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De lecturas y lectores
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lunes 08 de junio de 2015
¿Cuál es el mejor lugar y tiempo para leer? ¿Cómo y cuánto se lee?¿Cuántas páginas debería leerse por día para ser un lector medianamente culto? En esta crónica, el autor intenta responder y reflexionar sobre estos y otros interrogantes.
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Ariel Vittor
Jorge Luis Borges imaginaba el paraíso como una interminable biblioteca, repleta de volúmenes, a modo de nirvana laico e iluminista, para festín de los lectores compulsivos. Era también Borges quien prefería jactarse de los libros que había leído antes que de los que había escrito. Y eso que no escribía nada mal.

Aún sin necesidad de apelar a ningún más allá, el retiro en compañía de doctos libros, como sostuviera Quevedo en su poema, pareciera hoy ser una pasión en decadencia que este escriba intentará elogiar en esta nota.

No hay unanimidad de opiniones respecto de los espacios físicos que facilitarían o invitarían a la lectura. Hay quienes defienden la lectura al aire libre, con la espalda sobre un árbol, los pies sobre el pasto y las piernas flexionadas. Una estampa bastante bucólica que este cronista, reconocido animal de ciudad, considera poco atrayente, porque imagina una multitud de insectos interrumpiendo pronto la lectura. Marguerite Yourcenar, la recordada autora de Memorias de Adriano, sostenía que sólo es posible leer provechosamente en una habitación a oscuras, con una lámpara iluminando sólo el libro, apoyado éste a su vez sobre un escritorio. Suscribo la recomendación de Yourcenar y de hecho es la que practico más asiduamente. Leo en mi escritorio, con una vieja lámpara que periódicamente debo enderezar, y con lápices y un sacapuntas siempre a mano, porque la verdadera lectura supone el subrayado y las anotaciones.

Pero también existen los partidarios de la lectura en la cama. No es tan sencillo leer en el lecho, y no sólo porque suele ser difícil acomodar la espalda, sino porque también lo es el subrayar con lápiz o marcar con resaltador. Alberto Manguel, quien fuera lector del citado Borges cuando éste ya había perdido la visión, en su libro Una historia de la lectura, nos recuerda que la cama fue sitio desde el cual los personajes importantes, desde aristócratas feudales del Medioevo hasta reyes de comienzos de la modernidad occidental, despachaban asuntos públicos. Manguel sostiene que la intimidad del dormitorio como espacio para la lectura fue una conquista de lento desarrollo histórico.

Más complicado aún es leer en un colectivo en movimiento. Los oftalmólogos no lo recomiendan, por el enorme desgaste que supone para los ojos el acomodamiento casi permanente en busca de la línea impresa. Pero aunque esa recomendación sea pertinente, la otra opción de viaje suele ser entregarse a esas insufribles películas auspiciadas por azafatas de sonrisa falsa y dudoso gusto cinematográfico. Para los lectores consuetudinarios, la opción no ofrece demasiadas dudas: en cuanto arranca la película, buscamos en nuestro equipaje de mano ese libro que veníamos leyendo antes de salir de viaje. Y hasta intentamos proseguir el subrayado del texto, acompañando ahora el vaivén de la mole en ruta.

Como se dijo, el subrayado, las marcas y/o las acotaciones en los libros son inescindibles de la buena lectura. Su aparición en la superficie de papel revela la intervención de un lector activo. Sin embargo, existen atropellos en el ejercicio de esta actividad. Tal el caso de los profesores que subrayan los libros de la biblioteca de la universidad, esgrimiendo el enclenque fundamento de que ellos compraron los ejemplares con el dinero de algún intrascendente proyecto de investigación. Esta abominable modalidad de terrorismo académico no admite disculpas. Casi con toda seguridad, el informe de la investigación ingresará rápidamente al olvido en algún polvoriento anaquel, sus autores se dedicarán a pelear por alguna beca o estipendio, mientras que los libros de la biblioteca habrán quedado tristemente inutilizados para futuros lectores.

Afortunadamente, existen lugares donde los volúmenes se cuidan más que en las universidades. Este cronista puede atestiguar que así sucede en las cárceles. En oportunidad de desarrollar un breve ciclo de charlas para los internos de una unidad penal, pudo constatar el respeto que allí se tiene por los libros. Para la inmensa mayoría de quienes están presos, los libros tienen mucho más prestigio y seriedad como herramienta de acceso al conocimiento que los medios de comunicación. En la cárcel, los libros están ordenados, limpios y cuidados en una modesta biblioteca. A los internos no se les ocurriría estropear libros que no les pertenecen, a diferencia de lo que hacen algunos profesores de la universidad. Quizá esto se deba a que los presidiarios arman su biblioteca en base a donaciones, mientras que los profesores los adquieren con dineros públicos.

Preguntar qué se está leyendo es, para muchos lectores, este cronista incluido, casi una contraseña, cuando se tiene particular interés en indagar en la personalidad de alguien. Lo mismo sucede cuando uno visita por primera vez una casa e intenta, con algún disimulo, echar una mirada a los libros de la/el residente. Suponiendo, claro está, que la morada en cuestión tenga libros, lo cual ya no puede darse por descontado tan fácilmente como en otras épocas.

En materia estacional, este cronista es partidario del otoño y el invierno para el ejercicio de la lectura sistemática. Una vez que el tórrido verano ya ha quedado atrás, el lector asiduo puede planificar las lecturas que habrá de encarar cuando el frío le depare un mayor encierro.

Por el contrario, el verano resulta una estación singularmente contradictoria para la lectura sistemática. Por un lado, es la estación de las vacaciones, lo que conlleva básicamente tiempo libre para leer. Por otro, es el momento del año regido por la canícula, y el devastador calor hace transpirar todo el cuerpo, manos incluidas, con lo que la operatoria de subrayar, apuntar y/o tomar nota se ve complicada.

A lo anterior se agrega que los viajes suelen ser más frecuentes en las vacaciones de verano. Y cuando el lector viaja, se trasmuta. Su natural curiosidad (un indiferente no puede ser buen lector), se orienta ahora al descubrimiento del lugar en el que se está de viaje, se materializa en parvas de folletos y se expresa en apuntes de cuaderno o fotografías. En estos casos, la lectura con la que se inició el viaje puede quedar relegada a un segundo plano, ante la nueva avalancha de información situacional.

Pero según parece, los lectores de libros vamos camino de convertirnos en miembros de una cofradía en extinción. Esto comienza a notarse incluso hasta en los pasillos y aulas de las universidades, donde ya es harto evidente que los estudiantes leen menos libros que antes. Y no parece que la falta de tiempo sea la explicación.

Para probarlo, le pido al lector atento que me acompañe en un cálculo rápido, habida cuenta de las rudimentarias habilidades de este escriba en la matemática. Veamos. Si un joven leyera a un ritmo de 15 páginas al día, lo cual sería un ritmo bastante parsimonioso, en un año leería 5475 páginas. Dependiendo de la extensión de cada libro, ello supondría aproximadamente entre 18 y 20 libros por año. De modo que la lectura de 100 libros importantes del pensamiento humano sería un horizonte cultural que un joven podría alcanzar en aproximadamente 5 años, y ello sin apurar demasiado el tranco de 15 páginas diarias. Dicho de otro modo: en ese lapso y con ese ritmo, lograría convertirse en un sujeto medianamente culto. Pues bien, ¿cómo es posible que haya estudiantes de ciclos superiores universitarios que no tengan leídos siquiera una decena de esos 100 libros? El conformismo y la fascinación digital de la educación posmoderna viene pretendiendo disfrazar esta hecatombe cultural mediante la excusa de que “los chicos leen otras cosas”. Pero ¿qué cosas? ¿El “facebook” de sus amistades virtuales? Porque está claro que mientras los libros parecen ir a la baja, las redes sociales están en pleno auge.

¿Dónde quedó aquella promesa de los años ´70 del siglo XX, de que con la informática se revolucionaría la educación? ¿Qué fue de las “autopistas de la información”, que supieron defender desde el presidente francés François Miterrand hasta el vicepresidente estadounidense Al Gore, y que supuestamente harían de los jóvenes sujetos mejor educados?

Ya entrado el siglo XXI, los lectores de libros en papel nos preguntamos, con justificada preocupación, si la andanada audiovisual no estará convirtiéndose en una real amenaza para la supervivencia de los libros, tal como el fuego lo era en Fahrenheit 451, la célebre novela de Ray Bradbury.

Foto: ipidar.org
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Comentarios:
Guillermo Hang
30/06/2015 07:30
Muy bueno. Fantastica descripcion.
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¿Cuál es el mejor lugar y tiempo para leer? ¿Cómo y cuánto se lee?¿Cuántas páginas debería leerse por día para ser un lector medianamente culto? En esta crónica, el autor intenta responder y reflexionar sobre estos y otros interrogantes.

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