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Bernardi, la leyenda
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lunes 23 de febrero de 2015
El conscripto Anacleto Bernardi supo despertar el orgullo de los entrerrianos. En 1927, enfermo de pulmonía, ayudó a rescatar a los náufragos del buque italiano Principessa Mafalda, pero no pudo salvarse a sí mismo de los colmillos de un tiburón.
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Alfredo Hoffman

En 1927, las páginas del diario La Mañana de Paraná informaban los horarios de los vapores a Santa Fe, los resultados de las carreras de caballos a página completa y la cartelera de los cines Ítalo Argentino, Urquiza, con su programación de dibujos animados, y Palace 9 de Julio, que en octubre presentaba El hijo del Sheik, en ocho actos, con Rodolfo Valentino. Todavía no había llegado ninguna copia de The jazz singer, la primera película sonora, que ese mes se había estrenado en Nueva York.

El jueves 27 de octubre, La Mañana se imprimió en los talleres de San Martín 268 (teléfono 384) con una noticia impactante en primera plana. Un telegrama fechado el día anterior en Buenos Aires llevaba por título “Naufragio del Principessa Mafalda” y daba detalles de la tragedia ocurrida el martes 25 cerca de las costas del sur de Brasil, cuando hombres, mujeres y niños –por entonces en cantidades controvertidas– terminaron en el fondo del océano Atlántico un viaje que prometía ser de lujo. El buque había partido el martes 11 del puerto de Génova, con cientos de europeos a bordo que se proponían alimentar el aluvión inmigratorio de aquella época en Argentina.

El matutino decía que el barco había costado 7 millones de liras y que ya estaba decidido que ése sería su último viaje. “La causa de la catástrofe no se debe como en principio se creía a la niebla, sino a la rotura de un soporte de hélice que provocó la explosión de la caldera. El agua penetró con un ruido espantoso”, leyeron los paranaenses. También que eso sucedió exactamente a las 19.15 –luego se sabría que fue a las 17– y que el buque tardó cuatro horas en hundirse, hasta perderse a 120 pies de profundidad.

Esa primera noticia decía que se habían salvado 1.520 pasajeros sobre un total de 1.600, avalando por lo tanto la versión de que solo 80 perdieron la vida. Pero un día después, el viernes 28, hubo que corregir el dato: “El número de pasajeros fallecidos en el sensible naufragio del paquete italiano Principessa Mafalda asciende a 324 viajeros. El capitán del buque, comandante Gulli, figura entre los desaparecidos”.

Pero la tragedia recién erizó la piel de los entrerrianos el sábado 29, cuando se volcaron sobre la primera página de La Mañana atraídos por un artículo que un emocionado redactor tituló: “¡Héroes!”.

“Buenos Aires, 28— A medida que continúan llegando las noticias sobre las escenas que se desarrollaron en el sensible naufragio del paquete 'Principessa Mafalda' el público se va enterando también del papel que han jugado algunos héroes. Entre éstos debemos citar a uno de los nuestros, un entrerriano lindo, de la ciudad de La Paz, de nombre Anacleto Bernardi, conscripto de la fragata 'Sarmiento', que venía en el buque náufrago, de baja por enfermedad, y que ante la realidad de la catásfrofe sintió correr por sus venas la herencia ancestral, y se lanzó como bueno, como cuadra a un marino argentino, al salvataje”.

“En esta tarea titánica, de héroes: salvar náufragos, estuvo consagrado hasta el último momento, en que desapareció bajo las aguas, arrastrado por un tiburón”.

“El gesto del marino Bernardi honra a todos los argentinos”.


Del Paraná al Mediterráneo


Anacleto Bernardi nació en el pueblo de San Gustavo, en el Departamento La Paz, el 13 de junio de 1906. Aquella muerte, cuando tenía 21 años, lo convirtió en leyenda. Hoy su apellido, precedido por el humilde grado militar de “conscripto”, es el nombre de calles de varias ciudades del país, de escuelas, bibliotecas y de un pueblo entrerriano famoso por sus peleas políticas. En su homenaje, el 25 de octubre es el Día del Conscripto Naval y, en 1976, la dictadura militar inauguró un busto en su honor en la base naval de Puerto Belgrano.

Hasta allí, hasta Puerto Belgrano, llegó Anacleto el 8 de enero de 1927. Recorrió 1.200 kilómetros desde San Gustavo hasta la sede naval, cercana a Bahía Blanca, para incorporarse al servicio militar en la Marina. Cuentan que enseguida se destacó por ser un excelente nadador, cualidad que había conseguido casi por costumbre en las aguas del río Paraná. Cuentan también que en su desempeño en la conscripción fue tan bueno que mereció el premio que tanto esperaba: una vuelta al mundo como uno de los 40 cadetes de la fragata Sarmiento, el buque escuela argentino que durante 150 años recorrió los puertos del país y del planeta.

Se embarcó en la Sarmiento expectante por recorrer sus 85 metros y medio de eslora y los 13, 32 de manga; hacer funcionar las 21 velas de 24.000 pies cuadrados de superficie, más 12 velas suplementarias de 6.000 pies cuadrados más, sostenidas por tres palos desde una altura máxima de 54 metros. Y ávido por recorrer las costas del Mediterráneo; España, Francia Grecia y la tierra de sus padres, Italia, desde donde habían partido a principios de siglo para recalar en las cuchillas entrerrianas.

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El barco navegó a una velocidad máxima de 13 nudos, o lo que es lo mismo, a una milla náutica por hora, o 1.852 metros por hora. El viaje se le hizo largo al joven Bernardi. Mucho frío, mucho viento y mucho océano. También muchas bacterias conviviendo con la tripulación el alta mar. Una tos molesta que apareció al principio ya se le había convertido en un fuerte dolor en el pecho que no le dejaba respirar, cuando todavía no habían arribado a Italia. A bordo le diagnosticaron pulmonía,m le recomendaron descanso y, en lo posible, volverse a casa.

Al llegar al puerto de Génova, el capitán de la fragata encontró la oportunidad de desprenderse del enfermo: el Principessa Mafalda estaba a punto de partir rumbo a Buenos Aires. Enseguida lo cambiaron de buque, con el cabo artillero Juan Santoro designado para cuidarlo, y le prometieron que llegaría rápido a destino, porque el buque de lujo italiano podía navegar a 18 nudos y estar anclando en el Río de la Plata en dolo dos semanas. Zarparon el 11 de octubre de 1927. El entrerriano había oído hablar de lo que era la nave de su tiempo. Hacía recordar al Titanic y el destino le había preparado el mismo trágico final. Construida en 1908 y botada en Nápoles en abril delm año siguiente, homenajeaba con su nombre a la princesa italiana Mafalda de Saboya, hija del rey Víctor Manuel III y de la reina Elena. Pertenecía a la Navegazione Generale Italiana Societá Riunite Florio & Rubatino y en octubre de 1927 cumplía su nonagésima travesía entre Génova, Barcelona, Río de Janeiro, Santos, Montevideo y Buenos Aires. Un año antes, Carlos Gardel había sido uno de sus ilustres pasajeros en un viaje a España. Pesaba 9.210 toneladas y medía 485 pies de eslora y 55 de manga.


Mar adentro


El comandante Simón Gulli se opuso a partir de Génova aquel martes 11, porque conocía que las máquinas ya no respondían como debían. Pero la nave zarpó de todos modos. Hizo escala en Barcelona, en Dakkar (Senegal) y en las islas Canarias. La niña Doly Negrete, de dos años de edad, hija de un médico cirujano argentino, fue elegida “reginetta della nave”. A los pocos días de navegación comenzó a correr el rumor de que lago andaba mal. El domingo el barco se detuvo en alta mar, sin que nadie pudiera explicar las causas. El miércoles se paró de nuevo y comenzó a andar con una sola hélice.

Los problemas siguieron hasta que el martes 25, mientras la orquesta tocaba en uno de los salones de fumar, se oyeron cuatro estruendos, seguidos de otro aún más fuerte, y el Mafalda vibró. Sonó el clarín de alerta. “¡Pónganse los salvavidas! ¡A los botes! ¡Hay peligro de naufragio!”, gritó alguien. La causa del accidente: se desprendió la única hélice en funcionamiento y abrió una profunda grieta. En instantes, el agua comenzó a esparcirse por todos lados. Habían pasado pocos minutos de las 17.

A través del tiempo perduró este diálogo:

—El barco se hunde, Anacleto. Yo diría que vayas buscando un bote —dijo Santoro.

—Y usted, ¿qué piensa hacer? —preguntó Bernardi, tosiendo.

—Yo voy a ponerme a las órdenes del capitán para colaborar con el salvataje.

El entrerriano miró a su superior. Carraspeó.

—Yo tampoco me embarco.

En medio de la oscuridad y el pánico que reinaban en el interior del buque, los dos recorrieron los camarotes vela en mano y llevaron a la gente, desconcertada, a cubierta. Los botes salvavidas se llenaban de mujeres y niños. Muchos se arrojaban al agua, desesperados, y desaparecían. Otros elegían dispararse un balazo en la frente. La leyenda dice que Santoro y Bernardi salvaron a numerosas familias llevándolas, a nado, hasta la costa del sur de Brasil. Pero difícilmente eso haya sucedido así, porque el barco se hundió a 85 millas de la orilla, es decir, a 157 kilómetros. Otra versión, más verosímil, dice que ambos se arrojaron al mar recién cuando ya no quedaban pasajeros a bordo, porque habían decidido ser los últimos en ponerse a salvo.

Del salvamento participaron varios buques que navegaban cerca, que fueron avisados por los desesperados radiotelegrafistas italianos Luigi Reschia y Francesco Boldracchi: “¡Del Principessa Mafalda a todos: SOS...! “¡Del Principessa Mafalda a todos: SOS...! Estamos en peligro. Nuestra posición es 16° Lat S y 37° Long O. Vengan enseguida. Necesitamos asistencia”. El holandés Alhenam, desde el cual habían visto al Principessa Mafalda pasar a una milla de distancia, zigzagueante y escorado, respondió: “Llegaremos dentro de 20 minutos”. Desde el inglés Empire Star: “Estamos cerca, a la vista, y vamos hacia ustedes. ¿Qué peligro corren?”. Desde el francés Formose: “Vamos hacia ustedes. Llegaremos a las 22.30”.

A las 20, los italianos dejaron de transmitir. El Formose pidió información al Empire Star y recibió como respuesta: “¡Estamos salvando sobrevivientes!”. A las 20.38 el argentino Mosela receptó uno de los mensajes de emergencia. Poco después, todavía lejos del lugar del hundimiento, ya estaba rescatando náufragos.

A las 21.50 el Principessa Mafalda volvió a transmitir: “Lancen fuegos artificiales y preparen todos sus botes de salvamento. Hay mucha gente a bordo”. A las 22.45: “Encenderemos los tres últimos fuegos que tenemos. Manden todos los botes”. A las 22.56: “Es urgente. Vengan rápido. La nave se da vuelta. Ayudádnos y venid los tres aquí. A las 23.20 llegó el último mensaje: “Diga a sus embarcaciones que vengan a nuestro babor. A estribor es imposible”. A las 00.09 el Formose informó: “Avisamos a todos que el Principessa Mafalda acaba de hundirse y que varias naves están en estos momentos recogiendo náufragos”.

Cuentan que el capitán Simón Gulli se negó a ser salvado por las otras embarcaciones, de acuerdo a la tradición marina. En el momento del hundimiento, apareció en la proa vestido con su uniforme blanco y rechazó cortesmente a quien le gritó por un megáfono: “¡Arrójese al mar! ¡Lo salvaremos!”. Hizo sonar su silbato, saludó con la gorra y desapareció.


La muerte del paceño


Según la leyenda, Anacleto Bernardi entregó su cinturón de corcho a Giovanni Fasanno, un anciano que vacilaba en la cubierta del Mafalda, que no sabía nadar. Luego volvió a toser y se arrojó al mar junto con Juan Santoro. Permanecieron media hora aferrados a una escala de desembarco. Después empezaron a nadar hacia el Mosela, que estaba a un kilómetro de distancia.

Santoro relataría luego en su diario: “Nadábamos afanosamente. Bernardi iba a mi derecha, un poco retrasado. Llevaríamos ya unos 100 metros de travesía cuando los gritos escalofriantes, los gritos de un ser que se siente mordido y arrastrado hacia el fondo, dominaron un momento el rumor de las olas que se repitieron varias veces, cada vez más extraños y cada vez más patéticos. ¡Tiburones! ¡Son tiburones! No tuve tiempo de recapacitar. Sentí algo que me arrastraba también a mí hacia el fondo del abismo. Empecé a tragar agua y creo que perdí la noción de las cosas. Tuve la sensación de apretar una masa viscosa que se escapaba de mis brazos, cada vez más inertes. Después, aquello que me llevaba hasta el fondo, desapareció. Mis brazos volvieron a ser livianos. Ascendí cuatro, cinco metros. En la superficie aspiré una bocanada de aire que me dolió en los pulmones. Grité: ¡Bernardi! ¡Bernardi! Nadie me respondió. Estaba solo entre tinieblas. Bernardi había sido devorado por un tiburón”.

Una semana después, un enviado del diario La Nación entrevistó al sobreviviente en Montevideo: “Un día antes se dijo a proa y a popa que el buque hacía agua. Pocos momentos después se hizo un simulacro de salvamento. Y llegó el naufragio. Cuatro golpes formidables, un mazazo gigantesco en que parecía que habían tomado parte todos los elementos. Se quebró el árbol de una de las hélices y ésta se vino hacia atrás, en tanto que el trípode giraba hacia la derecha, abriendo un rumbo en la popa. (…) Mi primer pensamiento en ese momento fue salvarme. Pero me acordé que era un marino argentino y me presenté al comandante poniéndome a sus órdenes. Me puse a salvar a las mujeres y a los niños. A la hora y media se hundió el buque. Alternativamente, nadaba y me aferré a la borda de una lancha, hasta llegar al Mosela. Pedía una lancha para ir en busca de Bernardi, a quien había visto hacer prodigios de valor a bordo y luego en el agua. Se accedió a mi pedido y lo busqué, pero inútilmente”. El domingo 23 de octubre de 1977, dos días antes del cincuentenario del naufragio, Santoro falleció en Buenos Aires.

Aunque nunca se conocieron las cifras exactas, se calcula que en el naufragio murieron 324 personas (32 tripulantes y 292 pasajeros), de un total de 1.255 que iban a bordo (968 pasajeros y 287 tripulantes). De los viajeros fallecidos, más de 200 eran de tercera clase.


Después


El apellido Bernardi, acompañado de su humilde grado militar, se hizo inmediatamente famoso en Argentina. En noviembre de 1927, el diario La Mañana de Paraná publicaba entre sus noticias principales la marcha de la campaña “Pro colecta Anacleto Bernardi”, destinada a ayudar a la familia del “héroe del Principessa Mafalda”. Adherían los comercios locales, instituciones, vecinos de la alta sociedad y reparticiones del gobierno provincial.

El miércoles 23 de noviembre, La Mañana reprodujo íntegramente el artículo “La casa para la familia Bernardi”, de La Razón de Buenos Aires:

“Ha regresado esta mañana de La paz, el señor Francisco Peña Barrientos, inspector de agencias de 'La Razón', quien fué (SIC) comisionado para elegir en aquella ciudad el terreno sobre el cual se construirá la casa para la familia del Conscripto Bernardi”.

“El representante de 'La Razón', a su llegada a La Paz, se vio rodeado por las autoridades, gerentes de bancos locales, miembros del comercio y gente corresponsal del diario, todos los cuales se ofrecieron espontáneamente para asesorarlo en el cumplimiento de la misión que lo llevaba”.

“Después de conversar con el señor Bernardi, y de oír cuáles eran sus deseos, el señor Peña visitó los terrenos y reunió la información necesaria para decidir la compra”.

“Hoy mismo, todos los antecedentes han sido pasados al ingeniero Eduardo L. Edo, para que estudie la mejor orientación y proyecte los planos de una casa de estilo colonial, cómoda y sencilla”.

“Dentro de breves días publicaremos el anteproyecto correspondiente y, de acuerdo con los pliegos de condiciones, contrataremos la construcción, para la cual se nos ha ofrecido donaciones en especie, a fin de que el saldo en efectivo sea lo mayor posible”.


Más información:

. Diario La Mañana, octubre-noviembre de 1927. Archivo General de la Provincia

. www.principessamafalda.freeservers.com

. “La Principessa che non fece ritorno”. Eno Santecchia. En www.marcos.it/quaderni/plata

. www.histamar.com.ar

. “El naufragio del Principessa Mafalda y el rescate del Alhena”. Carlos Guillermo Blanco. En www.nuevamatoria.com


Este artículo fue publicado originalmente en la revista Telaraña – Hilos de lo cotidiano. Año 1, N° 9, marzo de 2007.

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El conscripto Anacleto Bernardi supo despertar el orgullo de los entrerrianos. En 1927, enfermo de pulmonía, ayudó a rescatar a los náufragos del buque italiano Principessa Mafalda, pero no pudo salvarse a sí mismo de los colmillos de un tiburón.

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