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Voces sobre la droga
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martes 26 de mayo de 2015
Una madre de Lomas del Mirador II permitió que su hijo consumiera drogas en su casa por miedo a que lo mataran en una esquina. Una rectora denunció que en los barrios delinquen para drogarse. Miradas de los consumos problemáticos en Paraná, donde se registran 14 homicidios en los que el narcotráfico sería el trasfondo.
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Gisela Romero

Una piedra, una bala, un escupitajo, una trompada en la oscuridad, un arrebato, una riña entre vecinos, entre vecinos con la Policía. En Lomas del Mirador una mañana o tarde cualquiera pueden terminar con algún enfrentamiento. Algunos señalan a los narcos como los responsables de las interminables balaceras.

Una madrugada de abril, un tiroteo abrupto e interminable despertó al barrio. Días después los hechos volvieron a repetirse. Los titulares en los medios paranaenses no se hicieron esperar: “Paraná: Buscan a dos personas por la violencia en barrio Lomas del Mirador”; “Piedrazos y balacera en barrio Lomas del Mirador: un policía herido”; “Sospechosa balacera en el barrio Lomas del Mirador”; “Impactante tiroteo en Lomas del Mirador: mirá el video”; “Vecinos de Lomas del Mirador solicitan la intervención de Gendarmería”.

Cada uno de estos acontecimientos desvela a las madres, que enjuagan sus angustias en las almohadas. Saben que sus hijos pueden caer, ahí mismo, donde los encuentre la parca, a la vuelta de cualquier esquina, de cualquier pasillo. Lo saben porque algunos hijos de otras mujeres ya perdieron. Hacía tiempo habían abandonado la inocencia, cuando descubrieron que para drogarse debían robar, si era necesario, a los más cercanos. Pero aunque conocen que la marihuana, la cocaína, las alita de mosca circulan entre los jóvenes de la zona, cada bala que resuena y queda estampada en una pared, les impide cerrar los ojos.

Mónica Olivera es una de ellas. Conoce casi todos los rincones de Lomas del Mirador II, donde crió a sus hijos. Conoce lo que es luchar para sacar a uno de ellos del flagelo de la droga, que atrapa y consume cada vez más a los jóvenes del barrio.

Mi hijo consumía marihuana. No le faltaba nada, es más, estaba sobrado de todo. Es el más chico de mis hijos. Esta gente que vende distintas cosas busca la vulnerabilidad del sujeto. Entonces mi hijo no necesitaba ir a robar, tenía una buena constitución familiar y no tenía violencia en la familia, pero se lo trató de incentivar al consumo por el sentido de pertenencia al barrio. Es decir: vos sos de acá, no seas sonso. Hicimos todo lo que debíamos hacer cuando me di cuenta. Uno no quiere creer que el hijo está consumiendo, porque le dio todo y no le falta nada. Fue muy difícil y duro darme cuenta. Mi hijo me la disfrazaba. Yo lo miraba. Me entraron las sospechas porque el mayor me fue diciendo que andaba en algo. Pero no lo pude descubrir. Lo miraba, quería descubrir los ojos rojos o cambios de hábitos, como decían los libritos, pero nada de eso estaba. Estaba bien despierto cuando llegaba, pero yo trabajaba doce horas y él, si bien iba a la escuela, tenía mucho tiempo en el barrio y si ahí no sos como ellos no tenés ese sentido de pertenencia. Primero lo quise internar, pero él nunca se sintió enfermo. Recorrí todos los caminos y hasta leí revistas que decían que el consumo responsable era lo bueno. Incluso le permití consumir en casa, antes de que lo mataran en una esquina por consumir a escondidas mío. No quería que me lo mataran, porque así iba a terminar: preso o muerto. Pasé todo, que era durísimo, y logré rescatarlo sacándolo del barrio. Lo mandé a otra punta de la ciudad y hoy estudia y tiene trabajo; estoy orgullosa de mi hijo.

Mónica elevó su voz en el auditorium Rodolfo Walsh para contar, sin vergüenza, su historia de lucha. Sostuvo la mirada ante cientos de pupilas. No vaciló en sus palabras. La escucharon atentos, expectantes, cada uno de los jóvenes reunidos una de las primeras siestas de mayo en la Facultad de Ciencias de la Educación. “Mal de Ojos”, la revista dirigida por Aixa Boeykens, en el marco del Taller de Producción Periodística de la Licenciatura en Comunicación Social, fue el disparador para hablar sobre “el consumo y venta de droga en la vida cotidiana”.

Allí mismo Nora Mian, ex directora de la Escuela Guadalupe del barrio La Floresta y rectora de la escuela Bazán y Bustos del barrio El Sol, manifestó su preocupación por el avance del consumo entre los adolescentes.

La aparición de la droga es un síntoma de un tejido social roto, de una relación de poder que mira para otro lado. Hoy en día más del 40 o 50% de la población estudiantil ha tenido contacto con la droga y en los barrios además está el delito para consumir, para pertenecer y resignificarse.

Nora, que también debió recorrer el duro camino de ayudar a un hijo adicto, trazó un mapa del consumo de los jóvenes de las clases populares. Además de marihuana y cocaína, toman alita de mosca y popper, dijo. Pero esta situación también se da en otros ámbitos, en los que se consume por satisfacción, por placer.

El hecho de consumir significa después vender en el barrio y la forma de querer salir es casi imposible. En las escuelas de los barrios sabemos quiénes son los que venden; cada dos o tres casas hay una familia que lo hace. Y se sabe quiénes van a cobrar el cánon para permitir que se pueda seguir comercializando.

La directiva no se acobardó al denunciar la falta de articulación entre los organismos responsables de brindar soluciones a la problemática del consumo adolescente. “Están colapsados o no tienen la inversión necesaria”, lamentó. Por este motivo, contó, desde las escuelas tratan de contrarrestar las situaciones extremas con un mensaje de esperanza. De todos modos reclamó por lugares de atención para los chicos y chicas “porque se mueren como moscas”.

En la capital entrerriana, en lo que va de 2015, ha habido 14 homicidios. El promedio de edad de los asesinados es de 26 años, en tanto, de 20 años es la edad de los acusados o imputados en estos delitos. Los hechos ocurrieron entre conocidos — 12 víctimas vivían en el mismo barrio y algunos hasta en la misma cuadra—, y no se registraron en ocasión de robo. Las cifras no son oficiales. Forman parte de un relevamiento personal que lleva en forma minuciosa José Amado.

Para el periodista de la sección Policiales de Diario Uno, en cada uno de estos casos “hay un trasfondo de narcotráfico”, vinculado con el consumo de droga o la venta de estupefacientes. Esta situación se agrava, plantea, porque aunque siempre hubo disputas territoriales, muchas de las cuales terminaban en peleas, en la actualidad los menores están armados. En Paraná, además, entraron en escena los denominados “soldaditos”, que venden droga teniendo entre 16 y 24 años y terminan presos del consumo. En este contexto, concluye Amado, “el rol del Estado es por lo menos pasivo”.

Sobre “Mal de Ojos”

El número 9 de “Mal de Ojos” es una producción elaborada durante 2014 por estudiantes de Ciencias de la Educación. A partir del tema consumos problemáticos, cuyo eje fueron los jóvenes, investigaron sobre la temática. “La idea es poder abrir un espacio para pensar sobre un tema que se nos ha vuelto tristemente cotidiano y que define parte de nuestra vida todos los días”, explicó Aixa Boeykens, editora general de la revista. La apuesta de la publicación es reflexionar y cuestionar un sistema que busca naturalizar a la muerte y a la violencia como parte de la agenda diaria.

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Voces sobre la droga
Una madre de Lomas del Mirador II permitió que su hijo consumiera drogas en su casa por miedo a que lo mataran en una esquina. Una rectora denunció que en los barrios delinquen para drogarse. Miradas de los consumos problemáticos en Paraná, donde se registran 14 homicidios en los que el narcotráfico sería el trasfondo.

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