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Voces del lunfardo
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domingo 29 de marzo de 2015
Cómo el porteño bien vestido y fanfarrón pasó a ser un “cajetilla”, por qué se le llama “botón” al policía y cómo es que la ignorancia es “estar en bolas” y “tener la papa” es contar con la información apropiada. En este artículo Ariel Vittor dilucida los orígenes de algunas expresiones del lunfardo.
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Ariel Vittor

En alguna de sus jugosas Aguafuertes porteñas, Roberto Arlt sostiene una rica discusión con el gramático José María Monner Sans sobre las transformaciones que sufre un idioma a raíz de su uso cotidiano. Para Arlt, las palabras atraviesan permanentes adaptaciones, producto de su empleo por gente concreta que vive, trabaja, piensa, ama, sufre, se emociona, se divierte y se preocupa, todo ello en un marco histórico. Por la misma época, Jorge Luis Borges manifestaba preocupaciones similares en su libro El idioma de los argentinos.

De allí entonces que en sus Aguafuertes… Arlt abunde en exposiciones sobre el origen, significado, singularidades y uso de vocablos como fiacún, furbo, garronero, squenún, y otros. Más allá de que algunas de estas expresiones hayan pasado de moda, quizá por simple ignorancia de las nuevas generaciones habituadas a las redes sociales, lo cierto es que tienen historias que no pueden condenarse al destierro.

Este cronista quiere en esta nota comentar algunos vocablos y expresiones del lunfardo, adoptando el punto de vista arltiano de que la lengua se construye y define por su uso social e histórico antes que por divagaciones de aburridos semiólogos de academia.

 

Botón

Cuando la Revolución de 1890, en Buenos Aires, en algún momento cundió en los retenes de los sublevados el grito “¡disparen a los botones!” indicándoles a los tiradores una estrategia para optimizar la puntería sobre las tropas del régimen conservador. En efecto, los militares usaban unos uniformes con botones dorados que se veían brillantes, por lo que apuntarles resultaba más fácil. Con el tiempo, la expresión “botón” se generalizó para aludir a quienes usaban uniforme, y de entre éstos especialmente a los policías.

La expresión “hablar al botón” o también “hablar al divino botón”, considerada sinónimo de hablar inútilmente, perdiendo el tiempo, tiene también un origen ligado a la policía. Cuando un vigilante, en ronda nocturna, detenía a un vagabundo o sospechoso que merodeaba por la calle, y le pedía que lo “acompañara a la comisaría” para las averiguaciones de datos personales, el detenido usualmente empleaba el trayecto en conmover al “botón” con un relato lastimero sobre supuestos hijos hambrientos, madres llorosas o novias inocentes, cuyo objeto era ablandar el corazón del uniformado para que lo dejara en libertad. Pero el policía estricto en el cumplimiento de su deber no se dejaba conmover tan fácilmente, por lo que hablarle era inútil. De allí que “hablar al botón” adquirió la mencionada significación.

 

Bola

En el lunfardo, “bola” aludía a un individuo torpe, necio, de escasas habilidades, como en el caso de “ése es un bola”. A este uso, que se proyectó hasta la actualidad, se le asociaron otros.

Uno de ellos fue el de la ignorancia. “Estar en bolas” vino a representar así una significación similar a la de “estar en ayunas”, esto es, ignorar una cuestión en la que se está inmerso, o desconocer una información de actualidad.

La asociación de “bolas” con la desnudez no ofrecía demasiadas complicaciones y pronto se puso también en práctica, lo que acarreó la aparición de la expresión “andar en bolas”. Este uso se tornó tan popular que originó inclusive expresiones gramaticalmente paradojales, como por ejemplo “la mina se puso en bolas”. Aunque la paradoja es evidente, se sigue usando, quizá porque ni el más profesional de los lingüistas perdería el tiempo en impugnarla si se le aparece una fémina despojada de toda vestimenta.

También es muy interesante la historia de la expresión “no dar bola” o “no pasar bola” como sinónimo de no prestar atención e ignorar a alguien o algo. En el Buenos Aires del lunfardo, iniciarse en el juego del billar tenía para los chicos una connotación de abandono de la infancia y pasaje a la primera juventud, por lo cual resultaba casi un evento social. Para ello, los novatos asistían a los bares que tuvieran las correspondientes mesas de juego. Pero esos chicos que recién empezaban a jugar eran mal vistos por los dueños de los bares, ya que sus inexpertos golpes con el taco ponían en peligro la integridad de los paños de las mesas. En esos casos el dueño del bar llamaba al mozo, le señalaba a los iniciáticos purretes y le indicaba en voz baja que a esos “no hay que darles bola”, esto es, que no había que darles los elementos para jugar. Con el tiempo, la expresión “no dar bola” adoptó el significado actual.


Cajetilla

A mediados del siglo XIX se tornó frecuente decir de un sujeto bien vestido y que cuidaba mucho su apariencia externa, que era “un paquete”. “Andar paquete” o “vestir paquete” se convirtió en sinónimo de elegancia, pulcritud y búsqueda de la ostentación a través de la vestimenta.

Con el correr del tiempo el argot de la calle asoció la expresión con el atado en que venían los cigarrillos, cuya envoltura presentaba también un diseño muy cuidado. Sólo que para entonces la inmigración española había impuesto la palabra “cajetilla” para aludir al atado de cigarrillos, y así fue como “cajetilla” reemplazó a “paquete” para aludir a los individuos de vestimenta atildada.

Con el tiempo “cajetilla” pasó a designar a un sujeto porteño, bien vestido, algo fanfarrón y presumido, con alguna disponibilidad de dinero. Su vestimenta típica fue el pantalón estrecho, el saco corto con tajos a los costados, el “funyi” (sombrero) y el pañuelo blanco al cuello. En solitario era amable, cortés, atento, y seductor. En grupo podía llegar a integrar patotas que protagonizaban provocaciones, escándalos y grescas en bares o en la vía pública.

 

Cinco

Este número se incorporó al lunfardo a partir de su referencia a la moneda de cinco centavos de peso nacional, de ínfimo valor. “No tener ni cinco” significaba no tener en los bolsillos ni siquiera la moneda de denominación más baja. Así, en el habla cotidiana el cinco pasó a representar una cuantía escasa, una pronunciada carencia, una estrechez económica, o un objeto o persona de escaso valor.

La expresión “no valer ni cinco” se aplica tanto a personas como a objetos con la misma significación expuesta antes. Tales los casos, por ejemplo, de “esa piba no vale ni cinco” o “ese sillón no vale ni cinco”. Este cronista declara haber conocido tanto pibas como sillones que se ajustaban plenamente a la frase.

“Chocar los cinco” hacía alusión al estrechamiento de las diestras entre dos sujetos, para representar un compromiso indestructible entre ambos. En algún momento ello resultó suficiente para sellar acuerdos importantes. Al parecer, hoy el apretón de manos se reparte con más li-viandad que cierta clásica pastilla de menta.

A todo esto parece que el uso de “cinco” proviene del ambiente policial, pues en el Buenos Aires del lunfardo clásico el comisario de policía usaba un uniforme con cinco distintivos dorados.

 

Papa

La papa, despreciada por los gastrónomos del Viejo Mundo al ser trasplantada desde el Nuevo por los invasores españoles, se transformó gracias al lunfardo en algo que atrae, que tiene provecho, que es fácil de realizar o que llega en un momento oportuno.

Así por ejemplo en el caso de “un trabajo papa” se está aludiendo a un empleo ventajoso para quien lo posee. También puede significar que se tiene conocimiento de una información que otro no tiene, como en el caso de “ese tipo siempre tiene la papa”.

Con el sentido de algo oportuno, que resulta fácilmente aprovechable, el tubérculo re-aparece, aunque en diminutivo, en el conocido caso de “papita para el loro”.

Los estudiantes que rinden bien un examen suelen jactarse de que “el parcial fue una papa” en alusión a que la prueba no les ofreció dificultad alguna para su respuesta. Sin embargo, en las universidades donde este autor trabaja no es frecuente escuchar expresiones como “el parcial de Vittor fue una papa”.

 

El raje…

Y ahora este servidor, que no es ni “cajetilla” ni “melonazo”, se deja de “hacer firuletes” y se “toma el espiante”, no vaya a ser que en la “yeca” encuentre una “naifa” que lo “fiche” como “chamuyero” y le “arranye” un “esquinazo”.

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