Telaraña | eriodismo narrativo
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Cosas del tiempo y de una plaza
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lunes 20 de abril de 2015
Un mes después de cambiar de casa, una cronista pasa varias horas en una plaza. Un lugar donde algunos duermen, otros pasean sus perros y la mayoría circula sin advertir que el tiempo pasa. Un tiempo “para entender, para jugar, para querer”. Un “tiempo para aprender, para pensar, para saber”.
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Gisela Romero

Un mes pasó de la despedida de la casa del centro de Paraná, a tres cuadras del trabajo diario, a cuatro de la escuela, a 300 metros del supermercado y a otros 400 de la peatonal. En esa otra vida, la vida cotidiana pasaba sin sobresaltos, sin preocuparse por el precio del boleto de colectivo, sin estar pendiente del paso de los segundos, los minutos, las horas. En esa otra vida, el tiempo no cotizaba, sobraba para quedarse debajo de la ducha, sin temor a que se terminara el gas, o para llamar a un remís que nos acercara de inmediato a algún punto que parecía lejano. Todas las actividades estaban ahí mismo, solo había que decidir reunirse una noche cualquiera con amigos o con compañeros de militancia, ir al cine, al teatro o a cualquier otra propuesta cultural que motivara el encuentro.

Hace 60 días el tiempo comenzó a tener supremacía en mi vida. Aprendí a llegar con paso más o menos veloz a la parada de la Línea 4, a calcular 50 minutos desde San Benito hasta el centro de la capital provincial, a levantar el brazo de forma casi mecánica ante el avance del colectivo rojo y a celebrar íntimamente la presencia de una butaca vacía.

Casi veinte días me han encontrado desde el 7 de abril en la misma plaza, en diferentes bancos a la hora de la siesta, con cielos celestes, grises y violetas.


Tiempo es una palabra

que empieza y que se acaba

que se bebe y se termina

que corre despacio y que pasa de prisa.


Hoy, por primera vez, siento que estoy en el patio de mi casa. Descubro los pies para que el vientito otoñal no pida permiso y les haga cosquillas, sigo con la mirada el andar de un pájaro que aterriza en el césped. Toco el verde con la mano derecha y después con la izquierda, despejando alguna que otra hormiga y levanto la mirada ante un hociqueo conocido. Manuel, es Manuel, el perro de una antigua vecina. La carcajada no pide permiso. Su dueña, siempre a paso apurado, esboza gritos para que su mascota no se pierda entre los árboles. No logra verme. De haberlo hecho, pienso, no hubiera dejado de preguntar por cada detalle de la residencia recién inaugurada. Que cuántas piezas tiene, que si plantamos tomates, que qué hago a las tres de la tarde en esta plaza.

Tiempo es una palabra

que se enciende y que se apaga

ni se tiene ni se atrapa

no se gira ni se para.


Hoy el banco vuelve a estar desocupado. Más allá un hombre, solo uno, duerme estirado sobre ocho maderas blancas que lo sostienen. El pesado bolso negro cae sobre su rostro. Imposible establecer su edad. Su remera se guarda, prolija, adentro del pantalón que, se observa de lejos, ha sido usado en más de una ocasión.

El reloj devuelve las 16. Comienza a sentirse la modorra de la hora en que pasa la Solapa. Uno de los policías que custodia la Casa de Gobierno abandona el puesto y da unos pasos hacia adelante para volver sobre sí mismo. Él también debe sentir el peso de las horas de trabajo en su cuerpo. Cada tanto sumerge la vista en su celular y luego levanta la mirada para perderla en el horizonte.

¿Por qué se dedicará a esta actividad? ¿Será un legado familiar, una alternativa laboral, una vocación?

¿Por qué esa mujer que acaba de ocupar un banco detrás mío habla tan a viva voz de sus problemas amorosos? ¿Será que a esta hora, en este punto de la ciudad, este pulmón verde brinda la sensación de estar como en el living propio? Algunas preguntas no tienen respuestas.

Hace unos 30 grados, sin embargo una adolescente cubre sus rulos con una capucha y se pierde en abrazos y besos con un muchacho. No tienen 20 años. Tal vez esconden sus apariencias en el horario escolar. Tal vez buscan no ser descubiertos en un amorío adolescente.


El tiempo no se detiene

ni se compra ni se vende

no se coge ni se agarra

se le odia o se le quiere.

Al tiempo no se le habla

ni se escucha ni se calla

pasa y nunca se repite

ni se duerme y nunca engaña.


Este lunes el agua de la fuente parece caer más pesada que de costumbre. Retumba en el fondo de porcelana celeste. Ahí, abriéndose paso, está de nuevo la señora de grisácea cabellera y lentes bifocales. Ocupa un espacio despejado. Toma de su canasto una pequeña aguja y teje punto sobre punto. Verde, amarillo, verde, blanco. Uno, dos, tres, cuenta 16 con las manos. Se abstrae del calor, del canto de los pájaros, del andar de los autos, de las bocinas de los micros que no pueden esperar.

Una hora más ha pasado. Las piedras se cuelan por las sandalias sin pedir permiso. La doña no se inmuta. Ni siquiera ante el llanto de una chiquita. Otra niña corre para acá y para allá para espantar palomas. Es la hora, advierto. El sol ya no cae directo en la cabeza. El movimiento barrial vuelve a ser bullicioso. Es momento de que la rutina continúe, en otro espacio, en otro tiempo, hasta mañana, en la misma plaza.

Entonces habrá un tiempo para entender, para jugar, para querer

tiempo para aprender, para pensar, para saber.



Citas del tema musical “Tiempo” de Jarabe De Palo

Fotos: Telaraña

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Cosas del tiempo y de una plaza
Un mes después de cambiar de casa, una cronista pasa varias horas en una plaza. Un lugar donde algunos duermen, otros pasean sus perros y la mayoría circula sin advertir que el tiempo pasa. Un tiempo “para entender, para jugar, para querer”. Un “tiempo para aprender, para pensar, para saber”.

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