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Plantarse en la verdad
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sábado 20 de junio de 2015
Cuando Horacio Poggio fue secuestrado en 1976, Viviana tenía 11 años. Como otros hijos de militantes no heredó sus cosas, sino pequeñas historias de familiares y sobrevivientes. Nunca pudo hablar de su padre desaparecido, hasta que la estructura de silencio se quebró y no hubo otro camino posible que vivir en la verdad.
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Gisela Romero

Un televisor, una lámpara, dos libritos, muy pocas fotos, el expediente, el hábeas corpus. Apenas un puñado de recuerdos. Solo eso atesora Viviana Poggio de su viejo Horacio, detenido desaparecido durante la última dictadura cívico militar. “Los hijos de los militantes no heredamos cosas”, dice con los ojos empapados.


Horacio Poggio fue secuestrado en un operativo realizado en el Sindicato de Prensa de Córdoba. Eran las cuatro de la tarde del 23 de julio de 1976 cuando su compañera de trabajo, Estela, lo vio por última vez. Observó cómo era empujado por las escaleras desde un primer piso por un grupo de cuatro o cinco uniformados, cómo lo agarraban de los pelos para que no escapara, cómo lo introducían atado en la cajuela de una pick up, cómo se esfumaba todo rasgo de Horacio para siempre.

La noche que Horacio no regresó, Viviana, la mayor de sus hijas, dormía junto a sus medio hermanos Carolina y Sebastián. Angélica, esposa de su papá, que transitaba el octavo mes de embarazo, la despertó en medio de la madrugada para decirle que quedaría a cargo de los niños, que ella iría a buscarlo. El amanecer los encontró solos. Hasta que un amigo de su padre golpeó la puerta de la casa y le pidió a Viviana que preparara sus cositas y lo acompañara. En el trayecto que separaba el hogar de los Poggio de la casa de su mamá Raquel Camilión, supo que su papá estaba preso. Hasta el día de hoy no recuerda con quiénes quedaron los pequeños de 7 y 3 años mientras ella emprendía el regreso a los brazos de Raquel y su esposo Roberto y de su otra hermana.

Mamá salió a la puerta como preguntando por qué estaba de vuelta, porque no me esperaban tan pronto; le dije que mi papá estaba preso. Eso fue todo. Silencio. Después me metí al baño a llorar un rato para que no se me notara, salí y no se habló más del tema. Entonces imaginaba que estar preso era estar en una cárcel con un traje rayado y con gorrito, y haber hecho algo muy malo. Creía que en algún momento lo iba a poder ver o iba a salir, así que me llevó mucho tiempo entender que eso no era temporal. Siempre pensaba que mi viejo estaba en algún lado, aunque no supiera dónde y hasta hoy es una situación que me resulta imposible entender. Por eso, después de mucho tiempo pude escribir las dos palabras: detenido-desaparecido.

Viviana tenía 11 años. Angélica parió a Eleonora en la clandestinidad el 26 de agosto. Todo lo que ocurrió desde este acontecimiento hasta que la compañera de su papá dejó a los tres chicos en la casa de los abuelos paternos, donde vivieron tres años, es desconocido para ella. Supo, con el correr de los años, que Angélica se exilió en México y que sus hermanitos viajaron solos a reencontrarse con su mamá.

A partir de entonces, Viviana trazó varias estrategias para poder seguir adelante, para pasar desapercibida, para que nadie supiera que tenía un padre desaparecido, para hacer de cuenta que esa historia no era suya. A lo largo de muchos años lo logró, en la escuela primaria yendo a las reuniones y a los actos con su mamá y el esposo, a quien presentaba como su papá; escribiendo que su padre había muerto en un accidente cuando llenó la planilla de ingreso a la Facultad de Odontología de Córdoba en 1983; radicándose en María Grande en 1988, recién recibida, junto a su abuela, donde nadie la conocía y podía pasar sus días entre el hospital, los tejidos y las novelas. El silencio era su aliado hasta que llegó el matrimonio con Luis Garay, su militancia política, sus proyectos de vida y más tarde sus dos hijos, Felipe y Vicente. Fue el momento de reconstruir la historia para seguir.

La pregunta de Vicente

Desarmar la ilusión para construir la realidad no fue una tarea fácil para Viviana, pero en el '99 un viaje a la casa de sus abuelos en Concepción del Uruguay, junto a su compañero y sus hijos, se constituyó en un hito personal.

Ahí había fotos que mis abuelos tenían de mi papá y hubo que confrontar la historia, porque para Vicente su abuelo materno siempre fue Roberto. Él empezó a preguntar quién era ese abuelo Horacio, miraba las fotos, miraba a sus bisabuelos y no entendía dónde calzaba. Entonces le explicamos que el papá de mamá se había muerto. Esa debe haber sido de las primeras veces que dije que mi papá estaba muerto, siempre decía: no está. Cuando terminó la visita nos subimos al auto y Vicente empezó a llorar desconsoladamente. Yo no podía hacerme cargo de ese duelo. Él preguntaba por qué no había podido conocerlo y no sabía qué contestarle, así que Luis lo hacía. Él estaba llorando mi duelo. Entonces interpelada con la historia frente a frente y con mis hijos empujándome a que me hiciera cargo, fui a terapia. Fue una gran crisis, una nueva búsqueda de apoyo y una nueva mirada.

Viviana tenía 34 años, Vicente, 3. La terapia se extendió hasta 2010, hubo momentos devastadores y un tránsito por todas las instancias de duelo: el enojo, el reclamo y la aceptación. “Me llevó muchísimo tiempo y siempre pongo a la mirada de mis hijos como una referencia. Se los agradezco porque fueron tan honestos que se plantaron tanto en la verdad, que me obligaron a mí a pararme en la verdad también”, cuenta, una siesta cálida paranaense de un otoño que se niega a asomar.

A partir de quebrar la estructura que se había formado, empezó a conectar con la emoción y no hubo otra forma de seguir adelante que no fuera con la verdad. Empezó a sentirse más entera, a identificarse con la música y con todo aquello que había dejado con llave, guardadito, en el pasado. Comenzó a recuperar la historia y a tomarla. Sus hijos biológicos y los militantes de H.I.J.O.S. Paraná, adonde se sumó, jugaron un rol fundamental. Los ojos de la agrupación se depositaron en ella, se sintió interpelada desde la responsabilidad de no guardarse lo vivido, se reconoció emocionada al animarse a decir que sí iba a participar y de escuchar que la habían estado esperando, que sí iba comprometerse, a marchar con la foto de su padre desaparecido cada 24 de marzo.

Hay una incondicionalidad en H.I.J.O.S. que trasciende cuestiones que son coyunturales para los integrantes. En lo profundo es como pasa con los hermanos: nos podemos pelear pero a la agrupación le aporto desde otro lugar, cuidando la afectividad del colectivo. Esa tarea es como hermana más grande, que pone la casa y está disponible para hacer comidita rica. Además, institucionalmente ha sido vital para mí encontrarme contando mi historia y descubriendo que a uno de Bahía Blanca le pasó lo mismo, a otro de Mar del Plata más o menos y a otro no le pasó nada pero igual está. Y todos vivimos esa situación como niños y hoy somos adultos con la responsabilidad de que a nuestros niños les llegue de otra manera y no pase nunca más.

Horacio, papá

Viviana no sabe, desconoce, no ha podido encontrar a muchas personas que le hablen de su papá militante, de su papá trabajador. Cuando empezó a investigar sobre su vida encontró abundantes “no”. A partir de relatos familiares sabe de su compromiso en el centro de estudiantes durante la secundaria en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, allá por los '60. Ha escuchado que llegó a plegarse a las huelgas de hambre por la educación laica y hasta a encadenarse en la institución. Tiene conocimiento de que en su paso por la Facultad de Derecho de Santa Fe se sumó al Movimiento de Liberación Nacional, más conocido como “El Malena”, y que al instalarse en Córdoba integró la rama trabajadora de la organización, siendo obrero de Renault. Pero desde el momento en que se alejó del MLN, alrededor del '68, no hubo más testimonios sobre su actividad militante.

Sin embargo no tiene evidencia de que haya sido de tal o cual movimiento político, tampoco puede asegurar que haya sido periodista, aunque su nombre aparece en la lista de periodistas desaparecidos. Por esto, si debe definirlo no abundan los argumentos. Prefiere catalogarlo como un trabajador de prensa, que “escribía libritos y hacía algunas publicaciones”. Nunca visitó el Sindicato de Prensa de Córdoba, aunque sí había concurrido a su anterior trabajo, en Luz y Fuerza, porque había un microcine adonde su mamá la llevaba y él la esperaba.

No tengo quién me diga qué era mi viejo y me trae un poco a lo que me pasa conmigo. Hoy puedo decir lo que no hago. Siento que me faltan palabras para definir su accionar, su pensar, su ideología o hasta qué sentía.

Todo lo que puede contar de su papá es a partir de un registro parcial, construido en función de relatos subjetivos que fue escuchando durante más de 30 años. No solo por su corta edad al momento que fue secuestrado Horacio sino también por la falta de convivencia con él, a quien veía los fines de semana desde que tenía dos años y medio, son contados los recuerdos que puede compartir.

Debo haber estado muy enamorada de mi papá, imagino que transité la etapa del complejo de Edipo a escondidas, porque siento ahora mirándolo a lo lejos que tenía dos lealtades. Una concreta hacia mi padre, a quien veía como lo más hermoso del mundo, y otra a ese papá que era el que me cuidaba y a su vez quería a mi mamá y mi mamá lo quería a él.

Viviana rememora algunas mudanzas intempestivas de su padre junto a Angélica. Recuerda a Horacio viviendo en un departamento y al fin de semana siguiente en otra casa. Dice que veía como algo mágica la vida de ese hombre, dormilón, al que le gustaba cocinar y hacía comidas que en la casa materna no comía.

Una vez, llegó a visitarlo y había pintado una alacena de color lila. En otras oportunidades, sumergía las botellas de vino en agua para sacarles las etiquetas y pegarlas en la pared de la cocina a modo decorativo.

Evoca un viaje a Rosario, en auto, y la visita al Monumento a la Bandera, mucha gente y fuegos artificiales que le daban miedo. Y rememora a su padre diciéndole que no pasaba nada y subiéndola a los hombros. “Pude ver desde arriba a toda la multitud y tengo esa imagen grabada”, revela, buceando en la memoria.

Dicen que era un sol, un divino, enumera Viviana. Dicen que era un cuadrazo, que tenía claridad de concepto, que era inteligente, un ser inquieto intelectualmente, formado, muy lector. De hecho tenía una biblioteca enorme. Dos paredes llenas de libros. Ponía ladrillo hueco, madera, ladrillo hueco, madera y armaba bibliotecas hasta casi tocar el techo. De eso no quedó nada.

Entre tantos “no” que han rondado su vida, Viviana tiene una certeza clara que la ha acompañado: sabe que es hija de Horacio Poggio, un uruguayense a quien le arrebataron su vida en la última dictadura cívico militar. Un hombre que, parece, se lo tragó la tierra, pero que vive en el corazón de su hija, tanto como en aquellos que levantan su nombre en lo alto, reclamando memoria, verdad y justicia.   


Quienes hayan conocido a Horacio Poggio y tengan datos para aportar, pueden comunicarse con hijos_parana@yahoo.com.ar

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Comentarios:
Adelina M de Poggio
10/07/2015 12:39
Hola Viviana , la historia de tu padre ya la habíamos leido con mi esposo, él vendría a ser primo segundo de tu papá su nombre es Miguel Angel Poggio también nacido en C del Uruguay, mi suegro era primo hermano de Carlos María Poggio, nosotros vivimos en Rosario del Tala y soy amiga de la mamá de Gisela Romero,Cada vez que veía tu nombre y apellido lo asociaba al de Horacio Poggio
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Plantarse en la verdad
Cuando Horacio Poggio fue secuestrado en 1976, Viviana tenía 11 años. Como otros hijos de militantes no heredó sus cosas, sino pequeñas historias de familiares y sobrevivientes. Nunca pudo hablar de su padre desaparecido, hasta que la estructura de silencio se quebró y no hubo otro camino posible que vivir en la verdad.

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