Telaraña | eriodismo narrativo
sábado 15 de diciembre de 2018 | 04:39

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Alfredo Hoffman
Nací en 1975 en Concordia y ahí viví hasta el 93. Desde entonces estudié y trabajé en Paraná. Siempre me desempeñé en tareas relacionadas con la comunicación, salvo por un breve paso por un comedor donde hice de asistente de cocina y donde tuve el mérito de ayudar en la parrilla la noche que fue a cenar la Chilindrina. Una morcilla se me cayó al piso, pero la limpié bien y ni María Antonieta de las Nieves ni su comitiva se percataron del accidente. En la prensa, mi primera experiencia fue en el periódico mural El Farol, en 4° año de la escuela de Comercio N° 1 de Concordia. Aunque creo que ya había empezado en la primaria, en la Normal, con una composición sobre la final Argentina-Alemania del Mundial 86. Ahí metí frases como “Burruchaga encaró directo al área penal” y otras mejores que había robado de crónicas de Julio César Pasquato, Juvenal, de El Gráfico. Mi primera ocupación cuasi-rentada fue buscar resultados de partidos de voley tan peleados como intrascendentes, que salían publicados en algún renglón de un diario paranaense. Hoy sigo haciendo más o menos lo mismo, pero con la ayuda de la tecnología. De chico era adicto a la televisión –cualquier programa que pasara ATC o Canal 8 de Salto– y a la banana con dulce de leche. Hoy soy adicto a Internet, a la pizza de Garrote y al dulce de leche con banana. Un día de la década del 2000 me recibí de licenciado en Comunicación Social; otro me uní con mi pareja en aparente matrimonio y otro tuve una hija preciosa. Soy trabajador de la comunicación.


Silvina Mernes
Mamá de Camilo. Hermana, amiga, hija, tía, amante. Enamorada. Un poco torpe y de memoria volátil. No me gusta ni sé cocinar. Sí comer; más aún con vino y buena compañía. Duermo hasta tarde. Casi licenciada en comunicación social. Si me preguntan, digo con poca convicción que mi profesión es periodista, aunque el rótulo me queda grande. Redactora en una agencia de noticias. Incursioné, escasamente y sin éxito, en la producción radial. Me fue un poquitito mejor en la producción de un programa de tv, pero igual de breve. Desde muy chica tuve inquietud por la escritura, principalmente literaria. El vuelco hacia la no ficción llegó de la mano de la necesidad. Pero la veta poética sigue brotando y llena las páginas de cuadernos de espiral tipo universitarios. Sí, me encanta escribir a mano: es mi manera de diferenciar trabajo y placer. Con Telaraña seguiré pretendiendo combinar periodismo y literatura. Sostengo la esperanza de tener que comprar muchos más cuadernos de espiral.


Betiana Spadillero Gaioli
Me dicen Chuchi. Al sobrenombre lo eligieron mis padres, era una suerte de código porque pocos sabían que habían quedado embarazados. Eran tiempos de represión y dictadura. La historia permitió que naciera en democracia. Crecí rodeada de música, libros y mi familia –sobre todo, la Gayolada. A los 18 años me mudé a Paraná, donde formé mi otra familia de amigas y compañeras de militancia. Soy Licenciada en Comunicación Social, estudiante universitaria, trabajadora de prensa y feminista, pero ante todo, feminista. No tengo creencias religiosas, soy aficionada al jazz y mi perro se llama Popper.


Gisela Anabel Romero
Nací el 18 de marzo de 1975 en Rosario del Tala, Entre Ríos. Mis padres me nombraron Gisela Anabel Romero. Mis compañeros de la escuela Manuel Belgrano, allá por 1986, me apodaron Yiyo, como a una de las integrantes del famoso grupo de niños cantores, Festilindo. Desde entonces me presento con ese sobrenombre. Desde pequeña tuve un especial gusto por la radiofonía. Me despertaba cada mañana escuchando a Héctor Larrea, en Rapidísimo. Durante la adolescencia desembarcó la FM al pueblo y me dormía cada noche oyendo Meditarránea. Hoy en mi casa no falta la música nacional ni el sonido de la radio. En 1993 desembarqué en Paraná. Quería ser periodista. Años después, varios años después, egresé de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos como Licenciada en Comunicación Social. Y mi primer trabajo, por su puesto que ad honorem porque había que hacer experiencia, fue en radio. En este 2012 se cumplen diez años de que sobrevivo con esta profesión. Hoy me defino como una trabajadora de prensa. Gracias a la ciencia soy madre de Antonia y deseo poder tener otros hijos. Tengo una vida alegre, de lucha y empuje, junto a mi compañero Alfredo. También atesoro muchos amigos: los traigo de la infancia, de la adolescencia, de la universidad y del trabajo. No concibo la vida sin ellos, tampoco sin la familia. Soy soñadora, lo acepto. Y a mis 37 años, iniciando el nuevo proyecto de Telaraña, me siento más cerca de la libertad.
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