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martes 01 de septiembre de 2015
Una tarde de verano en Paraná. Sol. Mucho viento. Una sombrilla que se desprende del suelo y que rueda, empujada por las ráfagas. Miedo. Un recuerdo y una reflexión sobre lo absurdo de la vida.
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Silvina Mernes

El viento me da miedo. Tengo la sensación de que su único propósito es llevarse algo mío, algo valioso que voy a añorar hasta las lágrimas, cuya ausencia será desgarradora.

No es un trauma que traigo desde la infancia. Se activó en mí ya adulta. Creo que data de unos años atrás, después de parir. Llegó más o menos en la misma época en que se desató mi desmemoria. Perdí memoria y gané ansiedades.

 

Mi hermano agarró su bicicleta y salió velozmente. Iba al hospital San Roque a ver a mi prima. Ella tenía cuatro años y el cabello más negro que vi en mi vida. Los había cumplido hacía poquito y de regalo tuvo su primera bicicleta.

María fue una nena muy deseada. Sus padres, mis tíos, habían buscado durante años un embarazo. Ante el rotundo fracaso, encararon con las mismas expectativas y similares dificultades los trámites para la adopción. Un camino complicado que finalmente los llevó a una chica muy jovencita del norte entrerriano que pasó la última etapa de su preñez instalada en la casa de mis tíos, para que no le falte nada a ella ni a la bebé. Después del parto todo se encaminó y mis tíos bautizaron a su hija María José.

De bebé pasó mucho tiempo con nosotros. Mi tía la llevaba cerca del mediodía, antes de ir a trabajar y mi tío la buscaba a la siesta, al volver de su empleo. Durante unas horas estábamos con ella, la hacíamos dormir, le dábamos la mamadera o la papilla, cambiábamos sus pañales, jugábamos y nos reíamos. Mi papá desplegó con ella el mismo temor que con mis tres hermanos y conmigo, por la posibilidad de que nos ahogáramos con un trozo de carne. Entonces también a María le cortaba el bife en pedacitos minúsculos que no se podían pinchar ni con un solo diente del tenedor.

Pasaron unos años y mis tíos acomodaron sus horarios y ya no necesitaron dejarla tanto tiempo en casa. La veíamos menos. En vacaciones de verano iba al club con sus padres, se pasaban allá tardes enteras. Como esa tarde de diciembre que María jugaba con otra nena que tenía más o menos su edad. Estaban sentaditas, una frente a la otra. Hacía calor pero era soportable porque soplaba un viento fuerte.

 

El viento me asusta. No es un sentimiento incontrolable, algo visceral que me provoque la necesidad de encerrarme en mi casa. Es más bien una especie de nerviosismo que me acompaña todo el día. Más aún cuando él no está conmigo. Escucho el chiflido de alguna ventana mal cerrada y por mi cabeza pasan imágenes que en cualquier otra circunstancia serían agradables, pero no cuando hay viento. Lo imagino corriendo en algún descampado o jugando en el parque, con su enorme sonrisa y el cabello dorado todo revuelto, y se me hiela la sangre.

Y me atacan los recuerdos. Bien digo me atacan, porque así me siento: agredida. Golpeada. Embestida. Quizás como se sintió María una tarde de Navidad de finales de los 80 cuando el viento, que soplaba fuerte, levantó una sombrilla mal hundida en la superficie, la hizo rodar unos metros y la terminó clavando en su cuerpito de cuatro años, en ese tórax que no habrá medido más de 20 centímetros de ancho. Increíble puntería.


Esa tarde mi hermano salió en bicicleta. Minutos antes alguien avisaba por teléfono a mi papá que María estaba internada, al borde de la muerte. Órganos vitales perforados. Pérdida de sangre. Irremediable. Sin esperanza.

Mi hermano fue el único que reaccionó: se fue en la bici. Los demás nos quedamos en casa, aturdidos. El clima era de abatimiento y estupor. Nadie entendía. ¿Cómo entender? En milésimas de segundo, y por razones impensadas, toda la felicidad del mundo puede desaparecer y no quedar nada. “Era su destino”, “Se la llevó dios”, “Le había llegado su hora”. Enunciados que tal vez a algunos le brindaron un poco de sosiego pero que a mí me sonaron incoherentes, desatinados y ridículos.

 

Esta tarde el viento sopla fuerte. Otra vez. Como aquella tarde en que me preguntaba cómo entender lo absurdo de la muerte, lo absurdo de la vida. 

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Comentarios:
Victoria
01/09/2015 23:21
Hermoso y triste relato... Si, muy absurdo...tambien la necesidad de una explicacion.
Gloria
01/09/2015 19:17
Me encantó. No se si es real o no, es triste,pero te lleva a pensar algunas cosas, como por ejemplo lo que vos decis..... lo absurdo de la vida.
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Una tarde de verano en Paraná. Sol. Mucho viento. Una sombrilla que se desprende del suelo y que rueda, empujada por las ráfagas. Miedo. Un recuerdo y una reflexión sobre lo absurdo de la vida.

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