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Los domingos, tango
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miércoles 25 de febrero de 2015
Existe en Paraná un lugar donde los domingos terminan al compás del dos por cuatro. La milonga “El Abrojito”, en el Hotel Neo Mayorazgo, congrega a personas muy diversas pero con un mismo interés: las ganas de bailar tango.
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Silvina Mernes

Para llegar a la milonga “El Abrojito” se debe atravesar un tramo del Casino del hotel del Parque Urquiza, un espacio híper alfombrado de ruidos apagados, luces artificiales y humo. Después hay que subir una corta escalera e ingresar al Salón Neo. Ahí dentro una veintena de parejas dan vueltas alrededor de la pista, en sentido contrario a las agujas del reloj. Recorren el salón completo, todos para el mismo lado y al mismo ritmo, con una sincronización impresionante. Las mujeres de pollera, muy pocas de pantalón. Los hombres de infaltable camisa, algunos también de saco. Todos muy arreglados y perfumados, tal como lo exige la etiqueta de la milonga.

Suena un tango y es un sonido no del todo limpio: por debajo se escucha esa especie de estática, un sordo chirrido típico de las grabaciones de antaño. Un sonido que remonta automáticamente al pasado, un pasado glamoroso, de lustrosos zapatos de taco bajo y pantalones de vestir, de prendas brillosas, tacos agujas, bijouterie y perfume, de hombres que marcan el paso y mujeres que esperan con fervor un cabeceo.

En la pista los hombres abrazan suavemente a sus compañeras. Unos se deslizan sobrios, despegando apenas los pies del suelo. Otros, en cambio, gustan de mover más las piernas y hacer figuras un poco más llamativas. Las mujeres acompañan. Se dejan guiar, dice Ariel Vittor, frecuente colaborador de Telaraña y habitué de “El Abrojito”. Dice también que el hombre que no deja que su compañera se luzca, es un mal bailarín. “En el tango, el hombre conduce pero la mujer se luce”.

Ariel baila templadamente y promueve el respeto de los viejos códigos del tango. Aprendió a bailar muy joven y después de un tiempo de ausencia en las pistas de Paraná (aunque anduvo por las de Buenos Aires, Córdoba y otras ciudades), ahora concurre a “El Abrojito”, que funciona los domingos excepto el último de cada mes. Este domingo Ariel viste camisa celeste y pantalón gris oscuro. Baila con Ayelén que, con su vestido blanco, por primera vez participa de una milonga.

Hay gente de distintas edades, de gustos variados, de ideologías diferentes. Hay matrimonios que comparten la misma pasión tanguera. Hay expertos y principiantes. También hay solos y solas que disfrutan milonguear. Hay quienes sólo quieren practicar los pasos y quienes buscan diversión. Hay gente de Paraná pero también de alrededores: Crespo, Diamante, San Benito. Hay quienes vienen especialmente desde Santa Fe y Rafaela.

Detrás de la pista hay una mesa bulliciosa. La denominan “la mesa de Adriana”, por Adriana Barci, organizadora de la milonga. Alrededor de esa mesa, que ocupa un lugar central, se ubican varios hombres y mujeres, pero no Adriana, que anda siempre de aquí para allá, atendiendo, coordinando y resolviendo cuestiones de último momento. Este domingo a la mesa sí están los peluqueros Marta y Luis, el médico forense Alejandro, también Mercedes Cagnani, ingeniera y  fotógrafa de la milonga, y el licenciado en comunicación social Ariel. Es un grupo muy risueño, que comparte bromas, alguna pizza y bebidas. Marta acepta la invitación a bailar de Ricardo. Mercedes, en cambio, va al frente e invita a Ariel.

“El Abrojito” lleva el nombre del famoso tango compuesto en 1926, con música de Luis Bernstein y letra de Jesús Fernández Blanco. “Llevo, como abrojito, prendido/ dentro del corazón una pena/ porque te fuiste, ingrata, del nido/ y mi vida tan serena condenaste así al dolor”, dice el primer verso. Pero dicen que ese tango no influyó en nada en la denominación y que en realidad proviene del estilo de bailar de Adriana, bien pegado. Esta milonga detenta el éxito de haberse sostenido en el tiempo y por eso fue declarada de interés cultural por la Resolución N° 398 del Ministerio de Cultura y Comunicación de la provincia, fechada el 17 de julio pasado.

Hay diferencias de criterios entre los milongueros. Si bien todos coinciden en los códigos básicos -circular en sentido contrario a las agujas del reloj, no chocar a otras parejas, no conversar durante el baile- en otros puntos las diferencias son marcadas. Hay, por ejemplo, hombres que dejan de lado la camisa y optan por una chomba e incluso por una remera. Para los más conservadores, en cambio, es insustituible la camisa con corbata o pañuelo.

En la cabina de musicalización está Julián Dayub, el dj, un veinteañero delgado cuyo abuelo era fanático de Gardel pero que descubrió su propia pasión por el tango cuando empezó a practicarlo en la escuela primaria. Dice que al bailar “se pone el cuerpo y eso no es poca cosa” y habla de armonización y de “relajar un poco la cabeza”. Deja programada una tanda de cuatro tangos y sale a la pista. Busca compañera y empieza a moverse con largas zancadas y a dibujar amplias figuras.

Julián baila con ahínco, busca destacarse, aparentemente lo opuesto a lo que dicen las reglas. Es que la milonga va cambiando, se va aggiornando. Por eso la etiqueta se ha ido relajando y aunque todavía haya tradicionalistas que no comparten el estilo de Julián, la mayoría cree que es necesario dejar de lado la absoluta rigidez.

Así opina Osvaldo Vázquez Wander, instructor de tango, que considera que lo más importante “es que los chicos se acerquen a este ritmo, para que no muera”. De todos modos, remarca que algunas reglas básicas no podrán ser obviadas nunca, por ejemplo, que la pareja no debe detenerse a conversar y no puede circular por la pista en sentido contrario.

Un poquito más allá va Ezequiel Lescano, instructor también. Destaca el estilo de Julián, que “baila a otro nivel”. Señala que el tango es más flexible porque la sociedad cambió. Que ahora se pueden ver dos varones bailando juntos, algo que espantaría a los tradicionalistas. Y remata: “Creo que hay que erradicar el quién manda y quién acompaña”.

En la milonga “El Abrojito” confluyen y conviven varios pares de opuestos: tradicionalistas y aggiornados; mayores y jóvenes; quienes buscan perfeccionar su estilo y quienes sólo quieren divertirse.

Pero más allá de las diferencias, y sin importar si suena D’Arienzo, Di Sarli, Tanturi o Canaro, absolutamente todos sin distinción adoptan un mismo gesto al bailar el tango: entrecierran o directamente cierran los ojos. Quizás porque al anular la vista florece el oído. O porque así pueden conectarse mejor con la música. Porque tal vez así las vibraciones se sienten en todo el cuerpo. Y entonces simplemente no pueden dejar de bailar.


Fotos: Mercedes Cagnani. Gentileza Milonga "El Abrojito"

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Comentarios:
Ariel
28/02/2015 11:07
Muy bien, Silvina !. Gracias por ir y por la nota. Volvé cuando quieras !
LUCIA
26/02/2015 14:52
¡¡EL ABROJITO!! PARA MI LA MEJOR MILONGA A LA QUE CONCURRO, TRASLADANDOME DE SANTA FE A PARANA. NO HAY OTRA IGUAL, CON SU ANFITRIONA ADRIANA BARCI, QUIEN ES EL ALMA MATER DE ESTA MILONGA SIN PAR. QUIERA DIOS QUE SIGA POR MUCHOS AÑOS MAS
Mercedes Cagnani
26/02/2015 10:30
Felicitaciones por la hermosa nota, de una profesional que descubrió el tango de esa forma! gracias!...
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Existe en Paraná un lugar donde los domingos terminan al compás del dos por cuatro. La milonga “El Abrojito”, en el Hotel Neo Mayorazgo, congrega a personas muy diversas pero con un mismo interés: las ganas de bailar tango.

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"La mesa de Adriana". Adriana Barci sentada al frente, a la izquierda "La mesa de Adriana". Adriana Barci sentada al frente, a la izquierda