el útero. La historia de una batalla ganada a la imposibilidad de ser madre.

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