Telaraña | eriodismo narrativo
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Sin brújula y sin radio
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jueves 05 de febrero de 2015
Casi sin darse cuenta, un redactor de Telaraña estuvo las últimas semanas repitiendo mentalmente la letra de El anillo del capitán Beto. De ese déjà vu recurrente salieron unas líneas de aproximación a una duda spinetteana: cómo el amo entre los amos del aire puede morir de soledad.
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Alfredo Hoffman

Imaginaba a Beto como un flaco que usaba el pelo lacio y largo, anteojos redonditos, pantalones Oxford, la camisa a cuadros afuera del pantalón. Llevaba una guitarra enfundada colgada de un hombro. Sus palabras eran versos. Su estilo era la paz.

Ese Beto imaginario había nacido de una creatividad inmortal. Había adornado su habitáculo con estampitas, banderines, fotos, plantas. Y usaba un poderoso anillo que lo protegía de los peligros.

Pero Beto, en realidad, no era eso. Ni siquiera manejaba un colectivo, ni una nave espacial, aunque es cierto que viajaba por la galaxia del hombre. No tenía malvones en su cabina que regar, pero sí cuidaba con esmero sus pocas pertenencias realmente importantes.

Cuando lo conocí comprobé que no era casi nada de lo que pensaba: no era un astronauta de la década del 70, bohemio, hippie y rebelde. Tampoco era otras corporizaciones posibles: ni un tanguero de arrabal, ni un colectivero loco, ni un ídolo del fútbol en blanco y negro. Era simplemente alguien que había tomado una decisión en un momento de su vida. Una decisión que mantuvo siempre, a pesar de sus vacilaciones. Una decisión que lo llevó lejos de todo.

¿Cómo fue que emprendió ese viaje sin destino?¿Por qué lo hizo? Beto decidió un mal día cerrar todo, guardar todo, dejar todo y partir. Cargó en su morral algunos objetos que lo ataban a su lugar. Caminó por ese cosmos terrenal, sin brújula y sin radio. Caminó por sus calles planetarias durante décadas, milenios. Atravesó el tiempo y la distancia tan rápido como un haz de luz que se cuela de pronto en una habitación oscura.

Sí, pasó todo muy rápido, de un tirón. Y fueron mucho más que quince años de periplo. Un pestañeo y ya su vida quedó a la deriva, flotando en el espacio. Llegó tan lejos como nadie pudo antes. Lo tenía todo: todo aquello a lo que podía aspirar la civilización; el saber, la riqueza, la valentía, el heroísmo, la grandeza. Lo tenía todo, pero no tenía nada.

El Beto que encontré ya no tenía versos, apenas conservaba algo de poesía flaca en sus entrañas. Había perdido la guitarra en algún lugar, a años luz de aquí. Quiero creer que no había olvidado la música, que en sus oídos aún resonaba el eco entristecido de una melodía.

El Beto que conocí, con el que conversé un rato, buscaba desesperadamente un norte en su burbuja. Su equipo tan precario ya no servía para hacer contacto con nadie. Estaba desorientado y abrumado.

Me contó que cuando por fin abrió los ojos se vio muy lejos de su Haedo. Que se dio cuenta de que él, que había llegado tan alto, no tenía nada. Que añoraba todo, hasta lo más nimio: el café de la esquina, los mates amargos en el umbral de su casa, los camiones de basura, su vieja. Que ya no recordaba la última vez que fue a la cancha a ver a River. Que ya no silbaba ningún tango ni por casualidad.

—¿Por qué no volvés? —le pregunté—. Si no podés más de soledad.

Me devolvió una mirada silenciosa, de ojos rosados que enseguida buscaron un horizonte inexistente.

Sentado ahí, en la cima de todo, amo entre los amos del aire, muy cerca del cielo que tanto buscó sin alcanzar, me confesó su resignación. Murmuró algo parecido al arrepentimiento.

—¿Por qué habrás venido hasta aquí, Beto? —le recriminé.

—¿Por qué habré venido hasta aquí? —repitió él.

Lo dejé ahí, contemplando su triste sombra. Me fui sin darme vuelta para no verlo otra vez. Contagiado de su resignación. Pensando que cuando lo encuentren tal vez podrán rescatar su anillo y comprender el signo de su alma que llevaba inscripto.


Imagen: dibujo extraído de la historieta Golan Tarma y el viaje infinito (Textos: Hugo Tabachnik – Dibujos: Jorge Pistocchi), publicado en la revista Pelo, año IV, Nº 38, 1973.   

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