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lunes 19 de enero de 2015
Es un error suponer que las crónicas de viaje deben su origen a la moderna masificación del turismo. De hecho, pueden considerarse precursoras de la narración histórica. Ariel Vittor se puso a desempolvar viejos pero imperecederos libros de Durrel, Earhart y Steinbeck que relatan viajes, para ejercitar la crítica literaria veraniega en Telaraña.
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Ariel Vittor

Es un error suponer que las crónicas de viaje deben su origen a la moderna masificación del turismo. De hecho, pueden considerarse precursoras de la narración histórica. En la Grecia de Homero, por ejemplo, eran frecuentes los denominados “nostoi” (de donde deriva nuestra palabra “nostalgia”): narraciones del regreso de los héroes a sus moradas, durante los cuales atravesaban innumerables peripecias. Tal es el conocido caso del regreso de Odiseo a Itaca. En efecto, tras participar del descomunal jaleo de Troya narrado en la Ilíada, aquel “varón de multiforme ingenio” (tal la descripción homérica) todavía tiene que enfrentarse a sirenas, brujas, cíclopes y otras criaturas que se interponen en su retorno a casa. Dicho sea de paso, convendría no olvidar que la épica trifulca de Troya, cuya narración empalidece lo que escribió Cornelius Ryan del desembarco aliado en Normandía, empieza, al parecer, con dos caballeros disputando la atención de una dama…

Como sea, este cronista se puso a desempolvar viejos pero imperecederos libros que relatan viajes, para ejercitar la crítica literaria veraniega en Telaraña.

Limones amargos, de Lawrence Durrell

En 1952, tras haberse desempeñado en varios cargos diplomáticos, Lawrence Durrell desembarca en Chipre, con la intención de instalarse allí, descansar y hacer algunos trabajos. En este libro cuenta su estadía en esa isla del Mediterráneo oriental.

El viajero encuentra en la montañosa isla un lugar apacible y tranquilo, con playas soleadas y poblados de casas blancas. Con la ayuda de un astuto agente inmobiliario turco logra comprar una casa en una colina, tras una puja desopilante y bizarra con su propietaria.

La mirada del inglés encuentra en los chipriotas sujetos calmos, que viven con una aparente despreocupación, con cierto ritmo cansino, bebiendo café en los bares, jugando naipes y conversando. En ese horizonte humano el lector conoce a Panos, el maestro que aloja a Durrell a su llegada; Frangos, el pastor gesticulante; Clito, el amable vendedor de vinos; Kallergis el constructor que repara la casa del autor y Michaellis, el albañil que cuenta viejos relatos. Para un ex diplomático británico, lograr la confianza y la simpatía de los habitantes es casi una habilidad deportiva.

Los paisajes tienen en el libro una descripción vívida, sin alcanzar cotas empalagosas. El lector no necesita aportar mucha imaginación para acompañar al autor a caminar por las playas rocosas o visitar la abadía de Bellapaix.

Durrell asimila bastante rápidamente los caracteres de la sociedad chipriota sin por ello perder sus rasgos de europeo culto y cosmopolita. En la isla recibe la visita de amigos que vienen de Londres o París. Son arquitectos, militares, funcionarios y escritores, europeos que se mueven con soltura por distintas latitudes y que mantienen al autor en contacto con una vida mundana de la cual sigue formando parte.

Como finalmente de algo hay que vivir, Durrell consigue un puesto como profesor de inglés en un colegio secundario, poblado de adolescentes revoltosas que escriben poesías y suspiran por el nuevo profesor. Más tarde pasa a desempeñarse como responsable de prensa de la administración colonial.

Y es entonces cuando la apacible estadía va dejando de ser tal. La ENOSIS, el movimiento político de los grecochipriotas que propugnaban la unión de la isla con Grecia, va resurgiendo, inflamado por la indolencia de los ingleses y la indecisión de los griegos. Poco a poco el panorama va ensombreciéndose. Lo que comienza con manifestaciones de estudiantes y declaraciones de líderes religiosos sigue con atentados con bombas y asesinatos. Aunque la geografía permanece inmutable, los vínculos humanos se agrisan en un ambiente de intranquilidad. La militarización de la isla no trae ninguna solución, y Chipre deja de ser el rincón sereno que Durrell había elegido para escribir y bañarse en sus costas.

Último vuelo, de Amelia Earhart

La aviadora estadounidense Amelia Earhart logró ser la primera mujer en cruzar en avión y en solitario el Atlántico. En 1937 la intrépida Miss Lindy (como la habían apodado sus fans, en recuerdo del aviador Charles Lindbergh) se lanzó a su mayor hazaña: dar la vuelta al mundo en un avión piloteado por ella misma, acompañada por el experto navegante Fred Noonan. Último vuelo es el libro que publicó el esposo de Amelia, el editor George Putnam, en base a las notas que la aviadora hizo durante su viaje.

El vuelo era para Amelia algo tan natural que a lo largo del libro el lector apenas se da cuenta de que viaja en un avión. Si a ello le agregamos sus dotes como narradora, cuestiones técnicas como la fuerza del viento, la potencia de los motores, el consumo de combustible y el manejo de los mandos de la cabina, transcurren sin aburrir al lector. Pero quizá lo mejor del libro sean las descripciones de paisajes y pueblos.

La selva americana y los grandes ríos que sobrevuela le causan una sorpresa que este cronista encuentra similar a la de Ulrico Schmidl en su Viaje al Río de la Plata. En Brasil, la autora destaca la cordialidad de las vendedoras de ropa de Fortaleza y luego describe las casas de adobe de Natal.

Cuando llega a África, confiesa que su curiosidad por el continente negro le viene desde su niñez en Kansas. En Dakar le impresionan los olores agrestes de la ciudad, y rescata la hospitalidad de los funcionarios franceses. En Khartoum aprecia el trabajo sobre la ciudad desplegado por el general inglés Kitchener. Pero la mirada de Amelia sobre el mundo colonial de ninguna manera está teñida de superioridad occidental.

Tras esquivar Arabia, la aviadora alcanza la India. Practica interesantes observaciones en Karachi, donde se expone a las preguntas de algunos periodistas. Luego se detiene en Calcuta y pasea por la ciudad. En Singapur, Miss Lindy observa el crecimiento de la ciudad y recibe ayuda de los técnicos holandeses de la aerolínea KLM. En Batavia prueba los exóticos menúes de la ciudad.

Cuando llega a Nueva Guinea, Amelia está al borde del agotamiento físico y mental. La vuelta al mundo se había convertido en una dura prueba para la tenaz Miss Lindy, justo cuando debía encarar el tramo más difícil: el cruce del vasto océano Pacífico...

Último vuelo resulta un libro ameno y de lectura ágil. De yapa, este cronista recomienda no perderse la versión fílmica, titulada Amelia, protagonizada por Hilary Swank (la misma de Escritores de la libertad y La chica del millón de dólares).

Viajes con Charley, de John Steinbeck

En 1960 y siendo ya un escritor consagrado, John Steinbeck compra una furgoneta, la acondiciona como motorhome, la bautiza como Rocinante, y parte a descubrir las entrañas de los Estados Unidos y sus habitantes. Con sus apuntes, publica dos años más tarde el libro que acá se reseña.

Steinbeck viaja con la sola compañía de Charley, su perro caniche, quien pronto adquirirá una destacada presencia en el libro, en tanto destinatario de muchas reflexiones del solitario viajero, y singular embajador para relacionarse con otras personas.

A medida que avanza, Steinbeck bucea en los claroscuros de los Estados Unidos del keynesianismo pos-roosveltiano. Una complicada red de tránsito encarrila a Rocinante. Cada estado tiene sus particulares leyes sobre multitud de aspectos de la vida. El derroche y el descarte de objetos hablan de obsolescencia planificada. Las máquinas que expenden sopa maravillan. Las casas móviles sirven para el desplazamiento de trabajadores por todo el país. Los acentos locales son reemplazados por los de la televisión y la radio. Los rusos son un excelente argumento para asustar a los habitantes de Minesota.

Pero esa estructura histórica también ha originado la fauna humana que encuentra el autor: serios inspectores de tránsito, cazadores que acuden a Maine a ejercitar la pasión yanqui por las armas, un tétrico predicador de New Hampshire, un matemático convertido en granjero en Massachussets, un actor ambulante, camareras despreocupadas, trabajadores, viajeros, entre otros. Merece destacarse el encuentro del autor con una familia de cosechadores canadienses de papas en Maine, con quienes fraterniza, bebida mediante.

Este cronista se atreve a reconocer una cierta identidad jeffersoniana en el Steinbeck de este libro, evidenciado en su apego a los pueblos pequeños, los estrechos vínculos personales de la comunidad, y el respeto por la naturaleza. Las secoyas de Oregon le inspiran respeto, y los zorros del desierto de Nuevo México, piedad.

En su California natal, Steinbeck visita Salinas y San Francisco. En el bar de un viejo amigo constata que no hay vuelta atrás en el tiempo: el barrio y la gente que había dejado ya no existen, y él mismo no es más que un extraño en ese lugar.

Ya pegando la vuelta, el autor se encuentra con los más profundos contrastes de su país. Por un lado, Texas, donde los ranchos constituyen la identidad regional, y sus ricos y ostentosos propietarios se entretienen practicando la caza. Por otro, Louisiana, donde los niños negros que van a la escuela son insultados por las madres de los niños blancos, mostrando una discriminación racial de la que, según el autor, nadie se hace cargo.

Quizá uno de los mensajes más importantes de Steinbeck está en el final de su libro: “la gente no hace viajes, sino que los viajes hacen a la gente”.

Y si el lector no ha quedado conforme con estas reseñas, este cronista se toma el atrevimiento final de aconsejarle que viaje todo lo que pueda.


Foto: Amelia Earhart

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Es un error suponer que las crónicas de viaje deben su origen a la moderna masificación del turismo. De hecho, pueden considerarse precursoras de la narración histórica. Ariel Vittor se puso a desempolvar viejos pero imperecederos libros de Durrel, Earhart y Steinbeck que relatan viajes, para ejercitar la crítica literaria veraniega en Telaraña.

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