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El Pelado resuelve el caso Nisman
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jueves 29 de enero de 2015
Luego de cinco años de ostracismo y reclusión a su mundo íntimo, un viejo amigo de Telaraña regresa para hacer oír su voz. Ahora lo hace mientras transita las calles de Paraná manejando un taxi, escuchando la radio y resolviendo, como nadie, el misterio de la muerte del fiscal.
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Telaraña

Periodista por vocación, empleado de cualquier otra cosa por necesidad, el Pelado pasa gran parte del tiempo analizando el caso Nisman. No podía ser de otra manera: tantos años consumiendo horas de televisión y radio, páginas de diarios y revistas, gigabytes de información digital no podían conformar otra cosa que un cóctel de herramientas apropiadas para la elucubración fina y sagaz. Pero sobre todo por su apego a la radio, fiel compañera de sus jornadas de trabajo.

Repasemos de un tirón la vida del Pelado en el último lustro. Sus peripecias se publicaban en la revista Telaraña (Hilos de lo cotidiano) que, mensualmente casi siempre y bimestralmente al final, circuló en Paraná hasta enero de 2010. Para quienes no lo recuerden –seguramente el 99,9% de los paranaenses– digamos que estudió Comunicación Social y le faltaron algunas materias para recibirse –Caletti e Inglés, entre otras–, la pasantía y la tesis; su sueño siempre fue dedicarse al periodismo, pero solamente pudo hacerlo en forma esporádica y en actividades que apenas rozaban colateralmente ese oficio.

Ahora, cinco años después, ya está resignado: lo más cerca que estuvo de la comunicación fue como empleado de una empresa de seguridad con servicios en un canal de televisión, sin contar el copypasteo de los primeros años de las páginas digitales de noticias de la capital entrerriana, allá lejos y hace tiempo; tarea en la cual fue uno de los precarizados, adelantados y hoy olvidados pioneros. Ahora ya no es más vigilador: lo echaron. Por un lado piensa que fue un alivio que lo hayan despedido, porque odiaba ese trabajo que confrontaba de modo obsceno con su ideología y se le había hecho insoportable, pero también es cierto que se trató de su primer trabajo estable y cuando se quedó en la calle tuvo que empezar de cero y ya con un hijo que alimentar. Con lo que pudo cobrar de indemnización se compró un taxi y hoy recorre las calles desordenadas y en pendiente de la capital de la Confederación Argentina intentando convencer a sus pasajeros de sus verdades. Verdades adquiridas por horas de oreja pegada a la radio del auto, pasadas por el tamiz de su historia personal y social, lecturas dispersas y el rebote de algunas frases dichas al pasar por Pablo Yulita en algún aula repleta de jóvenes allá por los noventa.

Decíamos que el Pelado ha analizado a fondo el caso del fiscal Alberto Nisman. Ya sabe cómo ocurrieron las cosas. Lo meditó en silencio durante días y mientras oía las opiniones que ensayaban sus clientes. Porque, a diferencia de muchos de sus colegas, él es un taxista que habla bastante pero escucha más de lo que habla.

Dos días después de ocurrido lo del fiscal de la voladura de la AMIA tomó el taxi una mujer de unos 35 años, pañuelo al cuello, peinado de peluquería, ropa de primera marca. Subió en calle Mitre, se acomodó en el asiento, dejó a su lado la cartera del tamaño de un televisor y arremetió:

—Ayer fui a la marcha y casi me muero. Me indigné. Éramos veinte. ¿Usted puede creer? Este país no tiene arreglo. Una vez que una tiene un halo de esperanza de que las cosas cambien. Una vez que parecía que la iban a meter presa... Yo pensé que iba a estar todo el mundo en la plaza, pero no. Este país no tiene arreglo.

El mismo día, en la zona de San Agustín subió un muchacho joven, ágil, decidido. Durante todo el viaje atormentó al Pelado con un rosario de puteadas dirigidas contra ya saben qué animal que es la hembra del caballo y a quien le adjudicó, por supuesto, la autoría del asesinato del señor Schnitman, el mejor investigador que ha tenido la Justicia de este país a lo largo de toda su historia. Dijo tantas groserías irreproducibles, exaltadas, violentas, que nuestro amigo no pudo meter bocadillo y permaneció aferrado al volante del Corsa con la boca cerrada.

—Estaba presionado, él ocupaba un lugar que no es para cualquiera —acotó una señora mayor, con tono apacible y sereno—. No se aguantó tanta presión de los medios y del gobierno y se terminó pegando un tiro. Pobre señor, ¡ojalá ahora haya encontrado la paz!

El viaje de esa mujer fue corto: la pasajera tenía una dificultad en una pierna que le impedía caminar de una punta a la otra de la peatonal. En una mano llevaba un pañuelo que se pasaba a cada rato por la frente y el cuello para secarse las gotas de transpiración. Se bajó muy afligida por la situación que vive el país. Pero antes de irse se frenó en la vereda, giró la cabeza e hizo un llamado a “tener fe en Dios”.

El Pelado puso primera y avanzó esquivando los peatones que se lanzaban sin esperar el cambio del semáforo, mientras escuchaba el comentario de Lanata en la radio. Estacionó en la parada de Casa de Gobierno y ahí estaba estirando las piernas abajo de una sombrita mínima cuando se acercó un compañero y después otro y otro más y todos juntos construyeron hipótesis del caso Nitman. Que la puerta estaba abierta, que los custodios se fueron a jugar al fútbol en vez de cuidarlo, que el pasadizo, que Berni, que el informático, que la Arroyo Salgado, que D'Elía, que Esteche, que Mahmud Ahmadineyad, que Hasán Rouhaní, que Sherezade, que Don Onur, que Sara Garfunkel, que Simon and Garfunkel, que Sound of silence, que la antigüedad del arma, que el whatsapp, que la fecha del regreso de Europa, que el Buenos Aires Herald, que el Washington Times, que el Haaretz, que la CIA, El Mosad y la KGB, que etcétera, etcétera, etcétera.

El siguiente viaje fue el de un hombre que apareció ahí mismo en el estacionamiento, que no parecía muy dispuesto a conversar, pero que a la primera alusión al tema en la radio, inició una defensa contundente de Cristina y el proyecto y acusó a la mano negra de Magnetto de manejar los hilos de la marioneta mafiosa nacional, a través de los agentes de inteligencia que armaron la operación para perjudicar al gobierno y a los candidatos del oficialismo, en connivencia con Estados Unidos y el mismo Esnitman.

—A mí no me joden —escupió un tipo que subió apurado frente al Banco Nación—, no me como el bolazo de la SIDE, ni de la desestabilización, ni la conspiración; pero tampoco la denuncia contra el gobierno por el memorándum con Irán, que no tiene ni pies ni cabeza. El gobierno, en el fondo, tiene un acuerdo con Clarín. De los dos lados usan el caso Nigman para tapar otras cosas. Fijate que ya nadie habla de la inflación, ni de los fondos buitre. Ni de la inseguridad hablan. Nada, nada. Parece que ya no hay más robos, más violaciones, asesinatos. Puro Nigman, Nigman, Nigman. En realidad al fiscal lo mató Lagomarsino porque tenían una relación poco clara. ¿No les viste la carita? Para mí que entre ellos pasaba algo y todos sabemos cómo se terminan esas relaciones. Yo no puedo creer cómo no lo dicen. A mí no me joden. No señor, no me joden.

El Pelado, a pesar de estar convencido de que él ya resolvió el caso, prefirió callarlo y esperar. Estiró el brazo derecho, acarició un botón del estéreo y se entregó al ritmo de la cumbia.


Foto: Compañeros del Pelado debatiendo el caso Nisman, captados por la cámara de Google Street View.

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