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La Noche del Mimeógrafo
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jueves 16 de julio de 2015
Se cumplen 39 años de la noche que inició el calvario de los estudiantes uruguayenses. Tras la captura del represor José Darío Mazzaferri, quien estuvo cuatro años prófugo, se retomaron las investigaciones y se espera el juicio oral en su contra. Crónica de uno de los hechos más trágicos de la historia entrerriana reciente.
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Martín Gerlo

El impacto del golpe había sido desigual, a pesar del miedo que poco a poco comenzaba a extenderse hacia todos los rincones del país. La escalada represiva que se desató en los grandes centros urbanos de la Argentina no mostró de inmediato su costado más crudo en algunas ciudades del “interior”, como Concepción del Uruguay, donde llegaban apenas las esquirlas de ese estruendoso estallido que fue el 24 de marzo de 1976.

En aquel entonces las localidades entrerrianas del este de la provincia presentaban una configuración política y cultural distinta a la de Paraná, capital y cabecera de la otra costa. Mientras aquí los intercambios se daban de manera fluida con Rosario y Santa Fe, donde el poder luego estableció un microcircuito represivo, allí las influencias provenían en su mayoría de La Plata y Capital Federal, ciudades en las cuales muchos uruguayenses continuaban sus estudios en la etapa universitaria y tomaban contacto con las tendencias políticas e ideológicas predominantes.

La supresión de libertades y el clima de restricciones, sin embargo, comenzaron a sentirse algunos meses antes del golpe, al igual que en el resto del país. “Todos estos jóvenes estaban escapando. Quedamos guachos”, recordaría mucho después César Román, quien en 1975, cuando cursaba sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, sufrió en carne propia una de las primeras consecuencias de aquellos cambios y fue expulsado del establecimiento. Había encabezado la protesta por la eliminación de una asignatura que consideraban fundamental, como Estudio de la Realidad Social Argentina, y a las autoridades les pareció motivo suficiente para cerrarle las puertas de la institución. La exclusión curricular había llegado de la mano del nefasto ministro de Cultura y Educación de la Nación durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón, Oscar Ivanissevich, en una de las tantas medidas que comenzaron a allanar el camino hacia la total supresión de las libertades políticas y sociales.

La educación había sido uno de los flancos de ataque predilectos para la derecha peronista, que tras la muerte de su líder había comenzado un ascenso meteórico en el poder, amparados por la viuda del General y por el ministro de Bienestar Social, José López Rega. La creación de una fuerza paramilitar represiva como la Triple A debía ser acompañada por otras medidas de contenido ideológico, apuntadas al control y modificación de contenidos curriculares, la censura y los límites a la organización estudiantil. En una circular fechada el 22 de enero de 1975, firmada por Ivanissevich, se había decretado la prohibición para formar nuevos centros de estudiantes en los establecimientos de nivel medio y la suspensión de actividades para aquellos que ya existían, instando a las autoridades de cada espacio al cumplimiento de la disposición.

Román continuó sus estudios en la Escuela Normal, donde fue designado delegado de curso mientras Roque Minatta —quien durante el tercer gobierno de Jorge Busti sería nombrado subsecretario de Derechos Humanos de la Provincia— presidía el Centro de Estudiantes. En ese entonces el espacio que lograba nuclear a la militancia era la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), donde participaban jóvenes de distintas filiaciones ideológicas. “Hubo una contracción tan fuerte del campo político en 1976 que lo único que funcionaba era la UES”, recuerda.

Fue ahí que los estudiantes comenzaron a planificar un conjunto de protestas contra el régimen. Aún creían posible que un clima de agitación más o menos generalizado podía dar lugar a un movimiento de resistencia que propicie la salida a la dictadura, una especie de Argentinazo que retomaría el ejemplo de experiencias anteriores, como la de Córdoba y Rosario en tiempos de Onganía. Con esa idea imprimieron una serie de volantes, que distribuían mediante un método simple pero ingenioso: cortaban los bolsillos de sus pantalones, donde escondían los folletos, y caminaban dando ligeros movimientos de piernas mientras los dejaban caer lentamente al piso, evitando así ser identificados como los autores de la maniobra. Habían arrasado con dos conquistas políticas muy importantes para el sector: junto a la posibilidad de agruparse en centros de estudiantes les fue arrebatado el medio boleto estudiantil, y la oposición a esas decisiones fueron las consignas que guiaron su acción. Les resultó imposible imaginarse entonces las consecuencias que tendría su reclamo, que terminó desatando el esquema represivo hasta entonces más o menos contenido.

                                                                 *****

En la tranquilidad de una redacción en la siesta paranaense, César Román va hilvanando un complejo relato que entrelaza cuidadosamente su experiencia personal con sus estudios de historiador.

—Yo era un adolescente que leía historia de las revoluciones. La que más me había impresionado era la alemana, liderada por Rosa Luxemburgo. Y leía también la revista Pelo. Ahí me habían impresionado mucho las traducciones de las letras de John Lennon, y ni hablar cuando empecé a escuchar Pink Floyd. Yo era eso: más militante de ese rock que de la cuestión política.

De la revolución cultural en Inglaterra, analizada por Eric Hobsbawm, hasta la formación de los grupos militantes en Concepción del Uruguay, todo se presenta como un eslabón en la cadena de acontecimientos que permite comprender la radicalización de los sectores medios y el surgimiento de los movimientos de liberación en todo el mundo. “Hacer un libro sobre las organizaciones armadas es mucho más fácil que hacerlo sobre las juventudes políticas”, explica. Y es que entonces Román ya alcanzó la certeza de que será imposible estudiar nuestro pasado reciente sin modificar el paradigma que pone el foco en el poder represivo, por un lado, y las acciones de las guerrillas, por el otro. Además de la resistencia obrera, una resistencia de tipo cultural protagonizada por los jóvenes será el prólogo a la irrupción en la política de nuevos sectores, que posteriormente sufrirían el recrudecimiento de un sistema rígido que no estaba dispuesto a aceptar sus demandas.

—Los libros más importantes sobre los ’60 y ’70 todavía no se escribieron —resume.

Lindo título para la entrevista.

Román sintió de repente la fría e implacable presencia de los policías de la Federal, que lo interceptaron cuando regresaba a la casa de su tía materna cerca de la nueve de la noche de ese 19 de julio de 1976. Alcanzó a mostrarles su documento, pero rápidamente comprendió que no era lo que buscaban.

Lo agarraron de los brazos y lo introdujeron a la fuerza en un automóvil Dodge 1500, que inició su marcha custodiado por un Ford Falcon verde.

—Pendejo de mierda, empezá a pensar lo que vas a decir porque te vamos a reventar —le advirtió uno de sus secuestradores.

Una hora antes, a escasas cuadras, había sonado el timbre en la casa del Changui Rodríguez, otro de los miembros activos de la UES, quien abrió la puerta y alcanzó a ver a uno de sus compañeros de militancia escoltado por dos personas de civil: su presencia resultó una trampa, un señuelo, y segundos más tarde lo subieron al mismo vehículo que detendría después a Román. El auto era propiedad de José Darío Mazzaferri, quien comandaba la represión en la zona. En esa oportunidad lo acompañaba Julio César Rodríguez, que ya entonces ostentaba pomposo el nombre de guerra por el que sería conocido posteriormente: El Moscardón Verde.

El grupo de represores había llegado desde Buenos Aires ese mismo año. Mientras de día la Policía Federal funcionaba de manera legal, por las noches la patota se acoplaba a los agentes en ejercicio de sus funciones y ejecutaban las maniobras represivas.

Los jóvenes habían sido secuestrados uno por uno a lo largo de ese nefasto 19 de julio. Carlos Martínez Paiva y Darío Moren cayeron primeros, y a ellos les siguió Peluffo, mientras la noche se iba adueñando definitivamente de la ciudad. Tras las detenciones del Changui Rodríguez y César Román se produjeron, casi en simultáneo, los secuestros del Negro Zenit y el Kaku Rodríguez, completando la lista con el Tano Valente minutos antes de la medianoche. Minatta, a quien habían buscado primero, eludió ese día la detención por hallarse en el sur, aunque fue privado de su libertad ni bien regresó a Concepción del Uruguay.

Los jóvenes de entre 16 y 17 años fueron trasladados a la Delegación Local de la Policía Federal, donde se enteraron que sus compañeros Juan Carlos Cacu Romero y Víctor Baldunciel habían corrido la misma suerte que ellos, detenidos en idénticos operativos perpetrados casi en simultáneo. Los interrogatorios se efectuaron en forma individual. Eran sacados del Casino de Oficiales y sometidos a tortura, mientras Mazzaferri les preguntaba insistentemente por el mimeógrafo y los golpeaba en la cabeza con su arma reglamentaria. El agente encargado de su traslado se sentaba en la puerta de acceso al lugar, procurando quedar al alcance del tocadiscos ubicado sobre un antiguo mueble. Tenía la orden de subir la música cada vez que oía gritos.


—¿Así que vos sos el existencialista? —exclamó burlonamente Crescenso durante uno de los interminables interrogatorios a Román, a quien tras su detención le habían secuestrado el libro La Náusea, del filósofo francés Jean Paul Sartre.

El joven estudiante secundario permaneció en silencio, “no por valiente, sino porque no sabía qué decir”, recordaría más de treinta años después.

Las acusaciones en su contra eran desmedidas y hasta ridículas. Además del mimeógrafo donde se habían impreso esos volantes, le preguntaban por su compañero Carlos Martínez Paiva y por la existencia de armas. Sufrió la golpiza más grande de su vida, en la cual terminaría perdiendo un testículo, y que lo haría cargar de por vida un “indescifrable dolor no dicho”.

                                                                     *****

Con la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final se abrió una nueva etapa en la Argentina, donde tras mucho tiempo de impunidad se les permitió a las víctimas brindar su testimonio y avanzar en el juzgamiento de los responsables del genocidio perpetrado durante la última dictadura. Habían pasado muchos años, pero Román nunca se alejó de la política y siempre siguió de cerca los pasos que iba dando el movimiento de derechos humanos. En el ocaso de la dictadura se afilió a la Juventud Comunista, fuerza en la que siguió militando cuando se mudó a Mar del Plata en 1984, poco antes que ese espacio sellara un acuerdo con el Movimiento al Socialismo de Luis Zamora, el dirigente que pasaría a convertirse en su referente por casi dos décadas.

A fines de los ’90 ya había sufrido varios desencantos, pero tras la debacle del 2001, en cambio, sintió que el clima se había transformado y que era posible reabrir algunos debates, perspectiva que se vio reforzada luego por esta decisión política que daba lugar a nuevas posibilidades.

—Vos tenés que ir a Concepción del Uruguay y hacer la denuncia —le dijo entonces la diputada Patricia Walsh, una de las legisladoras que más había trabajado para conseguir el fin de las leyes de impunidad.

Fue necesario meditar apenas algunos detalles, pues la decisión ya estaba tomada.

                                                                   *****

La causa que tuvo su origen en la denuncia de César Román llegó a juicio oral en 2012, luego de seis años. A ella se incorporaron los expedientes que investigaban lo ocurrido en Concordia y Gualeguaychú, configurando una megacausa que ventiló los hechos acontecidos durante la última dictadura en toda la costa del Uruguay. Además de los responsables de la represión en esa zona se había logrado la imputación del ex ministro del Interior de la dictadura Albano Harguindeguy, la única que llegó a sentarlo en el banquillo de los acusados antes de su muerte, ocurrida el mes previo a la sentencia.

La decisión del tribunal produjo sensaciones encontradas, ya que a pesar de haberse logrado la condena para cuatro de los imputados (Juan Miguel Valentino, Naldo Miguel Dasso, Francisco Crescenso y Julio César Rodríguez, El Moscardón Verde), tres de ellos resultaron absueltos (Juan Carlos Mondragón, Marcelo Pérez y Santiago Kelly del Moral). El ex comandante del Segundo Cuerpo del Ejército, Ramón Genaro Díaz Bessone, había sido apartado de la causa previamente por razones de salud.

Más allá del balance sobre las condenas y las absoluciones que le pusieron fin a tantos años de impunidad, una de las sillas había quedado vacía durante el proceso. Uno de los responsables de la represión estaba libre, y eso a las víctimas aún no les permitía cerrar todas las heridas y dar vuelta la página. De todos modos, ya habían logrado torcerle el brazo a la historia, juzgando a varios de sus torturadores. Eso los alentó a no perder las esperanzas.

*****

—Soy profesor de Historia porque lo que hacía falta en Nicaragua eran docentes y enfermeros. Y yo, si veo sangre, me desmayo —se despacha Román mientras esgrime una sonrisa cómplice.

La militancia política lo condujo, como a muchos otros de su generación, a solidarizarse con la Revolución Sandinista. Ese hecho lo marcó para siempre, porque ahí encontró su vocación y a su compañera de vida. “En ese marco conocí a quien hoy es mi esposa. Nos enamoramos y nos casamos”, recuerda. Fue muy duro para él atravesar aquella década en su condición de víctima del terrorismo de Estado, ya que la teoría de los dos demonios no los contemplaba. Los sobrevivientes del horror —reflexiona— no tenían lugar en el relato sobre lo ocurrido en la última dictadura.

—Una cuestión muy perversa de esa teoría es la culpa de por qué uno está vivo. Creo que recién entendí esto en el juicio.

                                                                   *****

Lo primero que hizo Román cuando se enteró por los medios fue comunicarse con su amigo Carlos Martínez Paiva, con quien había compartido aquellas trágicas jornadas de 1976. “Lo llamé porque él sufrió mucho con esto. Con él se ensañaron mucho”, sintetiza. Sólo ellos dos comprendían el profundo significado de esa noticia y compartían la indescriptible alegría por lo sucedido: tras hallarse cuatro años prófugo habían recapturado a José Darío Mazzaferri, el ex policía que dirigió la represión en Concepción del Uruguay y que había escapado en 2009, eludiendo su juzgamiento. Se trataba nada menos de quien debió ocupar la silla vacía durante el juicio.

Muchos testigos remarcan el ensañamiento con el cual los torturadores se dirigieron hacia Darío Moren, Valente y Martínez Paiva, cuyas detenciones además se prolongarían, debido a que tras la liberación del primer grupo fueron trasladados a Gualeguaychú, Paraná y Coronda, obteniendo su libertad recién un año y medio después. Martínez Paiva es el único de ese grupo que aún vive.

—No es una casualidad que Darío y Valente hayan fallecido relativamente jóvenes. Evidentemente son secuelas de la tortura— razona Román.

Si bien todas las víctimas pudieron sobrevivir al horror, las consecuencias de los tormentos físicos y psicológicos fueron determinantes para arrancarles la vida a ambos muchos años después.

                                                                 *****

La denuncia realizada en su momento por Román había cobrado un impacto adicional, desde que el periodismo y algunos militantes de derechos humanos dilucidaron que el “Mazzaferro” al cual se refería en su testimonio era, en realidad, José Darío Mazzaferri, tercero en el orden jerárquico de la Policía Federal durante esos primeros años del kirchnerismo.

Uno de sus compañeros de detención y amigo personal, Roque Minatta, ocupaba el cargo de subsecretario de Derechos Humanos de Entre Ríos. En ese momento recibió un llamado con consultas e instrucciones del ex presidente Néstor Kirchner, antes de ordenar la baja de Mazzaferri de la fuerza de seguridad.

Desde entonces la figura del policía no pasó desapercibida, por lo que en 2009 aprovechó un descuido para fugarse. Ese mismo año, además, desconocidos ingresaron y robaron en el estudio de la abogada María Caccioppoli, conocida defensora de víctimas del terrorismo de Estado, lo que constituía un claro mensaje intimidatorio imposible de despegar de aquella evasión.

El torturador Mazzaferri, cuyo rostro había poblado decenas de afiches con la consigna de su búsqueda, fue hallado en diciembre de 2013 en la provincia de Buenos Aires, trasladado al Juzgado Federal de Concepción del Uruguay y finalmente alojado en la cárcel de Devoto. El camino había sido sinuoso, con varios traspiés y decepciones, pero aquel día las víctimas de “La Noche del Mimeógrafo” festejaron silenciosamente una nueva victoria colectiva. El principal responsable de los tormentos que les habían infligido 37 años antes sería juzgado.


Foto: Mazzaferri en Tribunales, El Miércoles. 

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Comentarios:
César Román
16/07/2015 12:16
Siempre que se aproxima la “Noche del Mimeógrafo” experimento emociones de angustia. Paradójicamente cuando leo esta nota -la que en alguno de sus párrafos me emocionó profundamente- sobre su final tuve una extraña sensación de tranquilidad, como si algún extraño proceso catártico hubiera sucedido sin dame cuanta, algo parecido al final de un cuento de Poe. La magia de la memoria creo. Tiene historia y el talento literario de quien escribió esto.
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Se cumplen 39 años de la noche que inició el calvario de los estudiantes uruguayenses. Tras la captura del represor José Darío Mazzaferri, quien estuvo cuatro años prófugo, se retomaron las investigaciones y se espera el juicio oral en su contra. Crónica de uno de los hechos más trágicos de la historia entrerriana reciente.

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