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Esperar por justicia, en silencio
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lunes 28 de julio de 2014
María Cristina Portillo es madre de cuatro hijos. Entre ellos Victorio “Coco” Erbetta, quien permanece desaparecido desde el 16 de agosto de 1976. Nachi atesora sus recuerdos, sus anécdotas. A veces se pierde en largos silencios, prefiere no saber qué hicieron con los huesitos. Pero a los 88 años todavía espera justicia.
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Gisela Romero

María Cristina Portillo espera detrás de la puerta de su casa. El sol del mediodía parece aplacar el frío de mediados de julio, pero a sus 88 años no puede abusar de las salidas. Sólo algunos días, cuando la temperatura se siente más amigable, llega a la vereda y se entrega a la charla con los vecinos. Aunque ya no son tantos en su cuadra. Al lado, vacío. Más allá también. Pero cuando llegó a San Agustín, hace 60 años, a estrenar la vivienda que le había entregado el banco, el barrio era otro. “Hermosísimo”, asegura. Los chicos jugaban afuera, correteaban por la calle, los conocidos y no tantos compartían mates entre charla y charla. “Ahora la gente no sale”, se lamenta. Pero aun así, nunca quiso dejar su vivienda. Ni ahora, que arrastra 85 años en sus pies, pero no en su temple. Es que le costó todo tanto. Y ahí está su historia. Sus fotos, los rincones plagados de recuerdos de cuatro hijos y ocho nietos a los que se suman seis bisnietos. Los espacios son testigos de los momentos felices y de los otros. Del silencio, que a veces elige. De sus luchas, sus necesidades cubiertas con sacrificio. Su tesón, para seguir siempre adelante.


Nachi, así la llaman todos. Bastón en mano, que acompaña su andar parsimonioso, ya no teje ni cose. Pero cocina. Y qué comidas —se ufana—. Fideos con salsa, milanesas, tartas. La lista es extensa. Es que cocinó desde los 20 años, cuando cargó sus petates en un tren, viajó rumbo a la provincia de Corrientes, recién casada con Victorio Manuel Erbetta, y se convirtió en ama de casa.

Dos años antes, en paseos domingueros por el Parque Urquiza junto a sus amigas, había conocido a ese hombre, que le llebava ocho años de diferencia. Él ya pertenecía al Ejército Argentino. Ella apenas atesoraba algunos conocimientos sobre quehaceres del hogar. Se cartearon. Se contaron sus secretos. Un buen día, un sobre depositó en sus manos un alhajero con un anillo. Era un cintillo, que le enviaba su enamorado. Tiempo después, Victorio se presentó luciendo el suyo en la mano derecha. Llegó el compromiso y el casamiento. Corría 1947. En la formación del ferrocarril escuchaban LT14, que había hecho su primera transmisión el 8 de julio del '45. La emisora acompañó todo el trayecto hasta el nuevo pago. La ciudad de Mercedes fue el primer destino del matrimonio. Allí nacieron Joe y Carmen. Luego, Victorio fue destinado a Goya, donde llegó Coco.

Pero Nachi extrañaba. Tenía alguna que otra amiga entrerriana, pero nunca logró acostumbrarse al suelo correntino, a estar lejos de su ciudad natal. Entonces, a escondidas de su marido, le escribió una carta al ministro de Guerra, Franklin Lucero. Le contó en varias líneas su única verdad: que la casa recién comprada estaba vacía en Paraná, que su hijo más chico comenzaría la primaria, que los cinco necesitaban regresar. La respuesta del militar y político peronista no se hizo esperar. Ese mismo año Victorio obtuvo el pase al Escuadrón de Comunicaciones. En Paraná, la llegada de Silvia completó la numerosa familia.


A lo largo de los 60 años de Nachi en esa casa, la vida fue cambiando. A los 39 enviudó. Entonces, con ayuda de su padre chef, cocinó tantas empanadas como fuera posible para costear los gastos de toda la familia. Su progenitor amasaba, ella preparaba el relleno y una vez horneadas Joe y Carmen vendían esos manjares en la Casa de Gobierno o por el barrio. Así dos largos años hasta que llegó la pensión para dar un poco de alivio. Pero Nachi siempre hizo algo. Siempre activa. Incluso cuando Joe comenzó a estudiar en el Liceo Militar General Belgrano y Carmen se animó a incursionar en las tareas administrativas de un aserradero. Por entonces, Victorio se dedicaba a estudiar, tanto como Silvia.

—A Coco le gustaba ir a socorrer a los pobres. Iba a ayudar. Y trabajaba en algo si lo necesitaban —recuerda Nachi—. Todo gratis. Todo gratis hacía.


Coco tenía muchos amigos, siempre estaba estudiando. Los compañeros llegaban a su casa y se encerraban horas en la pieza. Charlaban, andá a saber de qué. A su mamá no le contaba lo que hacía. Nada le contaba. Era muy reservado. Pero Nachi sabía que hacía trabajo barrial. Pero “como él no contaba, yo no preguntaba”, dice ella, sencillamente.

Coco militaba por la Pasarela, en calle Pronunciamiento, y en el barrio Maccarone. Integraba la Juventud Universitaria Peronista (JUP), y como presidente del centro de estudiantes de Ingeniería movió cielo y tierra para que no se cerrara la carrera de la Universidad Católica Argentina (UCA), en riesgo de continuidad porque los estudiantes no podían costear las cuotas. No convocaba a muchos a las asambleas, pero el día que llegó con el decreto de gratuidad debajo del brazo, lo recibió un salón repleto de estudiantes agradecidos.

Cuando se produjo el golpe de Estado, en 1976, le faltaba un año para terminar el cursado. Policías de civil irrumpieron en la facultad y lo secuestraron. Era 16 de agosto. Fue llevado al centro clandestino de detención que funcionaba en el Escuadrón de Comunicaciones. Ese día, su hermano Joe estaba de guardia. Pero nunca supo de la detención de su hermano en el lugar.

A la familia, la desaparición de Coco la tomó por sorpresa. Pero de inmediato Nachi, acompañada por Silvia, comenzó la búsqueda. El Comando de la II Brigada de Caballería Blindada fue el primer lugar en golpear la puerta. Luego, la oficina de Adolfo Tortolo. Coco había sido catequista e integrado Acción Católica, el monseñor lo conocía bien. Sin embargo no hubo respuestas. Joe, por su parte, también accionó para dar con el paradero de su hermano. Pero solo hubo negativas y persecuciones dentro del Ejército y hasta fue amenazado por el general Juan Carlos Ricardo Trimarco apuntándole con un arma en la cabeza.

En algún cajón, Nachi todavía guarda la libreta universitaria del Coco. Y su rostro, que parece esbozar una pequeña sonrisa, acusa frondosas cejas y bigotes y peina hacia atrás el cabello engominado, la acompaña adonde vaya en su casa. El portarretrato devuelve un Coco joven, detenido en los 27 años. Tal vez, una de las últimas fotos que alguien le tomó. Nachi mira a través del vidrio a su hijo desaparecido, pasa una mano para despejar cualquier rastro de pelusa y lo deposita sobre la cómoda. Levanta la mirada, pero se queda en silencio. De nuevo el silencio, que ha guardado sin rencores gran parte de los últimos 38 años, y que sus hijos, su familia, respetan. Ya no quiere saber nada, ni que nadie le pregunte por el destino del Coco. A sus 88 años, a diez de la reapertura de la causa Área Paraná y aun con la promesa de la Justicia Federal, incumplida, de que en marzo iba a ver sentencia, espera justicia. Y lo hace en silencio.     

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Comentarios:
Hernan Sain
22/11/2015 09:03
Gracias por el artículo. Fui compañero de Coco Erbetta en el colegio secundario. Yo estuve preso durante toda la dictadura y supe de su asesinato despues del 83 cuando salí en libertad. Yo no sabía de él desde el secundario porque me fui a vivir a Córdoba al terminar el cole. Me alegra saber que se hizo gigante. Desde donde esté su alegría sigue acompañandonos. Dios te bendiga, Coco hermano.
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Esperar por justicia, en silencio
María Cristina Portillo es madre de cuatro hijos. Entre ellos Victorio “Coco” Erbetta, quien permanece desaparecido desde el 16 de agosto de 1976. Nachi atesora sus recuerdos, sus anécdotas. A veces se pierde en largos silencios, prefiere no saber qué hicieron con los huesitos. Pero a los 88 años todavía espera justicia.

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