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De alma a alma
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jueves 18 de septiembre de 2014
En la vida de los hermanos Oscar y Clarisa Sobko, hijos de militantes desaparecidos, hay recuerdos del infierno, vínculos rotos, herencias recuperadas y búsquedas inagotables. En esta crónica, Telaraña relata un poco de esa historia y acompaña el reclamo de justicia por Pedro Sobko y todas las víctimas de la causa Área Paraná.
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Alfredo Hoffman

Oscar ensambla como piezas de un rompecabezas los recuerdos de los tres años que compartió con su padre. Tiene en la retina la imagen de los dos viajando en el subte de Buenos Aires, posiblemente en la línea A. Pedro, un hombre alto y flaco, lo alzaba para que él pudiera tomarse con sus pequeñas manos de las manijas circulares, mientras el vagón avanzaba y se bamboleaba. En su memoria aparece también una casa de dos pisos; juegos en una calle donde había broza o quizás tierra.

Tiene grabada aquella vez que se le volcó el plato de sopa cuando estaba en la falda de su papá y le quemó las piernas. No mucho más que eso se acuerda y evoca con una risa breve y melancólica. Pero es más que la nada que puede recordar su hermana Clarisa, que tenía seis meses cuando mataron a Pedro y lo hicieron desaparecer.

Pedro Miguel Sobko tenía una habilidad especial con la manos. Podía arreglar cosas o desarmar objetos sin dificultad. Era una facilidad que había heredado de su padre, el abuelo de Clarisa y Oscar, conocido a mediados del siglo XX en la provincia de Misiones y toda la triple frontera por su especialidad en reparar llantas de camiones. Por eso Pedro trabajó durante 25 cuadras, desde calle Bolivia, en el barrio Las Flores, hasta La Paz y avenida Ramírez, hasta que por fin logró abrir el baúl del auto en que se lo llevaban secuestrado. Saltó y corrió como pudo, a pesar de su renguera. Los vecinos lo vieron cruzar entre el tránsito hacia la vereda este de la avenida, meterse en un baldío y llegar a metros del Pasaje Perren, por donde hubiera podido escapar. Pero los testigos observaron a un hombre, Cosme Ignacio Marino Demonte, policía federal, perseguirlo, apuntar con su arma y fusilarlo. Era la mañana del lunes 2 de mayo de 1977, casi mediodía. Demonte y sus secuaces lo volvieron a cargar en el auto y lo llevaron al Hospital Militar. A poco de llegar murió desangrado. Hasta último momento, cuando agonizaba en una camilla, sus asesinos le hablaban al oído, seguramente pretendiendo obtener datos sobre su agrupación política, el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Un soldado testimonió que el cuerpo inmóvil quedó durante un tiempo solo en un pasillo y luego lo pusieron en un cajón de maderas de pino. Nunca volvió a aparecer.

Al momento de publicarse esta crónica, la causa Área Paraná, donde se encuentra comprendido el caso de Pedro Sobko, espera por el inicio de las testimoniales. Después de tres décadas transcurridas de iniciado el expediente y una desde el desarchivo por la caída de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, el proceso transcurre a paso lento y por escrito y la sentencia no termina de llegar. La posibilidad de acabar de una vez con las postergaciones está en manos del juez federal Leandro Ríos.

—Espero que haya sentencia. Que haya sentencia ya —responde Clarisa Élida Sobko a la pregunta por sus expectativas en esta etapa del juicio por la megacausa—. Después espero una pena acorde a lo que hicieron. Y me gustaría verlo a Cosme Ignacio Marino Demonte preso de por vida. También me gustaría que sea más visible, que podamos lograr que se visibilice esta etapa y la sentencia. Espero también que sigamos investigando para encontrar los restos de Pedro.

—Eso es fundametal: que se abra un poco la cabeza de esta gente —acota Oscar Sobko— y que ese pacto de silencio que tienen se rompa de una vez por todas. Que tengamos un lugar donde llevarle flores, donde visitarlo. Creo que eso no lo entiende nadie. Por otro lado, como argentino me parece que estamos dando cátedra. Andá a preguntarle a los españoles, que tienen el doble, el triple de gente desaparecida por Franco, qué hicieron ellos por su historia. Sí, hay otra forma de solucionarlo: Mandela dijo bueno, les perdonamos todo, vamos a calmar las aguas. No sé, parece que no da mucho resultado. La justicia es el único bálsamo que termina, no te digo cerrando las heridas, pero aplacando las cicatrices. Solo la justicia. Y ojalá esta gente abra su cabeza porque no tienen corazón. Y piensen un poco el infierno que nos han hecho vivir, que no conocimos a nuestros viejos. Y tengamos un lugar donde puedan descansar Pedro, Élida, todos los desaparecidos. No somos carne y hueso nada más, sino que tenemos un espíritu que traspasa de generación en generación y va en toda nuestra familia y eso debe ser respetado por todos. Eso es el derecho de toda persona, el derecho humano, de trascender, y se trasciende así con el recuerdo, con la memoria y teniendo una tumba donde llevar flores. Qué sé yo, yo pienso así. Eso de ir, conversar secretamente, alma con alma, te relaja, un montón.

Clarisa y Oscar perdieron también a su mamá, Élida Goyeneche de Sobko, quien fue secuestrada el 12 de enero de 1978 en Goya, Corrientes, y todavía se encuentra desaparecida. Los hermanos se criaron con los abuelos maternos, Pepita y Oscar Goyeneche. Por Élida, aunque sus restos no han sido localizados, sí hubo justicia: el 5 de agosto de 2011 fueron condenados a 25 años de prisión cada uno de los seis acusados de graves delitos de lesa humanidad en la conocida como “Causa Panetta”: los ex policías Juan Antonio Obregón y Romualdo del Rosario Baigorria; los ex militares Juan Ramón Alcoberro, Alberto Silveira Escamendi, y Leopoldo Norberto Cao y el ex efectivo de la Prefectura Naval Luis Leónidas Lemos.

Oscar tiene muy presente el recuerdo de su mamá. Será porque Pedro ya no estaba tanto con ellos el último tiempo, porque andaba de acá para allá, ocultándose, escapándose. Será porque los ocho meses que Élida sobrevivió a Pedro fueron muy intensos. Oscar tiene el amor de su madre en la memoria y a flor de piel. Como también tiene grabado el terror de aquella fatídica tarde de enero de 1978, cuando se la llevaron. Estaban en el club Doña Goya, averiguando por una colonia de vacaciones. La abuela Pepita había descendido del auto. Todavía siente el miedo que sintió —dice Oscar que lo tiene grabado por el resto de sus días— cuando los rodearon y les franquearon el paso. Cuando ese tipo entró al vehículo donde estaban Élida, Clarisa y él. El tipo trataba de ¿tranquilizar? una situación que era por demás pesada, espesa. Mucho calor y mucho, mucho miedo. Terror. Entonces, arrancó el auto, los llevó. Después vio a una persona de traje oscuro con un arma en la mano. Eso fue violentísimo. Él y su hermanita fueron encontrados en un camino cercano, llorando dentro del auto. Mamá ya había desaparecido.

Mamá y papá, desaparecidos

Al miedo y el terror siguieron el dolor y el desconcierto. La bronca de intuir lo que había pasado, preguntar cuándo regresaría mamá y recibir evasivas, silencios o la mentira de que estaba de viaje, que ya iba a volver. Pero no volvía y ellos seguían preguntando. En una oportunidad, en la pieza de la abuelita, la madre de Pepita, un Oscar de seis años le dijo a una Clarisa de tres que la situación ya no se sostenía, que tenían que hablar en serio con los abuelos. La tomó de la mano y le explicó que debían terminar con la incertidumbre. Enfrentarlos, obligarlos a que les dijeran la verdad. En la casa de Goya, antes del comedor, un comedor gigante, había un living donde el abuelo tenía un escritorio y sus papeles, un archivero, un sillón. Allí se sentaron los cuatro y, muy seriamente, como cuasiadultos, preguntaron dónde estaba mamá. Los viejos se miraron y se resignaron: “No sabemos. Fue gente mala que se la llevó. Estamos haciendo todo lo posible”. La confirmación los golpeó. Pero, al mismo tiempo, saber la verdad fue tranquilizador.

Oscar, ahora con 40 años, intenta refrescarle la memoria a su hermana, ayudarla a reconstruir aquellos primeros años de su infancia:

—Después de eso vos me preguntaste si les podías llamar papá y mamá y yo te decía que no, que ellos eran los abuelos. Papá y mamá no. Y después les preguntaste a ellos si les podías decir pa y ma y siempre les dijiste pa y ma. Y yo nunca pude.

Aquellos años en Goya fueron los años del comienzo de la búsqueda del destino de Élida y Pedro, una lucha que iniciaron los abuelos y hoy continúan Oscar y Clarisa. Pero también fueron los años en que la estigmatización no tenía piedad con las familias de los desaparecidos. La sociedad goyana fue muy cruel con los niños. El hermano mayor empezó el jardín de cinco y cursó los primeros años de la primaria hasta los nueve años en la escuela Normal. Siempre sintió que el trato hacia él era diferente y hoy entiende que sus compañeros lo dejaban de lado porque sus padres –abogados, médicos, ingenieros, militares– se encargaban de recomendarles que no se juntaran con ese chico, que tuvieran cuidado, porque era hijo de subversivos. En todos esos años lo invitaron a un solo cumpleaños de un chico de su grado. Un solo cumpleaños. Por suerte, en el barrio era distinto. Ahí estaban los amigos. Ahí sí existían la aceptación y la integración.

Los últimos días de clase de 1983, que fueron también los últimos de la dictadura, Oscar ya no fue a la escuela. Eso fue un alivio. En 1984, cuando se mudaron a Paraná, lo que más extrañaron –quizás lo único– fueron los amigos del barrio. El cambio de ciudad les permitió dejar atrás la mirada inquisidora de una gran parte de la sociedad goyana. En la capital entrerriana, además, vivían familiares de los Goyeneche y estaban más cerca de la tía Beatriz, la hermana de Élida, que residía en Buenos Aires. Además el abuelo, que había nacido en Rosario del Tala, regresaba a su provincia.

Paraná fue un nuevo comenzar. Paraná fue la escuela Estrada, otro trato, otros gurises, más humildes. Más diversión, más trompadas, más compañerismo. Más inclusión. Los abuelos Pepita y Oscar comenzaron a vincularse con otros familiares de víctimas del terrorismo de Estado con quienes luego conformarían la Asociación de Familiares y Amigos de Desaparecidos Entrerrianos y en Entre Ríos (Afader) y se fueron transformando en referentes de la lucha por los derechos humanos.

Tratando de escapar

Conocer a Pedro y conocer a los Sobko es una tarea cotidiana. Primero fue casi imposible, después demasiado lenta. Todavía hoy se tropiezan con anécdotas que describen aspectos de su padre desconocidos para ellos. El azar hizo que Oscar llevara su mascota a un veterinario que le habló del “Loco Sobko”. El hombre estudiaba Veterinaria en la misma universidad donde Pedro estudiaba Medicina, la Universidad Nacional del Nordeste, en Corrientes Capital. El Loco Sobko se destacaba por su capacidad como orador y por su valentía en tiempos de plomo. Irrumpía en las aulas y arengaba a los estudiantes con sus discursos políticos. En una de esas intervenciones el profesor llamó a la Policía y la Policía fue y lo sacó a balazos del aula. Pero eso no hizo que abandonara la militancia. Esa conducta arriesgada y audaz fue la que motivó que el estudiantado le diera aquel apodo.

Pedro comenzó su militancia avanzada la década del 60. Su territorio fue Corrientes, donde estudiando se conoció con Élida, pero también Misiones, Formosa y Chaco. Su definición fue por el PRT. Estudiante de Medicina y militante también era Rodolfo Sobko, su hermano mayor, quien fue detenido y torturado y permaneció preso durante toda la dictadura, y hoy es un médico destacado por su trabajo con las comunidades originarias de Chaco. Ambos se sintieron movilizados por las miserias que sufrían los habitantes del noreste argentino. Eran de Posadas, donde vivían sus padres, Don Pedro y Doña Olga.

La represión hizo que Pedro y Élida dejaran los estudios y Corrientes y se trasladaran a Chaco. En marzo de 1974, allí nació Oscar. Cuando llegó Clarisa, en noviembre de 1976, estaban en algún lugar de Entre Ríos. Pedro trabajaba en un taller de chapa y pintura de Paraná y se hacía llamar Schmidt. El parto pudo haber sido en la capital entrerriana, en Victoria, Viale, Pueblo Brugo; localidades que fueron surgiendo en el relato de familiares y compañeros. En 1977, cuando fue lo que Clarisa denomina “la gran chupada” del PRT-ERP, estaban en algún punto del sur del Gran Buenos Aires, probablemente en la zona de Wilde o Bosques. Seguramente se movían en medio de un estado de desesperación, buscando salvar su vida.

Por lo que fueron escuchando de boca de quienes militaban junto a la pareja, la idea era salir del país por Concordia, refugiarse en Brasil y luego decidir por dónde seguir huyendo. Élida y los chicos estaban ya en una villa concordiense junto otros a militantes. Pedro viajó a Paraná a buscar algo a la casa donde habían vivido en calle Bolivia. La vivienda estaba tomada por policías provinciales y federales. El compañero que lo había acompañado y lo esperaba en la esquina, vio cuando lo secuestraron.

—Estuvo cerca de zafar —murmura Oscar, iniciando un intercambio de reflexiones que brotan en voz alta.

—Al pedo vino para acá —sentencia Clarisa.

—Ajá, tendría que haberse ido a Concordia. Élida con nosotros estaba en Concordia. No sé qué vino a buscar Pedro acá. ¡Cómo no volamos también nosotros! Élida se asustó y se fue a Goya.

—La tía Bety dice que Élida se fue a su casa y le dijo “dame plata que me voy a Chaco” y la Bety le dijo “no querida, si yo te doy plata vos te vas a Goya”.

—Se relaja, Élida se relaja. Mirá vos cómo será que se relaja que empieza a buscar trabajo como maestra.

—Prefiere jugársela y estar con sus vínculos. Piensa que si le pasaba algo, sus hijos iban a estar con sus padres.

—Veníamos hacía un añito, dos añitos, huyendo nada más —repasa Oscar—. Vos tratás de hacer una ruta y se pierde. Yo nazco en Chaco, en el hospital Madre y Niño, según las palabras de Rodolfo. En el último encuentro que tienen ellos antes de caer preso Rodolfo, mi padre llevaba una estufa de kerosene con leche y víveres escondidos, y le dice a Rodolfo algo así como “Oscar está bien, Élida está bien, esta es la última etapa: o ganamos o nos hacen percha”. El último encuentro, un beso, una despedida y no se vieron más, nunca más. Después ese itinerario medio raro: de Chaco a Paraná, de Paraná a Wilde, de Wilde a Concordia, de Concordia a Paraná, de Paraná a Goya... Están tratando de escaparse.

Herencias

Contactarse con Rodolfo fue la llave para ir conociendo más de Pedro y su militancia y a los Sobko. Pero no fue nada fácil. El tío estuvo siete años encarcelado y al salir tuvo que rearmar su vida como pudo. Todo fue cuesta arriba desde el principio. Cuando lo liberaron, en Rawson, en 1984, no tenía una moneda para regresar a su casa. Lo fue ayudando la gente que encontraba en el camino. Debieron pasar quince años, hasta 1999, para que pudiera reencontrarse con sus sobrinos.

Con los abuelos paternos –Don Pedro, polaco, y Doña Olga, ucraniania, ambos inmigrantes que huyeron de la Segunda Guerra Mundial– se vieron en tres o cuatro oportunidades, cuando los chicos viajaron a Posadas a visitarlos. Hubo también algún intercambio de cartas, pero la distancia jugó en contra de la posibilidad de tejer un vínculo que ya había desanudado el terrorismo de Estado. Cuando murieron, Doña Olga en el 90 y Don Pedro en el 92, Clarisa y Oscar no se enteraron.

Pedro, además de su habilidad para los trabajos manuales y su decisión y audacia a la hora de la militancia, tenía otra particularidad que lo caracterizaba: una fiebre reumática europea muy rara y complicada que lo hacía caminar con dificultad y que le había merecido el apodo de “El Chueco” o “El Rengo”. Su hijo Oscar heredó algo de eso: “Tengo espína bífida, no tengo bien formado el hueso sacro. Subo de peso y ando medio chueco”. Pero en Pedro era más grave; en ocasiones no podía caminar durante meses enteros, sobre todo en su adolescencia. Por eso Don Pedro le había fabricado con sus manos una silla de ruedas con movimientos especiales.

Clarisa, que fue Clarisa Victoria durante los dos primeros años de su vida, pasó a llamarse Clarisa Élida cuando sus abuelos la inscribieron y decidieron darle en el nombre algo de su mamá. Pero aquel segundo nombre sigue presente hoy, está en su militancia en Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S.) y en la búsqueda de justicia que ahora está a un paso de concretarse en la causa Área Paraná.

Esa búsqueda que es colectiva permitió encontrar a los testigos que vieron cómo asesinaron a Pedro en avenida Ramírez. Desmentir a la prensa de la época que desinformó publicando que un delincuente subversivo había sido abatido en un enfrentamiento armado. Comenzar a revocar poco a poco una impunidad que parecía inmutable hasta dejarla ya casi casi en el pasado.

Los hermanos Sobko están seguros de que los restos de su padre están cerca, tal vez en algún lugar de cementerio municipal, y que pronto amanecerá el día en que serán localizados e identificados. Entonces podrán ir a su encuentro y entablar ese diálogo secreto, de alma a alma. A pesar de todo, a pesar del silencio de los que hoy tienen la posibilidad de defenderse ante un juez de la Nación, ese será un gran día.  


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Comentarios:
mirta teleria
10/10/2014 04:46
Yo tambien me alegro y me emociono, los quiero,besos
Ana
08/10/2014 16:02
De lo que me tocó saber de esta historia, es tal cual está descrito, sólo un detalle, era ( y es, aunque algunos busquen nuevos nombres) Barrio "La Floresta" adonde estaba ubicada calle Bolivar (ó Bolivia, por esos años se mezclaban los nombres) No "Las Flores" que era el barrio que comenzaba al lado del corralón que quedaba al otro lado de calle Ameghino y las vías Fuerza, Clarisa y Oscar NO ESTÁN SOLOS!
zelmira beatriz
19/09/2014 23:33
Chicos me siento muy conteta de verlos juntos, los quiero, lo que si su mamá antes de ir a Goya estaba en Bosque, besos
gladys
19/09/2014 21:13
Cuánto horror y sufrimiento...Sigamos construyendo democracia.
mabel
19/09/2014 11:22
Quisiera agregar que Oscar y Pepita, los abuelos, estando aún en Goya, fueron activos luchadores, junto con otros padres y madres en la Comisión que se organizó acompañada por Monseñor Alberto Devoto en aquellos años.
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