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Los últimos 30 pesos
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miércoles 20 de mayo de 2015
El Pelado, taxista de Paraná y amigo de Telaraña, reflexiona desordenadamente sobre un clásico problema de los argentinos que no parece tener nunca su solución: el problema de no tener un peso. Además ensaya un listado de trucos para estirar la moneda.
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Telaraña

—Acá se van mis últimos 30 pesos —murmuró el pasajero, un hombre morrudo y serio que había permanecido todo el viaje en silencio.

—¿Cómo dijo? —respondió el Pelado levantando los ojos hacia el espejo retrovisor, aturdido por el chamamé que desbordaba la radio.

—Nada, nada. Cóbrese, por favor.

El Pelado revolvió unas pocas monedas hasta que encontró dos pesos: una de un peso, una de cincuenta centavos y dos de veinticinco. Estiró la mano derecha y entregó el cambio con un movimiento de contorsionista.

El hombre descendió del taxi con un poco de esfuerzo y cerró la puerta con suavidad. Se fue caminando lento, rengueando de la pierna derecha, entre la gente que entraba y salía del hospital San Martín. Subió como pudo los escalones. Se paró bajo el marco de la puerta, miró hacia ambos lados y encaró hacia la izquierda. Entonces, el Pelado dejó de verlo y arrancó despacio por calle Perón, envuelto en especulaciones sobre este viaje corto. Si a ese tipo le quedaban solamente tres billetes de diez pesos, ¿por qué tomó un taxi?¿Porque no podía caminar?¿Cómo hará ahora, con dos pesos, para sobrevivir?

Mientras pensaba, no podía evitar sentirse Luis Brandoni comiendo una empanada, chorreándose los bigotes con la grasa. Supuso que ese señor estaría atravesando un momento complicado, abrumado por las deudas, los compromisos, la inflación, el estancamiento de las paritarias.

El taxista de poco cabello tiende a hacerse carne de los problemas ajenos y también tiene una cierta inclinación a ponerse en el lugar del otro. Un poco por eso y otro poco por el divague y el aburrimiento, se puso a elaborar mentalmente una lista de recursos desesperados que uno puede hacer cuando se queda sin plata.

Se terminó el jabón de tocador, hay que recurrir al de lavar la ropa y tener cuidado porque se cae más seguido en la ducha. Este jabón, debidamente desintegrado con un rallador de queso, también se puede echar dentro del lavarropas, controlando que no haga mucha espuma. Si se le agrega agua al envase de champú y se agita bien, sale una espuma que sirve para dos o tres lavados más. Presionar el tubo del dentífrico con suficiente fuerza hace que brote una gota como auténtico milagro divino. Rescatar un viejo perfume abandonado y rociarlo sobre las axilas, por algunas horas, reemplaza al desodorante.

Los arroces, los fideos y las polentas llenan cuando el almacenero ya no fía y la tarjeta de crédito agoniza.

Como el tiempo está loco y hace calor en mayo, bañarse con agua fría no es tan malo. De lo contrario, se puede agitar la garrafa con fuerza para que se mantenga encendido el calefón.

Si el gato no tiene alimento, hay que dejarlo que ponga en práctica su instinto de cazador.

La luz se paga, porque Enersa te la corta sin piedad. Los impuestos pueden esperar. Y si viene Casaretto a acusarnos de evasores, sabremos defendernos con argumentos discursivos convincentes sobre los peces grandes y los peces pequeños.

Lo cotidiano pasa a ser superficial e innecesario. La nafta es un bien suntuario —lo bueno es que dejar el auto parado y con el tanque vacío favorece el ejercicio físico— y cargar la tarjeta del colectivo exige resolver ecuaciones complicadísimas. Pedir una pizza para la cena es un sacrilegio. Tomarse un porrón, una proeza reservada solo para los más valientes.

El Pelado estuvo tentado de dar la vuelta y buscar al rengo para devolverle los 30 pesos; pero imaginó que así no haría más que humillarlo y se contuvo. Recordó épocas pasadas, de trueques, de papeles de colores y de bolsillos raquíticos. Se preguntó si esas épocas nunca se terminaron de ir, si alguna vez habrá, por fin, vuelta de página. Sintió culpa por tener la suerte de no haber caído en la exclusión. Metió los 30 pesos en la billetera. Le dolía el estómago. Sentía cerrada la garganta y ganas de vomitar. El volante se mojaba bajo sus manos ardientes y temblorosas.


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