Telaraña | eriodismo narrativo
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El Pelado no termina los libros
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martes 28 de julio de 2015
En esta entrega, el taxista paranaense trae una reflexión sobre la falta de tiempo para leer y sobre un drama psicológico que lo atormenta en lo más íntimo: hay una barrera invisible que le impide extender sus lecturas hasta esa palabra de tres letras que, etérea, siempre se le escapa entre los dedos.
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Telaraña

Subido a su taxi, si hay algo que extraña el Pelado de su vida anterior, de su vida como desocupado o como trabajador pedestre, es la posibilidad de completar sus lecturas. Ahora que tiene las dos manos ocupadas con el volante y la palanca de cambio, y los ojos clavados en el tránsito enloquecido de autos y motos que pasan semáforos en rojo en las esquinas de Paraná, ni siquiera tiene chances de robarle unos pocos minutos-hombre al patrón para regar el alma, el pensamiento y la imaginación con chorros tipográficos. Apenas le queda la escapatoria de la música y la radio.

De adolescente, recuerda, las siestas eran el mejor momento para el ritual: tirado boca abajo en la cama, sobre el piso ubicaba el objeto legible, que podría ser un libro de la variada biblioteca de sus padres, algún cuento de Cortázar, una columna de Julio César Pasquato (Juvenal) en la revista El Gráfico, la encuesta anual del suplemento Sí del diario Clarín o las letras de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota; hasta que comenzaba a arderle la pera de tanto estar apoyada sobre la colcha. La piel del mentón adquiría una textura irregular. Y ahí quedaba tatuada la costura de la manta. Entonces cambiaba de posición contra su voluntad. En invierno esa pose se complicaba porque la pieza era una heladera y meterse bajo las frazadas era, indefectiblemente, el movimiento previo a quedarse dormido. Pero la mayoría de las veces lo que empezaba a leer, lo terminaba. Con frecuencia, el camino de regreso de la escuela al mediodía lo hacía con las manos en los bolsillos y la cabeza dedicada a prepararse para el plan perfecto: almorzar sin respirar y echarse para seguir leyendo con el punto final como meta.

En la facultad, como todo estudiante universitario de las ciencias blandas, leer era la principal ocupación del día y de la noche. No es que tuviera pretensiones de erudito. Nada que ver: la mayoría de los textos filosóficos y sociológicos le resultaban aburridos y algunos hasta insoportables. Pero había otros que lo entusiasmaban y le daban impulso para no abandonar la carrera. Lamentaba en esa época que el tiempo para la literatura quedara casi en el abandono. Cuando empezó a trabajar, en segundo año, el leer se compatibilizaba con otras obligaciones menos intelectuales. Y cuando no tenía trabajo, el trueque de palabras impresas era un antídoto contra la crisis económica.

Una vez que por fin dejó la facultad de Comunicación Social, los libros fueron lo que lo mantuvieron con vida y cuerdo. Una señora lo había suscripto a un círculo de lectores, o algo así, le iba a vender a su casa y él compraba uno o dos volúmenes por mes. Novelas, cuentos y crónicas periodísticas fueron la elección en esa etapa de su vida en que experimentaba seguido esa sensación de una brisa suave en la cara, impulsada por las tapas cuando se cierran cada vez que una historia llegó a su fin.

Ahora el Pelado siente nostalgia de esos finales. Llegar hasta la última página es una odisea que pocas veces, o casi nunca, concreta. Tiene cuatro libros empezados y en ninguno llegó a la mitad. Hay dos en la mesita de luz, uno en el baño y otro que va dejando una vez en cada lugar. De noche, cuando no tiene que salir a la caza de pasajeros, no resiste una página entera antes de dormirse. O bien sucumbe ante el frenesí tinellesco del televisor a los pies de la cama. El momento en que más minutos puede dedicarle a esa pasión perdida es el de los trámites fisiológicos que ningún ser humano puede relegar y dura –lo tiene ya calculado– dos carillas y media.

Pero no es solamente la falta de tiempo lo que conspira contra su lectura; también lo hace el precio de los textos. Mientras mira las vidrieras de las librerías se pregunta si será por el costo del papel, por el marketing o por qué razón que se deben dejar tantos billetes para llevarse un material que parece interesante. Y esto lo obliga a revolver su biblioteca para descubrir algún ejemplar inexplorado perdido en el fondo de un estante.

Cada vez que pasa en el taxi por la puerta de la Biblioteca Popular aminora la marcha. Se desplaza lentamente por ese pedacito de calle Buenos Aires y espía hacia adentro a través de la puerta abierta tras las rejas. Es apenas un segundo, dos a lo sumo, pero a él le alcanza para llevarse una imagen de paredes forradas por lomos de todos los colores y alejarse hundido en la nostalgia y la resignación.

De todos modos, hay algo que el Pelado sí puede hacer por la lectura mientras navega por la capital entrerriana: aprovechar las paradas para ojear prosas escondidas que pesca con su celular, siempre que haya cerca un wi fi amistoso. Y así va, armando su imaginario hecho de retazos de historias y microrrelatos náufragos en el mundo digital. Acariciando hojas de ningún gramaje. Con el mentón liso y suave.


FIN


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